Convertir el residuo de una industria en el recurso de otra parece una de las expresiones más claras de la economía circular. Allí donde una empresa encuentra un problema de gestión, otra podría encontrar una materia prima. La lógica resulta sencilla. Llevarla de forma estable al terreno industrial, mucho menos.
La simbiosis industrial cuenta desde hace años con experiencias que demuestran su viabilidad, pero el salto desde intercambios concretos hacia ecosistemas consolidados continúa avanzando con dificultad. La tecnología no siempre constituye el principal obstáculo: antes de incorporar un material a otro proceso hay que determinar qué es jurídicamente, garantizar su seguridad, encontrar un mercado y conseguir que el intercambio sea competitivo y estable.
La primera frontera es jurídica
Antes de hablar de mercados, logística o infraestructuras compartidas existe una pregunta previa: ¿qué es exactamente el material que se quiere intercambiar?
Un residuo, un subproducto y un material que ha alcanzado el fin de la condición de residuo están sujetos a regímenes diferentes. Que exista una empresa interesada en utilizar un material o que este tenga valor económico no modifica por sí solo su situación jurídica.
Las diferencias interpretativas entre administraciones añaden incertidumbre, especialmente cuando los materiales atraviesan fronteras. Avanzar hacia criterios más armonizados permitiría facilitar su circulación sin renunciar a las garantías ambientales.
Más allá de la ley: por qué las simbiosis no aparecen solas
Resolver la condición jurídica tampoco garantiza que aparezca una relación industrial viable. Las empresas necesitan identificar posibles socios, compartir información sobre sus flujos y encontrar una coincidencia entre oferta y demanda.
Después llega la economía del intercambio. El material puede necesitar acondicionamiento, variar entre lotes o exigir adaptaciones en el proceso receptor. La distancia también resulta determinante, especialmente para recursos pesados y de menor valor.
A ello se suma la debilidad de muchos mercados secundarios. De los ocho analizados por la Agencia Europea de Medio Ambiente, solo aluminio, papel y vidrio muestran un funcionamiento adecuado. Disponer de un recurso secundario, por tanto, no significa disponer automáticamente de un comprador.
El salto hacia los ecosistemas industriales
La verdadera escala aparece cuando varias industrias de un territorio intercambian recursos y comparten soluciones. Es el planteamiento de los Hubs4Circularity, concebidos para cerrar ciclos de materiales, energía, agua y otros recursos a escala territorial.
El cambio implica pasar de encontrar oportunidades aisladas a crear ecosistemas capaces de generarlas sistemáticamente. Eso exige infraestructuras, financiación y acuerdos entre empresas, pero también gobernanza y estructuras capaces de identificar recursos, conectar actores y acompañar los proyectos.
2026, un momento clave para cambiar las reglas
La revisión de la Ley 7/2022, de residuos y suelos contaminados para una economía circular, y el avance europeo hacia un nuevo marco sobre economía circular abren una oportunidad para abordar algunas de estas barreras.
Entre las cuestiones pendientes aparecen el desarrollo de criterios más homogéneos sobre subproductos y fin de la condición de residuo, una mayor coherencia entre territorios y suficientes capacidades administrativas para aplicar las reglas.
El objetivo final es que utilizar recursos secundarios llegue a resultar tan previsible para una empresa como recurrir a materias primas convencionales, manteniendo las garantías ambientales necesarias.
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Con la visión de Aloia López Ferro, abogada especializada en Derecho ambiental, el reportaje analiza las barreras jurídicas, económicas y operativas que siguen dificultando la simbiosis industrial, el funcionamiento de los mercados de materias primas secundarias, los intercambios transfronterizos, el desarrollo de ecosistemas industriales y los cambios regulatorios y de gobernanza necesarios para llevar estas relaciones a escala.