"En las próximas décadas los glaciares del Pirineo van a desaparecer"

Ana Moreno, geóloga en el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE), participa en la serie de entrevistas ‘Científicas y Cambio Global’


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¿Cómo era el clima del pasado? La paleoclimatología trata de reconstruir la temperatura o las condiciones atmosféricas de otras épocas, incluso de cientos de millones de años atrás, para comprender el clima actual. Lo hace estudiando fenómenos como los glaciares, los lagos o las estalagmitas de las cuevas, que nos han permitido averiguar que nuestro planeta ya ha vivido otros cambios climáticos rápidos y globales. Ana Moreno, investigadora del CSIC en el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE), explica que las transformaciones en el clima no siempre han sido graduales, lo que puede hacer muy difícil adaptarse a las que están sucediendo en la actualidad. Una de sus repercusiones más palpables, nos cuenta, será la desaparición de los glaciares del Pirineo y de otras montañas del sur de Europa, que ocurrirá en las próximas décadas si no hacemos nada por evitarlo.

 

¿En qué consiste el estudio paleoclimático?

La paleoclimatología es una disciplina con la que se reconstruye el clima del pasado, de hace décadas, siglos o incluso milenios y cientos de miles de años. El objetivo es entender mejor el sistema climático, conocer todos los procesos y mecanismos que están causando la variabilidad natural del clima y comprender mejor el calentamiento actual. Tenemos datos instrumentales de estaciones meteorológicas solo desde hace 100 o 150 años atrás. Necesitamos un contexto temporal más amplio para entender la variabilidad climática actual. Para eso hay que recurrir a registros paleoclimáticos, de cambio de clima del pasado.

 

¿Cómo funciona el clima y qué variables hay que tener en cuenta?

Con los registros paleoclimáticos, las variables que podemos reconstruir siempre, o casi siempre, son semicuantitativas. Nos es muy difícil dar números de temperatura o de precipitaciones porque lo que medimos son indicadores indirectos. Pero nos interesa tener datos atmosféricos, de cómo era la circulación oceánica, y también, muy importante, de las respuestas de los ecosistemas ante cambios climáticos del pasado. Nos basamos en registros que albergan esa información paleoclimática. Pueden ser sedimentos lacustres, que hablan de cómo ha evolucionado un lago a lo largo de milenios, o estalagmitas de cuevas, que en su composición indican cómo era la temperatura y cuánta lluvia había mientras se formaron. También los sedimentos marinos nos dicen cómo eran las corrientes oceánicas del pasado.

 

¿Qué cambios se han producido con respecto al pasado?

El clima ha cambiado desde que se empezó a formar la Tierra, desde que existe nuestro planeta. Tenemos 4.500 millones de años de cambio climático y, por supuesto, ha habido cambios mucho más intensos y escenarios mucho menos habitables que el que tenemos hoy. Una de las cosas más interesantes en la reconstrucción es ver que también en el pasado ha habido cambios climáticos rápidos. Han ocurrido a escala de generaciones humanas, de décadas, y han supuesto modificaciones muy importantes en el clima, el paisaje, las poblaciones humanas, la vegetación, y la fauna. El estudio de los cambios climáticos rápidos es la línea de investigación que más información nos proporciona para entender mejor los mecanismos actuales.

 

En un estudio realizado en el IPE-CSIC, habéis constatado que en el Pirineo se produjeron cambios muy drásticos hace 13.000 años. ¿Cómo era el clima en esta zona entonces?

Gracias al estudio de una estalagmita en una cueva del Pirineo, hemos sido capaces de detectar uno de estos cambios climáticos rápidos que ocurrió durante la última deglaciación. Es un cambio climático sorprendente porque se inscribe en el paso de un periodo glaciar y frío, con una gran extensión de glaciares, bastante aridez, y poca o nula vegetación en el paisaje, a un periodo interglaciar y cálido, como el actual. Sin embargo, durante esa transición al periodo interglaciar actual, lo que hubo fue un enfriamiento rápido que duró unos mil años y que supuso un descenso de la temperatura media anual en torno a dos grados. Se pensaba que normalmente estos cambios eran graduales, pero se ha visto que hay cambios climáticos rápidos y que muchas veces el clima responde de una manera no lineal ante diferentes procesos. Esto hace que se puedan desatar mecanismos en cadena y repercusiones a escala rápida a las que es más difícil adaptarse.

 

También has participado en una investigación con la Universidad Xian (China) que demostró la existencia de paralelismos entre diferentes regiones del planeta.

Este cambio climático rápido del que hablamos ocurrió en un período conocido como Dryas Reciente (Younger Dryas en inglés), y se refiere al enfriamiento durante la última deglaciación. Ha sido muy estudiado sobre todo por la rapidez con la que se desencadenó, ya que en pocas décadas pasamos a un periodo más frío. Las últimas teorías sobre cómo se pudo desencadenar apuntan a cambios en la circulación oceánica. Durante la deglaciación, se estaba fundiendo mucho hielo de los casquetes polares, en Norteamérica y en el norte de Europa, y toda esa agua de fusión se almacenaba en un gran lago. En un momento, esa agua de fusión (agua dulce) entró de una manera rápida y catastrófica en el Atlántico norte, cambiando todo el régimen de circulación oceánica. El océano es un gran transportador de calor en el planeta y gran controlador del clima. Esa entrada de agua dulce hizo que cambiara la formación de aguas profundas y se produjo un enfriamiento a escala global. Nos interesa mucho ver si esos cambios climáticos rápidos son característicos de una zona concreta, o si por el contrario podemos encontrar similitudes en otras regiones, y podemos hablar de cambios climáticos a escala de todo el planeta, como lo que tendríamos hoy en día con el calentamiento global. El Younger Dryas es un buen periodo para estudiar porque se ha reconocido en diferentes zonas, como Europa, Groenlandia o Norteamérica. En todas ellas podemos reconstruir que hubo un clima frío y más seco que en la actualidad, aunque no durante todo el periodo.

 

¿Qué supone la repetición de variables climáticas en diferentes regiones del planeta?

Para nosotros encontrar en una zona del Pirineo cambios climáticos que se habían detectado antes a escala del hemisferio norte, en zonas de Groenlandia o del norte de Europa, supone una evidencia muy importante de que los cambios climáticos rápidos que intentamos reconstruir son sincrónicos a una escala regional muy amplia. Eso es importante también para el calentamiento actual. Sabemos que se están fundiendo a una escala muy rápida el hielo marino en el Ártico y los casquetes polares. Parece que puede ser algo que está ocurriendo lejos de nosotros y, sin embargo, lo que vemos en el clima del pasado es que ese tipo de fenómenos tiene repercusiones a escala planetaria. Nos ayuda a ver cómo se conectan las diferentes regiones y a entender qué procesos y mecanismos hacen que el clima de Groenlandia nos pueda influir a nosotros en nuestras latitudes.

 

Glaciares como el de Monte Perdido, en el Pirineo, registran cambios climáticos. ¿Qué evolución habéis observado?

Los glaciares son muy buenos centinelas del calentamiento. Responden enseguida ante un cambio de temperatura y de cantidad de nieve. Hoy en día nos avisan del calentamiento global por su retroceso. En el Pirineo, de hecho, están retrocediendo a unas tasas muy rápidas. Esto se ha comparado con otros momentos de la historia y hemos podido identificar que no ha sido así en otros periodos. Con el estudio del hielo del glaciar de Monte Perdido queríamos averiguar desde cuándo tenemos ese hielo y si ha resistido a otros periodos climáticos anteriores que fueran cálidos. En la Edad Media hubo un periodo cálido llamado la Anomalía Climática Medieval y nos interesaba saber qué había pasado entonces con ese glaciar. Mediante dataciones, es decir, con la fecha del hielo, pudimos ver que retrocedió de una manera dramática en ese periodo medieval, pero no llegó a desaparecer. Encontramos hielo incluso de periodos más antiguos, del periodo romano, que también fue cálido, lo que apunta que la situación actual es diferente. El calentamiento de nuestros días es excepcional, al menos en esta escala de los últimos 2.000 años, porque el glaciar de Monte Perdido pudo resistir a periodos cálidos anteriores, como el romano o el medieval. Sin embargo, hoy está en vías de desaparecer en las próximas décadas. Estimar cuándo van a desaparecer los glaciares no es muy fácil porque todos no se van a comportar igual, ya lo estamos viendo. Pero se puede decir a grandes rasgos que en las próximas décadas los glaciares del Pirineo y de otras montañas del sur de Europa van a desaparecer.

 

¿Habéis trabajado también en sistemas como los ibones?

Los ibones, o lagos de alta montaña en el Pirineo, proporcionan también muy buenos registros del clima del pasado. Nosotros trabajamos en lagos de diferentes zonas, especialmente del Pirineo, y lo que hacemos es obtener un cilindro de sedimento acumulado en el fondo de estos ibones a lo largo de milenios. Analizamos diferentes propiedades del sedimento, y una muy interesante es la cantidad y el tipo de polen que se encuentra en él. Gracias a ese polen se puede reconstruir la vegetación que había en diferentes momentos. Se puede ver cómo ha evolucionado la vegetación, a veces en respuesta al clima, a veces no. El polen es muy resistente. En el IPE-CSIC hay varios investigadores que lo estudian y, aunque no llegan siempre a identificar una especie, sí identifican el género y obtienen información del ambiente en el que esas formaciones vegetales se desarrollaron.

 

Las cuevas son otra ventana a los climas del pasado. ¿Qué información aportan formaciones como estalactitas o estalagmitas?

Las estalactitas se forman en el techo y no son útiles para nuestra investigación. Trabajamos siempre con estalagmitas, formaciones de carbonato que encontramos en el suelo de una cueva y que se van creando gota a gota. Las estalagmitas informan de cómo era el clima durante su formación. Provienen del agua de lluvia, con una composición isotópica distinta en función de la temperatura o de la lluvia. Esa agua se infiltra a través del suelo y cambia también allí su composición según la cantidad de actividad microbiana o vegetación que haya en él. Toda esa información acaba dentro del carbonato de la estalagmita. Además, son unos registros muy fáciles de datar. Obtenemos la fecha de su formación gracias a la técnica del uranio-torio, que utiliza elementos radioactivos que se descomponen y desintegran. Así podemos medir el tiempo de formación de la estalagmita, capa a capa, y analizar las propiedades de cada periodo. Nos informan muy bien acerca de la temperatura y de la lluvia del pasado.

 

Si vemos una de ellas, ¿hasta qué momento en el tiempo nos podemos remontar?  

Es muy difícil saber el tiempo que ha registrado una estalagmita al verla por fuera porque varía muchísimo según la tasa de goteo, es decir, la rapidez con la que gotea. Hay estalagmitas de más de un metro que se han formado en cien años, en cambio otras pueden recoger cientos de miles de años. En algunos casos, esa tasa de crecimiento nos indica también la respuesta de una cueva ante el clima. Si hay más goteo, normalmente hay más precipitación en el exterior, y se refleja en un crecimiento más rápido de la estalagmita.

 

¿Qué predicciones tenéis acerca de cómo será el clima en el futuro?

Los datos paleoclimáticos que conseguimos sirven para mejorar los modelos predictivos de cómo va a ser el clima en las próximas décadas. Ayudan a que en los modelos se reflejen mejor algunos procesos del sistema climático y cómo es la variabilidad climática natural. En cualquiera de los escenarios propuestos por el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático) de diferentes estimaciones de emisiones de C02 en la atmósfera, va a haber un aumento de temperatura en el planeta. Como sociedad tenemos el reto de quedarnos por debajo de un grado y medio o dos grados. Pueden ocurrir efectos o procesos desarrollados en cadena que hacen muy difícil predecir las consecuencias que van a tener para la especie humana, nuestro tipo de vida y muchos organismos que viven en el planeta.

 

¿Qué papel jugamos los seres humanos aquí?

El periodo en el que vivimos se está definiendo como el Antropoceno porque es un momento en el que el ser humano es el principal agente geológico de cambio en el planeta. Hemos pasado de ser espectadores a ser causantes de algo tan importante como son los cambios de la composición de la atmósfera y el cambio climático. Como sociedad creo que se toma cada vez más conciencia, pero falta todavía ponerse manos a la obra, que haya medidas efectivas tanto a nivel individual como institucional, y que seamos conscientes de que está en nuestras manos parar el cambio climático que estamos ocasionando.

 

En este contexto, ¿cómo valoras el establecimiento de nuevas estaciones de esquí en el Pirineo?

Hay en marcha diferentes proyectos, de aumento de extensión o de creación de estaciones de esquí, que no se sostienen con lo que sabemos que va a pasar en las próximas décadas en cuanto a cantidad de nieve en el Pirineo. Creo que todos tenemos que tomar parte y echar un poco el freno; desde mi punto de vista no podemos seguir con un malentendido progreso. Nuestro consumo está acelerado, tiene que reducirse, porque si no vamos a llegar a una situación climática muy perjudicial para nosotros como especie humana. Como hemos visto, y los geólogos lo tenemos muy claro, la variabilidad climática es enorme, el planeta ha sufrido grandes cambios climáticos y de todo se va recuperando. Lo que no es compatible con el cambio climático actual es el tipo de sociedad y de desarrollo en el primer mundo. Eso es lo que deberíamos cambiar.

 

¿Cómo ha repercutido la situación ocasionada por la pandemia?

En el caso de las estaciones de esquí, el impacto del uso del suelo y el transporte de personas hacia ellas no ha ocurrido. A escala planetaria este año de pandemia se ha notado una reducción de emisiones de C02, porque se ha vivido de otra manera. Lamentablemente eso es como un paréntesis muy breve y los últimos datos ya están otra vez en valores anteriores a la pandemia. Los cambios han de ser estructurales e importantes en cuanto a emisiones de C02.

 

¿Y podemos hacer algo para frenar o mitigar el cambio climático?

Los ciudadanos tenemos mucho poder en nuestras manos para frenarlo. Somos consumidores y en el tipo de consumo hay muchas claves para frenar las emisiones de C02. Consumir productos de cercanía y ecológicos, sin pesticidas ni fertilizantes, son medidas que casi todos podemos tomar. Otro aspecto clave es el uso de la energía y el tipo que consumimos, la cantidad y de dónde viene. Hay que apostar cada vez más por energías renovables y proyectos de autoconsumo en los que podamos generar buena parte de la energía que consumimos. Tenemos un país ideal para la energía solar y eólica, y hay que aprovecharlo, pero sobre todo buscando ese autoconsumo.

 

¿Qué te sugiere el epígrafe ‘Científicas y Cambio Global’?

Seguimos necesitando tener referentes femeninos en ciencia. Hay que ir cambiando poco a poco la imagen que tiene la sociedad de quien trabaja en ciencia. Cada vez estamos más mujeres y este tipo de actividades o actuaciones nos dan visibilidad y ayudan a que se vea que estamos ahí. Mi área de trabajo es una de las que tiene el techo de cristal más marcado. Hay muy pocas mujeres profesoras de investigación, la categoría más alta en la escala científica. Creo que se van proponiendo medidas para mitigar y mejorar esta situación. Todo lo que podamos hacer para divulgar la ciencia que hacemos las mujeres y crear esos referentes, sobre todo para la población más joven, me parece muy importante.

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