El giro europeo hacia la resiliencia hídrica: ambición política, límites estructurales e implicaciones para España

Europa redefine el agua como activo estratégico en un escenario de escasez estructural, pero la brecha entre ambición política y capacidad real condiciona el alcance del giro hacia la resiliencia
Autor/es
Griselda Romero
Publicado en
15-04-2026

El agua nunca ha sido un asunto menor en la política europea; pero durante décadas se gestionó bajo una premisa tácita: las sequías eran excepciones, las inundaciones crisis puntuales y el deterioro ambiental un problema corregible mediante mejoras progresivas. Esa premisa ha dejado de ser válida. Hoy, el debate ya no gira en torno a cómo gestionar un recurso escaso en momentos concretos, sino a cómo sostener un sistema económico, social y ecológico bajo condiciones de escasez estructural y creciente incertidumbre climática.

En ese cambio de perspectiva se inscribe la Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica, presentada el pasado año por la Comisión como hoja de ruta hacia 2050 para “reparar el ciclo del agua”, construir una economía inteligente en materia hídrica y garantizar el acceso seguro y asequible al agua y al saneamiento. Sin embargo, el giro hacia la resiliencia no es solo una cuestión semántica ni un ajuste técnico. Implica revisar prioridades, redefinir inversiones, tensionar marcos regulatorios y, sobre todo, preguntarse si el modelo actual —financiero, institucional y territorial— está preparado para anticipar riesgos en lugar de reaccionar ante crisis.

Para abordar esa cuestión, este reportaje recoge las voces de quienes operan el sistema desde distintas posiciones. Parte del marco planteado por la Comisión Europea, promotora de la Estrategia, con declaraciones de la comisaria europea de Medio Ambiente, Resiliencia Hídrica y Economía Circular Competitiva, Jessika Roswall, así como de la lectura sectorial que realiza Sebastien Mouret, asesor de políticas de EurEau, federación europea que agrupa a las asociaciones nacionales de servicios de agua potable y saneamiento y que representa al sector ante las instituciones de la Unión Europea.

A partir de ahí, el análisis desciende al plano operativo y territorial con la visión de Javier Santos, director de Operaciones de Veolia en España; el enfoque académico y de política pública de Leandro del Moral Ituarte, catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla y miembro del Patronato de la Fundación Nueva Cultura del Agua; la perspectiva de cuenca, aportada por Arancha Fidalgo, jefa de la Oficina de Planificación Hidrológica de la Confederación Hidrográfica del Júcar; y, finalmente, la experiencia de la gestión pública local, representada por Luis Babiano, gerente de la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento (AEOPAS).

A través de este recorrido, el análisis aborda el diagnóstico del estado del agua en Europa y España, el alcance real del giro hacia la resiliencia, los límites estructurales que condicionan su aplicación y las condiciones necesarias para que esa ambición se traduzca en transformación efectiva. La cuestión ya no es si Europa necesita resiliencia hídrica —esa necesidad parece fuera de discusión—, sino si el sistema del agua, tal como está configurado hoy, puede transformarse con la coherencia y la profundidad que exige el nuevo contexto.

 

La resiliencia hídrica no es una etiqueta añadida a políticas existentes, sino el reconocimiento de que el agua ya no puede gestionarse bajo la lógica de la excepcionalidad

 

Radiografía de un sistema hídrico bajo presión estructural

Tras más de veinticinco años de aplicación de la Directiva Marco del Agua (DMA), el balance europeo sobre el estado de las masas de agua presenta una realidad compleja, combinando avances indiscutibles con desafíos persistentes. Para la comisaria europea Jessika Roswall, la DMA “es una legislación fundamental” que ha impulsado progresos significativos desde su adopción. Destaca el ejemplo de España, donde cerca del 90 % de las aguas superficiales alcanzan el buen estado químico, situándola entre los países con mejores resultados y “a la vanguardia” en este ámbito.

En la misma línea, el catedrático Leandro del Moral subraya que los Estados miembros han incrementado el gasto, perfeccionado los sistemas de evaluación y reforzado la aplicación normativa, contribuyendo en determinados casos a contener el deterioro y a consolidar una mayor conciencia pública sobre la necesidad de proteger ríos, acuíferos, humedales, deltas y estuarios. Existe además, una coincidencia generalizada en que, en ausencia de la DMA, la situación actual de las masas de agua en Europa sería previsiblemente peor, aunque también menos conocida y, por tanto, menos incorporada al debate público y a la toma de decisiones.

Sin embargo, los datos agregados europeos reflejan una situación ambiental exigente. Según los informes oficiales citados por Del Moral —en particular el Fourth River Basin Management Plans Implementation Report y el informe complementario Environmental Quality Standards Directive Implementation Report, publicados por la Comisión Europea en 2025—, solo el 39,5 % de las masas de agua superficiales de la Unión alcanzan el buen estado ecológico y únicamente el 26,8 % logran el buen estado químico. La salud media de las aguas europeas continúa, por tanto, en un nivel crítico desde el punto de vista ecológico.


 

Estado de las masas de agua en la Unión Europea

La Directiva Marco del Agua (2000/60/CE), adoptada en 2000, supuso un cambio estructural en la política hídrica europea al introducir la gestión por demarcaciones hidrográficas, el objetivo de buen estado ecológico y químico y el principio de recuperación de costes.

Tras más de 25 años de aplicación, ha mejorado el conocimiento, el seguimiento y la aplicación normativa. Sin embargo, el cumplimiento pleno de sus objetivos sigue pendiente en buena parte de la Unión Europea.

Hoy:

  • Solo el 39,5 % de las masas de agua superficiales están en buen estado ecológico
  • Apenas el 26,8 % alcanzan el buen estado químico

 


A esta realidad se suma una presión creciente sobre la cantidad de agua disponible. Roswall advierte de que la disponibilidad está sometida a una tensión cada vez mayor como consecuencia del cambio climático: en el sur de España, las precipitaciones han disminuido cerca de un 25 % en las últimas tres décadas, mientras que las inundaciones se vuelven más extremas en distintos puntos del continente. “Ninguna parte de Europa se libra”, señala la comisaria, reflejando la dimensión transversal del fenómeno. Ante este escenario, la Comisión mantiene diálogos estructurados con los Estados miembros para reforzar la aplicación normativa, incluido un próximo intercambio con España centrado en sequías, inundaciones y escasez.

En este contexto, Sebastien Mouret añade que el ciclo del agua soporta presiones acumulativas derivadas tanto del cambio climático y la reducción de recursos, como de la contaminación, especialmente la de carácter difuso asociada al uso del suelo y a la actividad agraria, así como la presencia de contaminantes emergentes como los PFAS. Estas amenazas afectan simultáneamente a la calidad ecológica, a la salud pública y a la base productiva europea. “Sin agua limpia y en cantidad suficiente, ni la agricultura ni las industrias pueden prosperar en Europa”, advierte, subrayando la interdependencia entre estado ambiental y estabilidad económica.

Del Moral insiste en que muchas de estas presiones —contaminación difusa, cambios hidromorfológicos, expansión urbanística o aumento de la demanda— responden a fuerzas motrices estructurales vinculadas a modelos productivos y territoriales que no siempre han sido plenamente identificadas o abordadas en los programas de medidas, lo que explica en parte la distancia entre ambición normativa y resultados ecológicos efectivos.

 

El sistema hídrico europeo afronta una presión estructural simultánea sobre cantidad y calidad: reducción de aportaciones, contaminación difusa, intensificación productiva y un cambio climático que transforma la sequía en condición permanente y multiplica los episodios extremos

 

En el caso español, el diagnóstico mantiene esa doble dimensión de mejora institucional y severidad ambiental. La documentación inicial del cuarto ciclo de planificación hidrológica ofrece cifras especialmente exigentes: en demarcaciones como la del Guadalquivir, hasta un 96 % de las masas de agua superficiales se encuentran en riesgo de no alcanzar los objetivos ambientales. No obstante, Del Moral interpreta estos datos como reflejo tanto de la intensidad acumulada de las presiones, que requieren actuaciones de restauración de mayor alcance, como del mayor rigor metodológico con el que se aplican hoy los indicadores de la Directiva Marco del Agua, apoyados en herramientas más precisas y en un conocimiento técnico más consolidado que en los primeros ciclos de planificación.

La Confederación Hidrográfica del Júcar ofrece un ejemplo representativo de esta tensión estructural. Arancha Fidalgo describe una cuenca con un equilibrio muy ajustado entre recursos disponibles y demandas consolidadas, con déficits estructurales en determinadas zonas. El regadío concentra en torno al 80 % del consumo —seguido del uso urbano (16 %), con fuertes incrementos estacionales en áreas costeras—, mientras que aproximadamente el 75 % del recurso procede de aguas subterráneas. Esta elevada dependencia condiciona el estado cuantitativo de varias masas y repercute directamente en los caudales base de los ríos. A ello se suma una tendencia descendente de las aportaciones desde los años ochenta, con previsiones de reducción adicionales asociadas al cambio climático.

En este contexto, la gestión de la escasez no se limita a una cuestión de asignación entre usos, sino que incorpora una dimensión ecológica y normativa ineludible. En determinadas zonas ya se registran descensos piezométricos, masas subterráneas en mal estado cuantitativo y tramos fluviales con caudales próximos al mínimo ecológico fijado por el Plan Hidrológico, lo que reduce significativamente el margen de maniobra. La singularidad mediterránea —con alternancia rápida entre sequías prolongadas y episodios torrenciales e inundaciones— obliga además a gestionar escenarios extremos opuestos en plazos muy cortos, dentro de un marco reglado y transparente que busca compatibilizar seguridad hídrica y sostenibilidad ambiental.

En el ciclo urbano del agua, el diagnóstico incorpora una dimensión material e institucional que complica el escenario. Luis Babiano, gerente de AEOPAS, recuerda que se trata de un servicio esencial para la salud pública y el bienestar colectivo, sostenido por equipos técnicos cualificados que operan bajo una presión climática, social y económica creciente. Sin embargo, una parte significativa de las redes supera ya los cuarenta años de antigüedad y continúa funcionando gracias al esfuerzo diario de los operadores, evidenciando un déficit acumulado de planificación y reinversión. Aunque las directrices europeas han impulsado mejoras, persisten incumplimientos en saneamiento y depuración, especialmente en entornos con elevada fragmentación municipal y limitada capacidad técnica y financiera. Para Babiano, el límite no reside en el modelo público en sí, sino en un marco de organización, financiación y contratación que ha ido erosionando la capacidad de planificar a largo plazo y de garantizar la renovación sistemática de activos que, en muchos casos, se acercan al final de su vida útil.

 

“El problema no es el modelo público, que cuenta con profesionales altamente cualificados, sino el marco en el que se ve obligado a operar: un sistema de organización, financiación y regulación que ha ido erosionando silenciosamente su capacidad de planificación, reinversión y respuesta.” Luis Babiano, gerente de la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento (AEOPAS)

 

Por último, desde la gestión operativa y empresarial, Javier Santos, director de Operaciones en Veolia España, constata que la sequía ha dejado de ser excepcional para convertirse en una condición estructural en determinados territorios. Gestionar escenarios de disponibilidad decreciente, con exigencias regulatorias crecientes y tarifas entre las más bajas de Europa, obliga a decisiones operativas complejas y continuas: priorizar inversiones, escalonar tecnologías de tratamiento avanzado o buscar eficiencias transversales cuando la recuperación de costes no es plena. La dependencia de fondos europeos competitivos introduce además incertidumbre en la planificación a largo plazo. En este contexto, la tensión entre garantizar el suministro inmediato, incluso mediante soluciones de emergencia costosas, y transformar estructuralmente el sistema se convierte en una constante de la gestión diaria.

 

“La resiliencia hídrica deja de ser un concepto aspiracional para convertirse en el criterio rector de cada decisión operativa y de inversión que tomamos como operadores.” Javier Santos, director de Operaciones de Veolia España

 

En conjunto, el diagnóstico dibuja un sistema que ha avanzado en regulación, conocimiento y concienciación, pero que afronta presiones persistentes sobre la cantidad y la calidad del recurso en todas las escalas de gobernanza. Más que episodios aislados, Europa y España enfrentan ya una combinación estructural de tensiones climáticas, ambientales, territoriales y económicas que condicionan el presente y el futuro del modelo hídrico.

 

 

La resiliencia como nuevo eje de la política hídrica europea


 

Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica.

Marco, objetivos y líneas de acción.

Impulso institucional

  • Iniciativa de la Comisión Europea
  • Presentada en junio de 2025
  • Marco estratégico con horizonte 2050

Enfoque

  • La resiliencia como principio rector de la política hídrica europea
  • Del agua como recurso garantizado a activo estratégico limitado
  • Refuerzo de la aplicación del marco normativo vigente (no sustituye a la DMA)

Objetivos estratégicos

  • “Reparar el ciclo del agua”
  • Garantizar acceso seguro y asequible al agua potable y al saneamiento
  • Reequilibrar demanda y disponibilidad
  • Integrar el agua en la agenda de estabilidad económica y competitividad

Líneas de acción

  • Restauración y protección de masas de agua
  • Eficiencia, reutilización y reducción de pérdidas
  • Preparación frente a sequías, inundaciones y fenómenos extremos

Dimensión económica

  • Vinculación entre resiliencia hídrica y competitividad industrial

    *La industria europea del agua concentra ≈40 % de las patentes mundiales del sector

Marco financiero

  • Déficit anual estimado de inversión: 23.000 millones €
  • Adaptación de los Fondos de Cohesión
  • Movilización prevista del BEI: ≈15.000 millones €
  • Objetivo de atraer inversión privada complementaria

 


En este contexto de presión estructural acumulada, la Comisión Europea decidió dar un paso más. El verano de 2025 marcó un punto de inflexión en la política europea del agua cuando la Comisión Europea presentó la Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica como hoja de ruta para situar el agua en el centro de la agenda climática y económica de la Unión, con implicaciones estratégicas hacia 2050. No se trata de una nueva directiva que sustituya al marco existente, sino de un giro conceptual: la resiliencia pasa a convertirse en el principio rector de la política hídrica europea.

Según explica la comisaria Roswall, el punto de partida es claro: Europa debe “reparar el ciclo del agua”, construir una economía inteligente en materia de agua y garantizar un acceso seguro y asequible al agua potable y al saneamiento para todos. Para ello, insiste, la prioridad no es necesariamente producir nuevas normas, sino asegurar la aplicación efectiva de la legislación vigente y de la propia Estrategia. La resiliencia exige coherencia en la ejecución.

 

El giro no pasa por sustituir la Directiva Marco del Agua, sino por reforzar su aplicación efectiva en un escenario de escasez estructural, integrando eficiencia, restauración ecológica, seguridad del suministro y competitividad económica en una misma hoja de ruta

 

El nuevo enfoque parte de un cambio de mentalidad. “Tenemos que cambiar la forma en que vemos y valoramos el agua”, señala Roswall, recordando que el recurso ha sido durante demasiado tiempo tratado como abundante y garantizado. La resiliencia implica reequilibrar estructuralmente la demanda con la disponibilidad real y fomentar un uso eficiente y sistemático del agua en todos los sectores.

El giro europeo planteado se articula en tres grandes ejes: restaurar y proteger el ciclo del agua; construir una economía “water-smart” basada en eficiencia, reutilización y reducción de pérdidas; y reforzar la seguridad del suministro frente a sequías, inundaciones y eventos extremos.

La dimensión económica es explícita. La Comisión aspira a convertir la crisis del agua en una oportunidad estratégica para la industria europea, que concentra cerca del 40 % de las patentes mundiales relacionadas con el agua. La resiliencia hídrica se presenta así no solo como una necesidad ambiental, sino como una condición estructural de estabilidad económica y competitividad.

Sin embargo, el reto financiero es considerable. La UE arrastra un déficit anual de inversión estimado en 23.000 millones de euros, alerta la comisaria. Los Fondos de Cohesión se han adaptado para facilitar inversiones en agua, el Banco Europeo de Inversiones prevé movilizar 15.000 millones adicionales en los próximos años y se plantea atraer capital privado. Aun así, la Comisión reconoce que la magnitud del desafío exige un esfuerzo sostenido y coordinado.

 

Con la Estrategia de Resiliencia Hídrica, la Comisión Europea redefine el agua como eje de la agenda climática, industrial y territorial, y convierte la resiliencia en principio rector del desarrollo europeo hacia 2050

 

 

De la ambición a la capacidad real: límites estructurales del sistema

Definir la resiliencia como condición estructural del desarrollo europeo implica, sin embargo, enfrentarse a las restricciones reales del sistema. Si el diagnóstico revela un modelo sometido a presión, el examen de su aplicación muestra hasta qué punto la resiliencia hídrica tropieza con obstáculos que exceden el plano estrictamente técnico y el propio límite físico y climático descrito anteriormente.

Las voces entrevistadas coinciden en señalar que las principales barreras no se encuentran en el diseño conceptual del marco europeo del agua, sino en las condiciones materiales, económicas, políticas e institucionales en las que debe desplegarse. No se trata, por tanto, de un vacío normativo de base, sino de la tensión persistente entre ambición regulatoria, contexto físico y capacidad efectiva de implementación.

 

 

Límite financiero: déficit de inversión e insuficiente recuperación de costes

Para la Comisión Europea, el primer límite es inequívoco: la UE arrastra un déficit anual de inversión en agua estimado en 23.000 millones de euros, señala Roswall. Aunque se han movilizado fondos de cohesión y financiación del Banco Europeo de Inversiones, el volumen de recursos disponibles no cubre plenamente las necesidades de modernización, adaptación climática y cumplimiento de estándares ambientales.

Además, aunque los servicios de agua son conscientes desde hace tiempo de los retos que afrontan y muchos han realizado inversiones para abordarles, aún existen considerables disparidades entre los Estados miembros en términos de recursos financieros, agrega Mouret.

Esta restricción se reproduce con particular intensidad en el ámbito español. Luis Babiano advierte que la ausencia de un sistema estable de financiación finalista, la falta de reinversión sistemática y el uso del canon concesional como instrumento financiero de corto plazo han erosionado silenciosamente la capacidad de respuesta del sistema. El resultado es una red envejecida que funciona, en muchos casos, al límite de su vida útil. Mantener esta lógica implica aplazar inversiones imprescindibles y trasladar costes al futuro. Si no se corrige esta dinámica, el riesgo no es solo de deterioro progresivo, sino de comprometer la sostenibilidad estructural de un servicio esencial.

Desde la gestión operativa, Javier Santos describe una brecha estructural entre exigencias regulatorias crecientes y tarifas “que se sitúan entre las más bajas de Europa”. La consecuencia es una recuperación de costes insuficiente que ralentiza inversiones estratégicas. El límite financiero, por tanto, no es coyuntural ni exclusivo de un modelo de gestión determinado; es un condicionante sistémico que atraviesa escalas europeas, nacionales y locales.

A este respecto, Del Moral añade que la insuficiente aplicación de los instrumentos económicos previstos en la DMA —incluidos los mecanismos de recuperación de costes y el principio de quien contamina paga— ha incentivado el mantenimiento de prácticas nocivas para la biodiversidad y la sobreexplotación, penalizando a quienes sí asumen costes de protección y generando incentivos perversos que dificultan una transición efectiva.

 

Límite de coherencia política: integración intersectorial y gobernanza multinivel

El segundo límite se sitúa en el terreno de la coherencia política e integración intersectorial. Leandro del Moral insiste en que el buen estado de las masas de agua depende de decisiones adoptadas fuera del ámbito estrictamente hídrico. Agricultura, energía, transporte, minería, urbanismo o comercio exterior generan presiones estructurales, pero los objetivos ambientales no se incorporan de forma efectiva en esas políticas. El resultado es una gestión del agua que actúa sobre los efectos, no sobre las fuerzas motrices que los producen.

A esta desalineación se suma, según Del Moral, una introducción lenta y fragmentaria de medidas estructurales, a menudo sustituida por respuestas tecnológicas centradas en problemas puntuales. Sin abordar de manera sistémica la contaminación difusa, la degradación de hábitats o los cambios hidromorfológicos, los avances resultan limitados. En este contexto, advierte además del riesgo de que la agenda de simplificación regulatoria se convierta en un fin en sí mismo y derive en una reducción de obligaciones de control y análisis de riesgos en instalaciones industriales, con posibles efectos sobre la protección de los ecosistemas acuáticos.

Babiano añade una dimensión operativa a este problema: en sistemas descentralizados no siempre está claramente definido quién debe cumplir determinadas obligaciones europeas, con qué competencias y con qué recursos. Esta falta de claridad competencial amplifica la brecha entre ambición normativa y capacidad real de implementación.

También Mouret identifica una dimensión europea de esta incoherencia al señalar fricciones entre la Estrategia de Resiliencia Hídrica y otras agendas comunitarias, como la simplificación normativa o eventuales revisiones de la Directiva Marco del Agua. Tras reconocer en la propia Estrategia una aplicación insuficiente de la DMA, la Comisión anunció posteriormente la posibilidad de flexibilizar determinadas disposiciones, lo que, en un contexto de prioridades económicas en competencia, podría debilitar la ambición ambiental bajo la lógica de la competitividad y la reducción de cargas administrativas. La coherencia multinivel se convierte así en un límite estructural: sin alineación entre el discurso estratégico y las decisiones regulatorias concretas, el marco pierde eficacia y el agua corre el riesgo de volver a quedar relegada en la agenda política.

Además, recuerda que el sector del agua no puede resolver por sí solo problemas cuya raíz se sitúa fuera de su ámbito directo de actuación: hogares y servicios representan apenas el 13 % del consumo de agua dulce, mientras que una parte sustancial de las presiones —especialmente en materia de contaminación— procede de fuentes difusas vinculadas a la agricultura y otros sectores. Sin integración real de políticas sectoriales, la resiliencia hídrica seguirá actuando sobre síntomas más que sobre causas.

 

La principal limitación de la resiliencia hídrica no es conceptual ni normativa, sino material: la distancia entre la ambición regulatoria europea y la capacidad real —financiera, institucional y productiva— para aplicarla de forma coherente y sostenida

 

Límite estructural: modelo productivo y dinámicas económicas

Esta desalineación sectorial remite, en último término, a la propia configuración del modelo económico. Más allá de la coherencia formal entre políticas, subyace un límite de carácter estructural vinculado al modelo productivo dominante. Leandro del Moral señala de manera explícita el peso de un modelo agrario intensivo, concentrado y orientado prioritariamente al incremento de la productividad como una de las principales fuerzas motrices de contaminación difusa y sobreexplotación de recursos hídricos. La presión no deriva únicamente de decisiones de gestión del agua, sino de una estructura económica que incentiva la expansión de superficies regadas, la intensificación productiva y la maximización de rendimientos en un contexto de competencia global.

En este marco, la modernización de regadíos —aun siendo técnicamente eficiente— no garantiza por sí sola una reducción neta de presiones. Como advierte Del Moral, pueden producirse efectos rebote, descritos en la literatura económica como la Paradoja de Jevons, cuando los ahorros de agua derivados de mejoras tecnológicas se traducen en ampliación de superficies o en mayor intensidad de uso. Sin mecanismos regulatorios y económicos que acompañen la eficiencia con límites efectivos de extracción, la presión total sobre el recurso puede mantenerse o incluso incrementarse.

A ello se suman dinámicas externas que refuerzan esta tendencia: acuerdos comerciales, orientación exportadora y cadenas de valor internacionales que trasladan al territorio exigencias de producción poco alineadas con la disponibilidad hídrica local. En este sentido, el límite no es tecnológico ni exclusivamente sectorial, sino estructural: las dinámicas económicas continúan generando demanda y presión sobre el recurso a un ritmo superior al de su recuperación natural.

 

Límite institucional y administrativo: capacidad de ejecución y gobernanza operativa

Un tercer plano de restricción se sitúa en el ámbito institucional y administrativo. Más allá de la disponibilidad de recursos o de la coherencia entre políticas sectoriales, la efectividad de la resiliencia hídrica depende de la capacidad real de las estructuras públicas y operativas para ejecutar las medidas previstas. En este terreno, las voces consultadas identifican rigideces normativas, fragmentación territorial y complejidad competencial como factores que ralentizan la transformación.

Luis Babiano señala que la Ley de Contratos del Sector Público introduce, en determinados contextos, procedimientos prolongados y exigencias formales que dificultan la ejecución ágil de inversiones, especialmente en escenarios que requieren adaptación rápida a nuevas exigencias regulatorias o climáticas. A ello se suma una elevada fragmentación municipal que deja a numerosos pequeños ayuntamientos sin masa crítica técnica suficiente para garantizar continuidad, profesionalización y modernización del servicio. En sistemas descentralizados, la falta de claridad competencial complica además la asignación de responsabilidades en el cumplimiento de obligaciones europeas, ampliando la brecha entre ambición normativa y capacidad efectiva de implementación.

Desde la gestión empresarial, Javier Santos apunta que muchos marcos concesionales fueron diseñados bajo supuestos hidrológicos y regulatorios hoy superados. La adaptación de estos contratos a nuevas exigencias —incorporación de inversiones en resiliencia, reutilización o tratamiento avanzado— requiere procedimientos administrativos complejos y, en ocasiones, prolongados. Esta lentitud puede generar un desfase entre la urgencia climática y la velocidad institucional, especialmente cuando la superposición competencial retrasa autorizaciones o modifica condiciones de ejecución.

En el ámbito de cuenca, Arancha Fidalgo reconoce que, aun disponiendo de un marco técnico sólido y de planes hidrológicos que integran balances, prioridades, escenarios de cambio climático y estudios de adaptación, el programa de medidas avanza con mayor lentitud de la deseable debido a trámites prolongados, dificultades administrativas y, en determinados casos, resistencia o baja aceptación social. El problema no reside en la ausencia de planificación, sino en la distancia entre el diseño técnico del plan y su ejecución efectiva en el territorio.

Leandro del Moral añade que, en varios Estados miembros, los programas de medidas muestran debilidades cuando no se apoyan en diagnósticos robustos de presiones e impactos o cuando la acción política se retrasa frente a la evidencia técnica disponible. Sin una gobernanza capaz de traducir el conocimiento en decisiones operativas y en aplicación sostenida en el tiempo, la resiliencia corre el riesgo de quedar formulada en términos estratégicos sin consolidarse en la práctica.

 

Mientras las políticas agrarias, energéticas, comerciales y territoriales no integren de forma vinculante los objetivos hídricos, la gestión del agua seguirá actuando sobre los síntomas y no sobre las causas estructurales de la degradación

 

Límite cultural: percepción social y patrones de uso

Finalmente, subyace un límite de naturaleza cultural que atraviesa todas las escalas del sistema hídrico. Desde la Comisión Europea se reconoce que el agua continúa percibiéndose con frecuencia como un recurso garantizado o abundante, incluso en contextos de estrés estructural. Esta baja valorización social se traduce en ineficiencias, retrasos en la adopción de medidas de ahorro y resistencia a internalizar los costes reales del servicio.

En cuencas tensionadas, la adaptación de la demanda a la oferta disponible no es solo un ejercicio técnico, sino una decisión social que afecta a sectores consolidados, modelos productivos y expectativas históricas. Aceptar restricciones, revisar dotaciones o modificar patrones de consumo implica asumir límites que durante décadas no formaron parte del imaginario colectivo. La resistencia social a estos ajustes constituye, en sí misma, un condicionante estructural que puede ralentizar o tensionar la implementación de políticas de resiliencia.

En conjunto, los límites identificados no desmienten la ambición del marco europeo ni cuestionan la validez conceptual de la resiliencia hídrica como horizonte estratégico. Lo que revelan es la complejidad de traducir esa ambición en transformación efectiva dentro de sistemas económicos, institucionales y sociales atravesados por inercias acumuladas. La brecha no es normativa, sino estructural: entre lo que el marco exige y lo que las estructuras productivas, financieras, administrativas y culturales están en condiciones de sostener. Superar esa distancia no depende únicamente de nuevas estrategias o de ajustes técnicos, sino de la capacidad de alinear incentivos económicos, fortalecer la gobernanza multinivel, garantizar financiación estable y asumir socialmente los límites físicos del recurso. Es en ese terreno —el de las condiciones reales de implementación— donde se decidirá si la resiliencia se consolida como principio operativo o queda circunscrita al plano declarativo.

 

De la estrategia a la implementación: condiciones para una transformación efectiva

Si el sistema hídrico europeo y español opera bajo restricciones físicas, financieras, institucionales y productivas acumulativas, la cuestión ya no es si es necesario cambiar, sino bajo qué condiciones ese cambio puede materializarse. Las voces consultadas coinciden en que no basta con formular estrategias ambiciosas ni con añadir nuevos instrumentos al marco existente. La resiliencia exige intervenir sobre las reglas de funcionamiento del sistema, alinear políticas sectoriales con los límites ecológicos y dotar a la transición de estabilidad financiera, coherencia normativa y legitimidad social. Convertir la resiliencia en capacidad efectiva implica, por tanto, actuar de manera simultánea sobre varias dimensiones estructurales.

 

La resiliencia exige coherencia multinivel: que planificación, financiación y gobernanza operen bajo un mismo marco estable y no como agendas paralelas

 

Aplicación rigurosa del marco normativo y estabilidad regulatoria

La primera condición, transversal a todas las perspectivas, es la aplicación plena y coherente del marco normativo vigente. Desde la Comisión Europea se insiste en que la Directiva Marco del Agua y la legislación asociada siguen proporcionando instrumentos adecuados para proteger el recurso, siempre que se ejecuten de forma efectiva y homogénea. La resiliencia no puede construirse sobre normas incumplidas ni sobre estándares aplicados de manera desigual.

En esa misma línea, Leandro del Moral subraya que tras veinticinco años de planificación hidrológica existe conocimiento técnico y jurídico suficiente; el déficit no ha sido conceptual, sino de implementación y coherencia política. Mantener el principio de no deterioro como eje innegociable, preservar la seguridad jurídica y evitar retrocesos bajo la lógica de la simplificación son condiciones indispensables para sostener inversiones de largo plazo y garantizar coherencia regulatoria.

 

“La relajación de la ambición en las normativas ambientales es contraproducente: genera inseguridad jurídica, desincentiva inversiones de mayor valor añadido y puede debilitar la propia Directiva Marco del Agua, que sigue siendo el pilar sobre el que se sostienen otras normas esenciales para la protección del agua y la salud pública.”  Leandro del Moral Ituarte, catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla y miembro del Patronato de la Fundación Nueva Cultura del Agua

 

Integración intersectorial y coherencia territorial

Aplicar mejor la normativa no se limita a reforzar controles, sino que exige integrar el agua en el núcleo de las decisiones económicas y territoriales. El buen estado de las masas de agua no depende exclusivamente de la política hídrica, sino de cómo se diseñan y ejecutan políticas agrarias, energéticas, urbanísticas, industriales o comerciales. Mientras los objetivos ambientales no se incorporen como variable vinculante en estos ámbitos, la gestión del agua seguirá actuando sobre las consecuencias y no sobre las causas de la degradación.

En el ámbito de cuenca, Arancha Fidalgo lo formula en términos operativos: la planificación hidrológica establece prioridades, dotaciones y programas de medidas, pero su eficacia depende de que el desarrollo agrario, urbano o energético converja con la disponibilidad real de recursos. Ello exige evaluar nuevas demandas y desarrollos previstos dentro del marco fijado por el Plan, evitando generar expectativas desconectadas de la capacidad hídrica del sistema. La resiliencia requiere, por tanto, una coherencia intersectorial efectiva —no meramente declarativa— que alinee crecimiento económico y ordenación territorial con los límites físicos del recurso.

 

“La resiliencia hídrica debe convertirse en una responsabilidad intersectorial, del mismo modo que la mitigación del cambio climático se ha integrado en la toma de decisiones mucho más allá de los círculos especializados.” Sebastien Mouret, asesor de políticas de EurEau

 

La coherencia intersectorial pasa necesariamente por aceptar los límites ecológicos como punto de partida. Leandro del Moral advierte que existen cuencas donde los derechos de uso reconocidos superan las disponibilidades reales y donde determinadas masas de agua han alcanzado umbrales críticos de contaminación. Desde esa perspectiva, sostiene que antes incluso de definir nuevas medidas debería plantearse una cuestión previa: cómo adaptar los modelos de producción y consumo a las restricciones que imponen ecosistemas degradados, incorporando criterios de equidad y reparto justo de los costes. En un recurso de dominio público como el agua, cuyo uso se concede temporalmente y queda subordinado al interés general, la adaptación no puede traducirse en la preservación de inercias insostenibles ni en una distribución desigual de los sacrificios. La resiliencia hídrica remite así, en última instancia, a una lógica de transición justa en un contexto de crisis climática y socioecológica.

Desde la Comisión Europea se formula una idea convergente al plantear la necesidad de “reequilibrar la demanda con el suministro disponible” y superar la percepción del agua como recurso garantizado. En territorios tensionados como el Júcar, Arancha Fidalgo subraya que la estabilidad socioeconómica depende de que la demanda futura se ajuste a la oferta realmente disponible, tanto actual como proyectada bajo escenarios climáticos adversos. Esta adaptación exige analizar de forma integrada recursos superficiales, subterráneos y no convencionales —incluida la regeneración y la desalación cuando resulten viables— y asumir que la planificación no puede compensar indefinidamente desequilibrios si los desarrollos productivos y territoriales no se alinean con la disponibilidad hídrica efectiva. La resiliencia, por tanto, no consiste únicamente en ampliar recursos, sino en ajustar expectativas económicas y territoriales a los límites físicos del sistema.

 

“Para ser resilientes tenemos que reequilibrar la demanda de agua con el suministro disponible. Esto implica fomentar un nuevo enfoque del uso del agua que de prioridad a la eficiencia hídrica.” Jessika Roswall, comisaria europea de Medio Ambiente, Resiliencia Hídrica y Economía Circular Competitiva de la Comisión Europea

 

Reforma estructural de la financiación y aplicación de instrumentos económicos

La transición requiere, además, una base económica sólida. La Comisión reconoce un déficit estructural de inversión y la necesidad de movilizar recursos públicos y privados, aprovechar plenamente los Fondos de Cohesión y la financiación del BEI, y mejorar la eficiencia en el uso de instrumentos existentes.

En el plano nacional y local, Luis Babiano insiste en que los ingresos generados por el servicio deben revertir íntegramente en el propio sistema, mediante financiación estable, finalista y transparente. Sin planificación a largo plazo y recuperación equilibrada de costes —compatible con la asequibilidad— no es posible renovar infraestructuras envejecidas ni incorporar tecnologías avanzadas.

Javier Santos añade que las exigencias regulatorias deben alinearse con la capacidad financiera real, lo que requiere revisar marcos tarifarios y establecer mecanismos de solidaridad territorial para evitar brechas en la adaptación. Del Moral introduce un elemento clave: la aplicación efectiva del principio de quien contamina paga como herramienta para corregir incentivos perversos y evitar que los costes ambientales recaigan exclusivamente sobre operadores o ciudadanía. Sin instrumentos económicos bien aplicados, la coherencia ambiental pierde eficacia práctica.

 

Fortalecimiento institucional y gobernanza multinivel

La resiliencia también depende de una arquitectura institucional capaz de ejecutar decisiones complejas. La fragmentación territorial y la rigidez administrativa pueden ralentizar inversiones y dificultar la adaptación. Babiano plantea la necesidad de reforzar estructuras supramunicipales que aporten masa crítica y capacidad técnica, especialmente en entornos rurales.

Desde la gestión operativa, Santos señala que muchos marcos concesionales fueron diseñados bajo supuestos hidrológicos superados y deben actualizarse para incorporar inversiones en resiliencia y economía circular con mayor agilidad. Fidalgo insiste en mejorar la ejecución efectiva de los programas de medidas y en gestionar de forma integrada recursos superficiales, subterráneos y no convencionales.

 

“El Plan Hidrológico de cuenca es la herramienta clave para gestionar estos conflictos con criterios técnicos y de forma ordenada y transparente: establece prioridades, asignaciones, dotaciones, objetivos ambientales y un programa de medidas.” Arancha Fidalgo, jefa de la Oficina de Planificación Hidrológica de la Confederación Hidrográfica del Júcar

 

A escala europea, Sebastien Mouret advierte de la importancia de la coherencia multinivel para evitar contradicciones entre estrategias comunitarias y políticas nacionales. Sin coordinación real entre escalas administrativas, la implementación se fragmenta y la ambición estratégica pierde consistencia.

 

Innovación orientada al interés público

La dimensión tecnológica forma parte de las condiciones habilitantes, aunque ninguna fuente la presenta como solución autónoma. La Comisión subraya el potencial de liderazgo europeo en innovación hídrica y su papel en la competitividad industrial.

En el plano operativo, la digitalización, la diversificación de fuentes, la reducción de pérdidas o la transformación de depuradoras en ecofactorías son herramientas concretas para aumentar eficiencia y seguridad. Babiano vincula la innovación a procesos de cooperación pública-pública y aprendizaje colectivo. La tecnología, en este marco, es instrumento al servicio de un diseño financiero y regulatorio adecuado, no sustituto de reformas estructurales.

 

Legitimidad social y corresponsabilidad

Finalmente, la transformación requiere legitimidad social. Modificar patrones de uso, revisar dotaciones o asumir costes de adaptación implica decisiones sensibles que necesitan respaldo público. La Comisión insiste en promover una cultura de eficiencia y ahorro; Babiano subraya la importancia de la transparencia y la rendición de cuentas; Fidalgo reconoce que la aceptación social condiciona el ritmo de ejecución en el territorio.

Sin comprensión pública de los límites ecológicos y de los costes asociados a la adaptación, cualquier reforma estructural corre el riesgo de bloquearse. La resiliencia exige corresponsabilidad entre administraciones, operadores, sectores productivos y ciudadanía.

En conjunto, las condiciones identificadas dibujan una transformación que trasciende el sector del agua. Aplicación rigurosa del marco normativo, integración intersectorial efectiva, asunción de límites ecológicos, financiación estable, gobernanza multinivel sólida e innovación alineada con el interés público forman un entramado inseparable. La resiliencia no se consolidará mediante nuevas declaraciones, sino mediante la capacidad real de ajustar demanda, inversión y desarrollo productivo a esos límites.

 

 

El agua como cimiento ecosocial del futuro europeo

La resiliencia hídrica no es una etiqueta superpuesta a políticas existentes, es el reconocimiento explícito de que el agua ha dejado de poder gestionarse bajo la lógica de la excepcionalidad. Europa afronta un escenario de escasez persistente, variabilidad climática creciente y tensiones productivas acumuladas que obligan a revisar no solo instrumentos técnicos, sino las bases mismas del modelo de desarrollo.

El marco regulatorio está definido y la planificación hidrológica dispone de herramientas consolidadas. El conocimiento acumulado tras veinticinco años de Directiva Marco del Agua es amplio y la capacidad tecnológica del sector europeo es significativa. El desafío ya no reside en formular nuevos diagnósticos, sino en asegurar coherencia entre políticas, estabilidad financiera y alineación efectiva de los usos económicos con los límites ecológicos del recurso.

La Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica sitúa el agua en el centro de la agenda climática, industrial y territorial de la Unión. Pero su alcance dependerá menos de su formulación que de la capacidad real de las instituciones europeas y nacionales para sostener estándares ambientales exigentes, integrar el agua en decisiones agrarias, energéticas y comerciales, y dotar al sistema de financiación y gobernanza acordes con su relevancia estratégica.

En última instancia, la resiliencia no es un horizonte aspiracional, sino una condición de estabilidad. Si el agua constituye la base material de la seguridad alimentaria, la competitividad industrial y la cohesión territorial, su gestión deja de ser sectorial para convertirse en estructural. El futuro europeo no se jugará únicamente en la transición energética o digital, sino en la capacidad colectiva para asumir que el agua no es un recurso garantizado, sino el límite físico que condiciona la sostenibilidad económica y democrática del proyecto común.

 

El futuro europeo no se jugará únicamente en la transición energética o digital sino en la capacidad colectiva de asumir que el agua no es un recurso garantizado, sino el cimiento ecosocial que sostiene la sostenibilidad económica y democrática del proyecto europeo

 

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