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Hoy me gustaría compartir una reflexión sobre los jóvenes en el sector del agua. Como en casi todo en la vida, hay retos y hay oportunidades. Y sinceramente creo que nuestro sector podría mejorar mucho si supiéramos juntar las ganas con las canas.
Tengo 36 años, así que me considero un viejoven. Desde que empecé a trabajar en 2012, vivo en esa fase intermedia en la que aún entiendo a los más jóvenes que llegan con ilusión, energía y también con unas prioridades diferentes en la vida. Al mismo tiempo, comprendo a los más veteranos: entiendo su mentalidad, cómo trabajan y la enorme experiencia acumulada que traen consigo.
Intentaré ser directo. Si algo caracteriza a este debate, es que se suele hablar mucho de los síntomas (falta de vocaciones, escasez de talento, desinterés por la ingeniería…) pero poco de las causas reales. Y también se habla poco de las oportunidades que tenemos delante, que hoy en día están en su mejor momento.
Empezamos por la demografía, no tiene misterio: hay un reto claro de relevo generacional. Cada año, una parte importante de los profesionales más experimentados del sector del agua se acerca a la jubilación, mientras que la entrada de nuevos jóvenes es escasa.
Los jóvenes de hoy no se mueven solo por el salario. Quieren sentirse parte de algo más grande y ahí el sector tiene una oportunidad enorme. El agua lo tiene todo para ofrecer un propósito real, tangible y duradero
En 2010, con la crisis económica, sobraba gente. Muchos profesionales del agua buscaron alternativas en otros sectores. Algunos nunca volvieron. Se perdió una generación de talento que hubiera podido ser el eslabón perfecto. Y ese vacío no se llena de un día para otro.
El mercado laboral actual lo deja claro: faltan profesionales jóvenes. El agua es un campo multidisciplinar, pero compite con industrias, a veces, con una narrativa más inspiradora. El agua debería tener un relato aún más potente, pero no siempre hemos sabido contarlo.
Existe una paradoja clásica: la del diamante y el agua. El diamante es caro, pero prescindible; el agua es esencial para la vida, pero barata. Esa contradicción refleja perfectamente el reto de nuestro sector.
El agua en sí es gratis, pero su servicio tiene un coste. Sin embargo, como sociedad tendemos a infravalorar lo que damos por hecho. Esto se traduce en una percepción social baja y, en consecuencia, en una mayor dificultad para movilizar capital, atraer talento e inversión.
Pese a todo, creo que este es el momento ideal para estar o entrar al sector. Como cuando en bolsa se invierte cuando el mercado está abajo. Hay escasez de profesionales, sí, pero también hay una demanda creciente, inversión pública y privada, innovación tecnológica, nuevos marcos regulatorios…
Sin embargo, los jóvenes de hoy no se mueven solo por el salario. Lo vemos cada día: buscan experiencias, aprendizaje, crecimiento personal, equilibrio, tiempo y sentido. Quieren sentirse parte de algo más grande. Y ahí el sector tiene una oportunidad enorme. El agua lo tiene todo para ofrecer un propósito real, tangible y duradero. Solo hay que contarlo mejor, abrir espacios y lo más importante: dejar participar.
Cada año, una parte importante de los profesionales más experimentados del sector del agua se acerca a la jubilación, mientras que la entrada de nuevos jóvenes es escasa
Vivimos en un mundo interconectado. Las oportunidades y competencia también tiene carácter internacional y esto nos obliga a replantear cómo valoramos nuestro propio talento joven. Sería positivo poner el foco en la capacidad de aportar valor, innovar, liderar y conectar soluciones locales con desafíos globales, ahí es donde los jóvenes españoles pueden destacar.
Actualmente tengo la suerte de conocer jóvenes en el sector que son realmente brillantes. No digo que sean mayoría, pero están ahí. Tienen actitud, ideas, energía, y sobre todo, ganas de aprender y aportar. Lo que necesitan es una oportunidad real para hacerlo.
El reto está en integrarlos, darles voz y responsabilidad. Que puedan crecer dentro del sistema. Además, creo que a los jóvenes no hay que limitarse a exigirles su trabajo; hay que fomentar que se relacionen, que participen, que propongan ideas, que impulsen sus propios proyectos. Que vean que hay espacio para crecer y que el sector puede ofrecerles una carrera de por vida, llena de oportunidades y aprendizajes.
Y al mismo tiempo, hay que aprovechar la experiencia de los que llevan 20 o 30 años en el sector. Esa conexión entre generaciones es, a mi juicio, la verdadera palanca de transformación.
Si logramos que las canas acompañen y orienten a las ganas, y que las ganas escuchen y respeten la sabiduría de las canas, el sector saldrá reforzado.

