Innovación con impacto: el cambio que necesita el sector del tratamiento de agua

El sector del tratamiento del agua vive un punto de inflexión. La presión combinada del cambio climático, la escasez hídrica, la detección de nuevos contaminantes y las expectativas sociales sobre sostenibilidad están redefiniendo los procesos de depuración, desalinización y potabilización
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22-04-2026

El sector del tratamiento del agua vive un punto de inflexión. La presión combinada del cambio climático, la escasez hídrica, la detección de nuevos contaminantes y las expectativas sociales sobre sostenibilidad están redefiniendo los procesos de depuración, desalinización y potabilización. La innovación ya no es una opción en el sector del agua, es la condición para operar con más eficiencia, más resiliencia y más circularidad.

 

Tres procesos de tratamiento de agua, tres desafíos

Las Estaciones Depuradoras de Aguas Residuales están transitando hacia su transformación en biofactorías capaces de recuperar nutrientes, producir biogás, regenerar el agua residual tratada y, en algunos casos, incluso recuperar compuestos de valor. La innovación no es incorporar un reactor o un medio filtrante distinto; es orquestar biología, energía y datos para lograr estabilidad con menor huella y mayor recuperación de recursos, además de proponer nuevos modelos de negocio que aumenten la circularidad, generando valor económico y ambiental.

 

La innovación ya no es una opción en el sector del agua, es la condición para operar con más eficiencia, más resiliencia y más circularidad

 

Por su parte, la desalinización está consolidada como la tecnología de referencia para aumentar los recursos hídricos no convencionales, especialmente en regiones costeras. Sin embargo, continúa enfrentando el reto de aumentar su eficiencia, ya sea reduciendo el consumo energético, incrementado el rendimiento de recuperación de energía, o avanzando en el desarrollo de membranas de nueva generación (incluyendo diseños de bajo rechazo y materiales biomiméticos) que permitan operar con presiones más bajas o mayor selectividad. Además, sigue siendo clave para su sostenibilidad lagestión del rechazo de forma ambientalmente responsable, enfocándose la tecnología en la minimización de la descarga y la extracción selectiva de compuestos de alto valor.

Finalmente, en el ámbito de la potabilizaciónlas Estaciones de Tratamiento de Agua Potable deben responder a exigencias y variabilidades de calidad cada vez más acusadas: eventos extremos, floraciones algales, y contaminantes emergentes o intermitentes. La modularidad, el tratamiento avanzado (oxidación avanzada selectiva, adsorción específica, membranas) y la monitorización en continuo son piezas clave para dotar de mayor resiliencia a una infraestructura crítica.

 

De la innovación a la adopción

Sin embargo, el verdadero reto del sector del tratamiento de agua no es innovar, es adoptar la innovaciónEn un sector donde las innovaciones tardan entre 12 y 15 años en llegar a mercado, una buena parte del esfuerzo innovador finaliza en “valle de la muerte”, la etapa comprendida entre la fase de prueba a escala piloto y la adopción comercial. Las razones son varias, pero modelos de inversión rígidos, ciclos de vida de la infraestructura muy largos y contratos donde el CAPEX tradicional sigue siendo el principal criterio de decisión son varios de los factores que ralentizan la adopción de soluciones que, aun siendo más eficientes en el largo plazo, no encajan fácilmente en marcos económico-financieros pensados para infraestructuras convencionales. A ello se suma una normativa que evoluciona lentamente: requisitos legales exigentes para tecnologías emergentes, procesos de autorización complejos y la ausencia de marcos específicos para pilotos limitan la experimentación necesaria para avanzar.

 

Si queremos plantas más eficientes, resilientes e inteligentes, debemos empezar por contratos que midan el valor a lo largo de toda la vida útil y repartan el riesgo de manera equilibrada

 

Y, detrás de todo, persiste un reto adicional: la aversión al riesgo. En un sector donde la continuidad del servicio es crítica, la lógica del “si funciona, no lo toques” sigue muy presente tanto en operadores públicos como privados. En el sector del agua, nadie quiere ser el primero en probar una nueva tecnología, pero todos quieren ser los primeros en afirmar haberla usado.

 

 

La verdadera disrupción no es tecnológica

Pero incluso cuando existe voluntad real de innovar e implantar, el sector necesita un cambio más profundo: orientar la innovación a impacto real. La industria del agua no puede permitirse pilotos “de escaparate”, pruebas desconectadas de la operación o demostraciones que no resuelven un problema concreto. Cada piloto debe nacer de una necesidad operativa clara -reducir consumo energético, mejorar la calidad del efluente, minimizar paradas, optimizar químicos o anticipar incidencias, por citar solo algunos ejemplos- y debe medirse con indicadores de impacto acordados desde el inicio. Involucrar tanto al cliente final (interno o externo) como a los equipos de innovación resulta fundamental. Solo así la tecnología genera confianza, los operadores ven evidencias y los decisores incorporan datos comparables a la hora de adoptar soluciones. Este enfoque convierte al piloto en una herramienta de gestión y no en un fin en sí mismo: demuestra fehacientemente qué funciona, qué no, y en qué condiciones, reduciendo riesgo y acelerando la transición hacia soluciones maduras.

En este sentido, los modelos contractuales tradicionales (cerrados, con criterios de adjudicación en los que el precio juega un papel decisivo y que en ocasiones diferencian entre la fase de construcción y operación) aportan seguridad jurídica y operabilidad, pero no están diseñados para incorporar cambios durante el diseño o la obra, ni para valorar adecuadamente el coste total de propiedad (TCO) frente al CAPEX puro. En consecuencia, soluciones con mejor TCO (menos energía, menos químicos, menos personal de operación, menos paradas, etc.) salen desfavorecidas frente a opciones “más baratas” en inversión inicial, aun cuando penalizan durante 20 años la operación.

En este punto es donde entran en juego los contratos colaborativos o progresivos, poco comunes en España pero mucho más relevantes en mercados internacionales como el anglosajón. Se trata de esquemas en los que la administración o el cliente, la ingeniería, el constructor, el operador y los proveedores tecnológicos trabajan juntos desde fases tempranas, con transparencia de costes, mecanismos de reparto de riesgos y gobernanza compartida para la toma de decisiones. Este tipo de contratos permiten identificar de forma temprana aquellas áreas en las que la innovación puede aportar un valor añadido en la solución final. Un contrato colaborativo permite, además, tomar decisiones informadas en base al cumplimiento de fases de verificación, o puede prever modificaciones en base a estos mismos resultados. Se comparten riesgos entre agentes innovadores y resto de partes implicadas, al mismo tiempo que se co-diseña la solución final. Se evita así penalizar a la innovación en aras de un compromiso de rendimiento y participación en la solución final.

 

La innovación necesita de una infraestructura blanda (marcos normativos, modelos contractuales flexibles, esquemas de colaboración inteligente) que permitan a la infraestructura dura evolucionar al ritmo que exigen el clima y la sociedad

 

Adicionalmente, en los últimos años han cobrado relevancia los procesos de Compra Pública Innovadora (CPI), que conectan necesidades reales del sector público con soluciones tecnológicas en desarrollo, promoviendo el desarrollo de pruebas piloto, la validación en campo y la posterior adopción de tecnologías por el sector público. Ejemplos concretos se centran en el desarrollo de soluciones innovadoras en desalinización o en soluciones para la desnitrificación del acuífero del Mar Menor, claramente alineadas con los retos a los que se enfrenta el sector. Sin embargo, la CPI también conlleva procedimientos con cargas administrativas elevadas y trámites prolongados, así como la dependencia, en ocasiones, de financiación europea de carácter provisional, lo que introduce incertidumbre y dificulta planificar la adopción tecnológica a largo plazo.

Por tanto, la innovación necesita de una infraestructura blanda (marcos normativos, modelos contractuales flexibles, esquemas de colaboración inteligente) que permitan a la infraestructura dura evolucionar al ritmo que exigen el clima y la sociedad. Si queremos plantas más eficientes, más resilientes y más inteligentes, debemos empezar por contratos que midan el valor a lo largo de toda la vida útil, que acepten la mejora continua como parte del servicio y que repartan el riesgo de manera equilibrada.

 

La innovación en el sector del agua, existe. El reto es adoptarla con rigor, velocidad y escala

 

La innovación en el sector del agua, existe. El reto es adoptarla con rigor, velocidad y escala. Y eso -en el tratamiento de agua- se decide tanto por los equipos de innovación, como en la sala de control… e incluso, en la mesa de contratación.