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Durante la última década, la economía circular ha dejado de entenderse como una política centrada exclusivamente en la gestión de residuos para convertirse en uno de los principales pilares de la estrategia industrial europea. En este proceso, la Unión Europea ha ampliado progresivamente su alcance hasta conectar con políticas tan diversas como la descarbonización, la competitividad industrial, la autonomía estratégica, la conservación de la naturaleza o el uso eficiente de los recursos. La pregunta ya no es únicamente qué hacer con los residuos cuando llegan al final de su vida útil, sino cómo evitar que lleguen a convertirse en residuos y cómo aprovechar mejor los recursos desde el origen.
El ecodiseño representa probablemente el mejor ejemplo de esta transformación. Hasta el momento, muchas de las obligaciones ambientales aparecían cuando el producto ya había sido puesto en el mercado. Sin embargo, ahora la regulación pone el foco en las decisiones adoptadas mucho antes: qué materiales se utilizan, cuánto dura un producto, si puede repararse, reutilizarse o desmontarse, si incorpora materias primas secundarias o si facilitará posteriormente su reciclado, entre otras cuestiones. La circularidad deja de ser una cuestión exclusiva de los gestores de residuos para integrarse plenamente en la innovación industrial y en la propia estrategia empresarial.
Este planteamiento ha hecho que en los últimos años se haya realizado una profunda revisión del marco regulatorio de los residuos y los envases a nivel europeo y nacional. En este sentido, la futura Circular Economy Act - que está en plena fase de elaboración por parte de la Comisión Europea- representa una oportunidad para consolidar y simplificar el amplio marco regulatorio desarrollado durante los últimos años, fortalecer el mercado único de materias primas secundarias, armonizar aspectos clave como la RAP o el fin de la condición de residuo y crear las condiciones necesarias para que la circularidad contribuya realmente a la competitividad industrial europea.
En España, además, como consecuencia de la aprobación del PPWR, nos encontramos en proceso de revisión de buena parte de la normativa nacional en materia de residuos, incluido el Real Decreto 1055/2022 sobre envases y residuos de envases. Ahora tenemos la oportunidad de adaptar nuestra legislación a este nuevo marco europeo, simplificando obligaciones, reduciendo cargas innecesarias, eliminando duplicidades y ofreciendo a las empresas un entorno regulatorio más estable y coherente que preserve la seguridad jurídica y garantice la competitividad y la transición ordenada de las empresas españolas.
España dispone de una posición privilegiada para liderar esta evolución gracias a la diversidad de sus recursos biológicos, la fortaleza de su tejido industrial, su capacidad científica y tecnológica y el elevado potencial de innovación en numerosos sectores económicos
Otro de los ámbitos que está experimentando una profunda transformación es la Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP). Nacida inicialmente como un instrumento para financiar la gestión de determinados residuos, la RAP está evolucionando hacia un modelo con un alcance mucho más amplio, extendiéndose progresivamente a nuevos flujos y ámbitos como el agua. Esta situación ha reforzado su papel como herramienta para incentivar el ecodiseño, mejorar la trazabilidad de los productos e impulsar modelos de producción más circulares. En este nuevo escenario, para evitar inversiones ineficientes y reducir costes, es fundamental apostar por el ecodiseño, garantizar la seguridad jurídica de los sistemas RAP, favorecer la colaboración entre los distintos SCRAP, promover modelos que ya han demostrado su eficacia en determinados sectores y garantizar un marco de competencia eficiente que permita alcanzar los ambiciosos objetivos establecidos por la normativa.
Esta cuestión también se refleja en el sector textil, donde la futura implantación de sistemas de RAP supone un cambio de enfoque similar. El objetivo ya no se limita a gestionar adecuadamente los residuos al final de la vida útil de las prendas, sino a incorporar criterios sostenibles de diseño, durabilidad, reutilización y reciclabilidad desde el inicio, impulsando una transformación que afectará a toda la cadena de valor y que requerirá importantes inversiones en innovación y adaptación industrial, un proceso en el que las empresas llevan tiempo avanzando.
Esta evolución que se está produciendo responde también a una creciente integración de las políticas de economía circular y acción climática. Durante años, la descarbonización se asoció principalmente a la transformación del modelo energético y de los procesos industriales. Sin embargo, hoy existe un amplio consenso en que alcanzar la neutralidad climática exige actuar también sobre el diseño de los productos, el uso eficiente de los recursos, la reducción de los residuos y el desarrollo de nuevos modelos circulares. La economía circular pasa a convertirse en una herramienta clave para reforzar la competitividad, la resiliencia industrial, la autonomía estratégica y la transición ecológica.
El principal reto ya no es aprobar nuevas normas, sino conseguir que el conjunto de normas en materia de clima, energía, industria, economía circular, residuos y medio ambiente, funcione como un sistema integrado
Esta visión integrada ya se refleja tanto en las políticas europeas como en la agenda internacional. En la Unión Europea iniciativas como el Clean Industrial Deal reconocen la economía circular como un instrumento esencial para la descarbonización de la industria y para reforzar la competitividad del tejido productivo. Del mismo modo, las negociaciones internacionales sobre cambio climático incorporan cada vez con mayor intensidad la eficiencia en el uso de los recursos, la reducción de residuos y los modelos de producción y consumo circulares. Si durante años la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático centró buena parte del debate en la transición energética y la reducción de emisiones, hoy la economía circular y la reducción de los residuos ocupan un espacio creciente dentro de la agenda climática internacional. Una muestra de ello es que la Presidencia de la COP31 ha situado estas cuestiones entre sus prioridades.
Como consecuencia, se está impulsando una visión cada vez más amplia del aprovechamiento de los recursos, en la que la bioeconomía adquiere un papel estratégico para dar respuesta a los nuevos retos climáticos, industriales y de competitividad.
Tradicionalmente, se ha tendido a asociar la circularidad a mantener los materiales y productos en uso durante el mayor tiempo, pero ahora, aunque ese objetivo sigue siendo plenamente válido, la transición incorpora una visión más amplia, en la que la bioeconomía tiene un rol cada vez más relevante. Lejos de sustituir a la economía circular, la complementa al incorporar una visión más amplia del aprovechamiento sostenible de los recursos. Aporta nuevas oportunidades para aprovechar de forma sostenible los recursos biológicos renovables, fomenta la innovación, la bioenergía y el desarrollo de nuevas cadenas de valor, nuevos materiales, productos, servicios y biosoluciones.
A este respecto, en CEOE defendemos que España dispone de una posición privilegiada para liderar esta evolución gracias a la diversidad de sus recursos biológicos, la fortaleza de su tejido industrial, su capacidad científica y tecnológica y el elevado potencial de innovación existente en numerosos sectores económicos. La convergencia entre economía circular y bioeconomía constituye una oportunidad para desarrollar nuevas cadenas de valor, impulsar la innovación, generar empleo de calidad, fortalecer el tejido industrial, favorecer el desarrollo del medio rural, y contribuir, al mismo tiempo, a la descarbonización y la autonomía estratégica europea.
En definitiva, lo que está cambiando no es únicamente la normativa, sino que está cambiando la manera de entender los recursos dentro de la economía. Para las empresas españolas, este proceso representa un desafío de enorme magnitud, pero también una oportunidad para reforzar su competitividad, impulsar la innovación y consolidar el liderazgo industrial de España en la transición hacia una economía más sostenible, resiliente y competitiva.
Ahora el principal reto ya no es aprobar nuevas normas, sino conseguir que el conjunto de normas en materia de clima, energía, industria, economía circular, residuos y medio ambiente, funcione como un sistema integrado, que favorezca la competitividad empresarial eliminando duplicidades, reduciendo la fragmentación normativa y fortaleciendo el mercado único.
Por todo ello, el éxito de esta transición dependerá no solo de la ambición de sus objetivos, sino también de la capacidad del marco regulatorio para eliminar las barreras que todavía dificultan el desarrollo de estos nuevos mercados, generar seguridad jurídica y ofrecer a las empresas un entorno estable que incentive la inversión y la innovación.

