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La importancia del enfoque territorial en los proyectos de biogás-biometano

La viabilidad de los proyectos de biometano depende de conocer la disponibilidad real de biomasa, sus usos y costes, la gestión del digestato y las particularidades del territorio antes de definir la instalación
Autor/es
Isabel García Colmenero
José Antonio La Cal
Entidad
26-10-2026
Publicado en

Cuando se habla de bioenergía en general, y de producir biometano a partir de biogás en particular, es necesario tener en cuenta que, a diferencia de otras tecnologías como la solar o la eólica, en este caso es necesario disponer y gestionar el recurso, es decir, los diferentes tipos de biomasas que sirvan de materia prima para la planta. Y esta es, precisamente, la clave del éxito de este tipo de proyectos, más allá de la tecnología o la financiación, por ejemplo.

El recurso, o la receta como se denomina en este tipo de proyectos, es una mezcla de diferentes tipos de biomasa o sustratos, de origen agrícola, ganadero o agroindustrial fundamentalmente. Estos recursos, a veces residuos, a veces subproductos, tienen otros usos, conllevan unos costes y, en general, están sujetos o sometidos a unos condicionantes de tipo legal, administrativo, comercial, técnico, medioambiental, etc. Todo ellos conviene conocerlos al detalle antes de empezar a desarrollar cualquier proyecto de estas características. Además, son los que determinan el tamaño de la planta y su viabilidad técnico-económica, o sea, todo.

Por ello, es muy importante un buen enfoque, es decir, qué sustratos tengo en la zona donde pretendo instalar mi planta (cantidad, tipología, estacionalidad, usos alternativos, costes de eliminación o gestión o precios de mercado, etc.). Esto va a determinar el tamaño de mi planta y la tecnología a emplear, así como el precio del biometano obtenido.

Ahora bien, que un recurso exista en un territorio no significa necesariamente que esté disponible para el proyecto. Es necesario diferenciar entre recurso potencial y recurso realmente movilizable, descontando usos actuales, compromisos comerciales, estacionalidad, calidad, costes de acondicionamiento y transporte, y posibles restricciones normativas. También debe analizarse la logística: dónde se localiza el recurso, cuál es su grado de dispersión, qué distancias deben recorrerse, qué accesos existen y hasta qué radio de aprovisionamiento sigue siendo viable económica y ambientalmente. Una planta puede disponer de una gran cantidad de biomasa sobre el papel y, sin embargo, encontrarse con que una parte importante de ella no puede movilizarse en condiciones competitivas.

 


Que un recurso exista en un territorio no significa necesariamente que esté disponible para el proyecto

 

 

Si se trata de residuos agrícolas, se debe conocer qué se hace actualmente con ellos, cómo se gestionan y quién lo hace, qué normativa les aplica, qué puede depender de cada CCAA, etc. Si se trata por el contrario de un subproducto que ya tiene un mercado concreto, habrá que ver si se puede o no competir, qué precios se están pagando por él y qué perspectivas de futuro hay, cómo le afecta la normativa, etc.

 

La viabilidad también se juega fuera de la planta

El enfoque territorial tampoco termina en la entrada de materias primas a la planta. Hay que analizar con el mismo detalle la salida y la adecuada valorización y/o aprovechamiento de los productos obtenidos como consecuencia del proceso, especialmente el digestato, tanto de su fracción líquida como de la sólida. Su gestión puede condicionar decisivamente la viabilidad del proyecto: es necesario conocer qué superficie agrícola existe en el entorno, qué capacidad tiene para absorberlo, qué necesidades agronómicas presenta, qué limitaciones normativas pueden aplicarse y qué costes supone su almacenamiento, transporte y aplicación. De nuevo, la cercanía y el conocimiento del territorio son determinantes.

A ello se suma la dimensión social e institucional. Un proyecto de biogás o biometano no se implanta únicamente sobre un mapa, sino en un territorio en el que ya operan agricultores, ganaderos, industrias, gestores de residuos, administraciones y población local. Involucrar a estos actores desde las primeras fases permite conocer mejor la realidad del recurso, anticipar conflictos, identificar sinergias y mejorar la aceptación del proyecto. En muchos casos, contar con acuerdos estables y relaciones de confianza puede ser tan importante como disponer de una buena tecnología.

 


Contar con acuerdos estables y relaciones de confianza puede ser tan importante como disponer de una buena tecnología

 
 

En definitiva, son muchas circunstancias las que hay que tener en cuenta antes de empezar a hacer nada. Y este desenfoque es uno de los grandes problemas que están teniendo los proyectos de biometano actualmente en algunas zonas de España, donde los promotores han aterrizado en el territorio tratando de implementar sus soluciones sin tener en cuenta el ecosistema previo al que antes me he referido, sin considerar los usos alternativos existentes, las ubicaciones a pesar de cumplir con la normativa urbanística, las tipologías de sustratos a utilizar, etc., más guiados por la cantidad y las expectativas, que por la realidad concreta de cada proyecto, con sus especificaciones locales y territoriales.

Por tanto, el orden de desarrollo debería ser, en muchos casos, justamente el contrario al que a veces se plantea: no decidir primero qué planta se quiere construir y buscar después cómo alimentarla, sino estudiar primero el territorio en el que se quiere implantar, conocer qué recursos están realmente disponibles, cómo se gestionan actualmente y qué salidas existen para los productos obtenidos. A partir de ahí, podrán definirse con mayor rigor la capacidad de la planta, la tecnología, la ubicación y el modelo de negocio más adecuados. De este modo, la viabilidad de una planta de biometano empieza mucho antes de la planta: empieza en el territorio.

 


La viabilidad de una planta de biometano empieza mucho antes de la planta: empieza en el territorio

 

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