Andalucía frente al reto hídrico, hacia un modelo de gobernanza resiliente y justa

Un artículo de Carlos de Irigoyen Jara, gerente de ASA Andalucía
Entidad
16-04-2026

Andalucía atraviesa un momento decisivo en materia hídrica. Las precipitaciones cada vez más irregulares y los episodios de lluvias torrenciales, además de eventualidades intercaladas con sequías prolongadas, han configurado un escenario estructural que obliga a repensar la gestión del ciclo urbano del agua bajo criterios de anticipación, coordinación institucional y sostenibilidad a largo plazo. No se trata solo de responder a una crisis coyuntural. Estamos ante un nuevo escenario estructural en la gestión hídrica, y se trata de adaptar el sistema a una nueva realidad climática que condicionará la competitividad, la cohesión social y la salud ambiental del territorio durante las próximas décadas.

En este contexto, resulta cada vez más evidente la necesidad de evolucionar desde un modelo tradicionalmente reactivo (basado en medidas urgentes cuando los embalses descienden por debajo de determinados umbrales) hacia un enfoque de resiliencia programada. Esta resiliencia, entendida como la capacidad de un sistema para anticiparse, absorber perturbaciones y recuperarse rápidamente, debe construirse en tres niveles: infraestructuras, operación y confianza social. Las tres dimensiones están íntimamente relacionadas y cualquier estrategia que pretenda ser efectiva debe abordarlas de manera integrada.

 

Estamos ante un nuevo escenario estructural en la gestión hídrica, que requiere adaptar el sistema a una nueva realidad climática y que condicionará la competitividad, la cohesión social y la salud ambiental del territorio durante las próximas décadas

 

La construcción de una resiliencia que anticipe, absorba y recupere

Una infraestructura que no se mantiene deja de ser infraestructura: se convierte en riesgo. En un escenario de variabilidad climática extrema, disponer únicamente de una fuente principal de suministro o de conducciones sin alternativa, no es una opción. Es por eso por lo que son necesarias las interconexiones intracomarcales, captaciones de respaldo, sistemas de potabilización capaces de tratar aguas de diferente origen. Asimismo, depósitos estratégicos y redes malladas son piezas esenciales para evitar situaciones de colapso local. 

 

Resulta cada vez más evidente la necesidad de evolucionar desde un modelo tradicionalmente reactivo hacia un enfoque de resiliencia programada

 

Pero más allá de las grandes obras, la verdadera prueba de madurez del sistema reside en la planificación sistemática de renovaciones. Buena parte de las vulnerabilidades actuales se explican por redes envejecidas, tramos críticos que fallan con frecuencia y una inversión en reposición que, históricamente, ha sufrido altibajos. 

Este sector, pese a requerir una mayor planificación de reformas infraestructurales, demanda al mismo tiempo una mejora a nivel operativo, donde la digitalización representa una oportunidad sin precedentes. Por un lado, la tecnología ya está disponible y madura; el desafío es aprovecharla de forma inteligente. La telelectura masiva, el control de presiones, la sectorización dinámica, los sensores de caudal y calidad, la modelización hidráulica en tiempo real o los gemelos digitales de ETAP y EDAR permiten tomar decisiones basadas en datos, anticipar fugas, optimizar bombeos, reducir consumos no esenciales y ajustar la operación a escenarios cambiantes. 

Por otro lado, la clave no es la tecnología en sí, sino su incorporación a la rutina de gestión: alarmas automatizadas que priorizan por riesgo, cuadros de mando municipales que muestran indicadores esenciales, equipos que trabajan con información en tiempo real y una administración capaz de supervisar el servicio con métricas objetivas, comparables y compartidas.

 

Buena parte de las vulnerabilidades actuales se explican por redes envejecidas, tramos críticos que fallan con frecuencia y una inversión en reposición que, históricamente, ha sufrido altibajos

 

Es esencial hablar de ámbitos con potencial, y si se busca reforzar la resiliencia hídrica de Andalucía, una de las mayores posibilidades la brinda la reutilización de aguas regeneradas. El salto de la depuración al uso efectivo de estas aguas en agricultura periurbana, riego de zonas verdes, industria y recarga de acuíferos, entre otros, supone un paso natural en un territorio sometido a un estrés hídrico recurrente. Convertir la reutilización en una infraestructura de recurso implica clarificar responsabilidades, definir modelos tarifarios, garantizar la calidad según uso, y generar seguridad jurídica para operadores y usuarios. Esta reutilización reduce presión sobre fuentes convencionales, diversifica riesgos y contribuye a una economía circular del agua cada vez más necesaria.

Los episodios de restricción no pueden repetirse cada pocos años como si fueran decisiones improvisadas. En este sentido, hay que seguir evolucionando y profundizando en la gestión de la demanda. Contar con un marco de escalonamiento claro, basado en indicadores objetivos y conocidos de antemano por la ciudadanía. La tarificación por bloques vinculada a fases de escasez (siempre acompañada de medidas de protección social) ha demostrado ser eficaz para reducir consumos sin comprometer la garantía para usos esenciales, pero es que la tarificación, por sí sola, no basta. Sigue siendo imprescindible combinarla con campañas de sensibilización bien diseñadas, herramientas digitales que informen en tiempo real al abonado y programas de eficiencia en equipamientos públicos.

 

El salto de la depuración al uso efectivo de estas aguas en agricultura periurbana, riego de zonas verdes, industria y recarga de acuíferos, entre otros, supone un paso natural en un territorio sometido a un estrés hídrico recurrente

 

En cuanto a la confianza social, la dimensión más intangible pero fundamental del ciclo urbano del agua, el sector tiene la responsabilidad de explicar con claridad qué cuesta garantizar el servicio, por qué es necesario invertir en redes e infraestructuras, cómo se protege a los hogares vulnerables y cuáles son los criterios en episodios de restricción. La justicia hídrica no es solo un concepto ético; es también un pilar de legitimidad. La ciudadanía está cada vez más concienciada sobre el valor del agua y por ello exige transparencia, coherencia y participación. Y tiene razón: un modelo de gobernanza robusto debe comunicar con honestidad, mostrar resultados y rendir cuentas.

 

Un sector coordinado con metas claras

La sostenibilidad económica del sistema no puede fundamentarse únicamente en incrementos puntuales de tarifa o en convocatorias ocasionales de subvenciones. La infraestructura del agua tiene un ciclo de vida largo, y su financiación debe ser consecuente a esto. Fondos europeos, financiación verde, instrumentos de colaboración públicoprivada y contratos basados en resultados, combinados entre sí, puede ofrecer un marco más estable. Acompañado, claro está, de una estandarización documental que reduzca la complejidad administrativa para los municipios medianos y pequeños, que representan buena parte del territorio andaluz y que pueden sentirse asfixiados burocráticamente de no armonizar.

Abordando el nivel institucional, se podría decir que el reto principal es mejorar la coordinación multinivel. El ciclo urbano del agua no puede gestionarse de forma aislada, porque interactúa con múltiples sectores como sabemos: con la energía, el urbanismo, la agricultura, el turismo y la salud pública. Administraciones locales, operadores, consorcios y Administraciones hidráulicas deben colaborar en un marco común que facilite la toma de decisiones rápidas y efectivas, especialmente en momentos críticos. La creación de comités operativos mixtos, con protocolos predefinidos y capacidad de decisión, puede evitar respuestas descoordinadas y mejorar la eficiencia del sistema en su conjunto.

Todo esto desemboca en una conclusión clara: Andalucía necesita una agenda sectorial de resiliencia hídrica. Una hoja de ruta compartida con metas reales, indicadores verificables, mecanismos de financiación y espacios permanentes de cooperación técnica. Una agenda que no se limite a responder a las eventualidades y urgencias, sino que prepare realmente al territorio para los desafíos de los próximos veinte años: más sequía, más presión demográfica en zonas litorales, más competencia por el recurso y mayor exigencia ciudadana en términos de calidad del servicio.

 

Construir un modelo de gobernanza resiliente y justa es una tarea colectiva. Requiere liderazgo institucional, profesionalización técnica, inversión sostenida y, sobre todo, una visión compartida entre quienes gestionan, quienes regulan y quienes utilizan el agua cada día

 

Construir un modelo de gobernanza resiliente y justa es una tarea colectiva. Requiere liderazgo institucional, profesionalización técnica, inversión sostenida y, sobre todo, una visión compartida entre quienes gestionan, quienes regulan y quienes utilizan el agua cada día. La buena noticia es que Andalucía cuenta con un ecosistema sectorial sólido, operadores con experiencia, proveedores innovadores y centros de investigación de referencia. El desafío es alinear estas capacidades para transformar la incertidumbre en oportunidad y realidad.

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