Biogás y biometano: el reto ya no es crecer, sino hacerlo bien

El auge de los proyectos de biogás y biometano sitúa a España ante una oportunidad histórica para avanzar en descarbonización y valorización de residuos
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23-06-2026

2026 está siendo un año especialmente relevante para la digestión anaerobia, una tecnología cuyo despliegue en España ha sido históricamente menor que en otros países europeos con recursos agroganaderos comparables. El impulso actual de los proyectos de biogás y biometano coincide con un acontecimiento significativo: la celebración en Valencia del congreso internacional IWA AD19, uno de los encuentros más importantes del mundo en este ámbito.

La Universitat de València y la International Water Association (IWA) reunirán allí a investigadores, operadores, ingenierías y empresas de numerosos países para debatir sobre tratamiento de residuos orgánicos, producción de biogás, valorización de digestatos y nuevas líneas de investigación. La organización ha recibido alrededor de 750 trabajos científicos procedentes de unos 50 países, una cifra que refleja el interés global que sigue despertando esta tecnología.

Para quienes llevamos años trabajando en este campo, el AD19 no es solo un congreso científico-técnico. Es también un espacio de reencuentro con colegas con los que compartimos proyectos, discusiones y largas conversaciones sobre microbiología, inhibiciones o balances energéticos. La digestión anaerobia es ciencia e ingeniería, pero también una comunidad que se ha ido construyendo a lo largo de décadas.

España ya acogió este congreso en 2013, cuando Santiago de Compostela fue sede del IWA AD13. Aquel encuentro evidenció el elevado nivel de la investigación española en digestión anaerobia. Pero quienes estuvimos allí recordamos también el ambiente humano que creó o Biogrupo de la Universidad de Santiago de Compostela, un grupo del que formé parte años antes del AD13 y que fue, en buena medida, mi puerta de entrada a este mundo. Hubo ciencia, sí, pero también tapas, cervezas y noches que se alargaban por a Cidade Vella compostelana.

Seguramente en Valencia vuelva a repetirse esa mezcla de ponencias, reuniones, cenas y conversaciones que suele marcar este tipo de congresos. Pero el contexto es muy distinto al de 2013. Entonces, la implantación del biogás en España era limitada y el marco regulatorio no favorecía el desarrollo de nuevas plantas. Hoy, en cambio, el interés por el biometano y los objetivos europeos de descarbonización están impulsando un número creciente de proyectos.

 

La implantación del biogás en España está llegando de forma mucho más acelerada y concentrada que en otros países europeos, lo que adelanta el debate social sobre este tipo de instalaciones

 

Dos modelos europeos muy distintos

En este contexto España vive una situación paradójica. El país tiene un potencial enorme para producir biogás y biometano gracias al peso de la ganadería, la agroindustria y los residuos orgánicos. Pero la implantación real es mucho menor que en otros países europeos comparables. Italia y Francia, con estructuras agroganaderas similares, ilustran bien esta diferencia, aunque sus modelos de desarrollo han sido muy distintos.

Italia impulsó su sector gracias a incentivos económicos muy favorables para la producción eléctrica renovable. Durante años, las primas a la electricidad permitieron rentabilidades altas, especialmente en instalaciones agrícolas de tamaño medio y grande. Eso generó una cadena industrial sólida y plantas relativamente grandes. Muchas de las instalaciones construidas durante la expansión del biogás agrícola italiano se situaban en escalas de varios cientos de kWe, habitualmente asociadas a decenas de miles de toneladas anuales de sustratos. En biometano, la tendencia continúa: muchas de las nuevas plantas italianas se desarrollan en escalas elevadas, frecuentemente por encima de varios cientos de Nm³/h de capacidad de inyección.

Francia siguió un camino distinto. Las ayudas públicas y las tarifas reguladas favorecieron plantas pequeñas y medianas vinculadas a explotaciones locales. En la primera etapa predominaban instalaciones de 150–250 kWe, asociadas a estiércoles y residuos agroganaderos próximos, equivalentes a entre 8.000 y 20.000 toneladas anuales. Incluso hoy, muchas plantas francesas de biometano mantienen capacidades moderadas, alrededor de 250 Nm³/h, aunque el tamaño medio ha aumentado progresivamente en los últimos años. Francia también tiene plantas grandes, pero su modelo sigue siendo más distribuido y de menor tamaño que el italiano.

A diferencia de Italia o Francia, donde los esquemas de apoyo público han permitido durante años el desarrollo de instalaciones pequeñas y medianas, en España la ausencia histórica de un marco estable y continuado de incentivos comparable al desarrollado en esos países ha condicionado de forma decisiva la escala de los proyectos. Sin mecanismos estables que compensen la inversión inicial o la operación en plantas de menor tamaño, la viabilidad económica acaba dependiendo de economías de escala.

Esto explica que buena parte de los proyectos españoles en tramitación se planteen con capacidades muy superiores a las habituales en otros países europeos: no es solo una elección tecnológica, sino una consecuencia directa del marco económico. En la práctica, para que una planta pueda sostenerse sin ayudas, necesita tratar volúmenes elevados de residuos y operar con una eficiencia muy ajustada, lo que empuja al sector hacia instalaciones centralizadas y de gran capacidad.

 

Sin un marco estable de incentivos, la viabilidad económica de muchas plantas depende de economías de escala, empujando al sector hacia proyectos de gran capacidad

 

El debate social alrededor de las plantas

En España, en consecuencia, muchos de los proyectos actualmente en tramitación se sitúan en una escala superior a la francesa. No es raro encontrar propuestas para tratar entre 100.000 y 300.000 toneladas anuales de residuos orgánicos, especialmente en instalaciones orientadas a la producción de biometano e inyección a red. Y es ahí donde aparece una parte importante del debate social.

En Francia existe oposición a determinados proyectos, igual que en España. Pero la implantación progresiva de cientos de instalaciones pequeñas y medianas ha contribuido a normalizar la tecnología. La digestión anaerobia lleva más tiempo integrada en el entorno rural francés y llevan más tiempo conviviendo con este tipo de instalaciones. También parece haber un marco más homogéneo en cuestiones de operación, control ambiental e integración territorial. No necesariamente más estricto, pero sí más consolidado. Eso no significa que no existan controversias locales o debates regulatorios, especialmente en torno al transporte de sustratos, la concentración territorial de instalaciones o determinados modelos de suministro de materia prima.

En España el desarrollo está llegando de forma más acelerada y concentrada. En pocos años han aparecido numerosos proyectos en distintas fases de desarrollo y tramitación, muchos de ellos de tamaño considerable. Eso hace que el debate social surja antes de que exista una implantación amplia y normalizada. Las preocupaciones se repiten: olores, tráfico asociado al transporte de residuos, dudas sobre el funcionamiento real de las plantas.

Muchas de estas inquietudes son razonables. Precisamente por eso, las buenas prácticas son uno de los elementos más importantes en esta fase de crecimiento. Buenas prácticas en diseño, para reducir emisiones y molestias desde el inicio. Buenas prácticas en operación, porque la digestión anaerobia requiere control técnico continuo y personal cualificado. Y buenas prácticas en la relación con el territorio, que van más allá de la comunicación: implican escuchar a la gente, explicar bien el proyecto y responder cuando aparecen dudas o problemas. La aceptación social no depende solo de la tecnología. También influye cómo se explica el proyecto, cómo se gestionan los problemas cuando aparecen y si la gente percibe que la planta aporta algo útil al entorno.

A todo esto, se suma la fragmentación regulatoria autonómica. Cada comunidad autónoma está desarrollando criterios distintos para tramitar e implantar proyectos de biogás y biometano. Algunas avanzan rápido; otras mantienen procedimientos poco definidos o lentos. El sector probablemente necesitará en los próximos años criterios más homogéneos sobre aspectos básicos: gestión de olores, control de emisiones, digestatos, distancias a núcleos urbanos o transporte de residuos. No necesariamente una regulación única, pero sí unas reglas más claras y homogéneas.

Mantener un nivel técnico alto en la operación de las plantas es clave. La digestión anaerobia no es una tecnología sencilla: requiere conocimiento microbiológico, control de procesos y seguimiento continuo. Pero el punto de partida es mejor que nunca. La industria ha acumulado una experiencia sólida en diseño, operación y buenas prácticas. La ventaja es que ya no se parte de cero, hoy existe bastante conocimiento sobre cómo operar las plantas, evitar problemas de proceso y reducir impactos ambientales.

 

La cuestión ya no es demostrar que la digestión anaerobia funciona, sino lograr implantarla con rigor técnico, integración territorial y aceptación social

 

En este contexto, congresos como el AD13 en Santiago y ahora el AD19 en Valencia reflejan algo importante: España cuenta desde hace años con grupos de investigación competitivos a nivel internacional. Su papel es complementar el conocimiento industrial y ampliarlo, aportando mejoras en monitorización, control de proceso y optimización de las plantas.

La digestión anaerobia lleva décadas funcionando en muchos países y en escalas muy distintas. La cuestión ahora no es tanto si la tecnología funciona, sino cómo implantarla sin generar rechazo y haciendo bien las cosas.