Sin industria competitiva no habrá economía circular real

La economía circular se ha situado en el centro de la transformación del sector textil europeo. Un cambio profundo que afecta a la forma de diseñar, producir, consumir, recuperar y reincorporar materiales al ciclo económico
22-07-2026
Publicado en

Un artículo de José Mº Mestres del Valle, Presidente del Consejo Intertextil Español

 


La economía circular se ha situado en el centro de la transformación del sector textil europeo. No es una tendencia pasajera ni una etiqueta amable para acompañar discursos de sostenibilidad. Es un cambio profundo que afecta a la forma de diseñar, producir, consumir, recuperar y reincorporar materiales al ciclo económico. Para la industria textil española, representa una oportunidad para reforzar su papel en Europa y avanzar hacia modelos productivos más eficientes y responsables. Pero también plantea una advertencia clara: sin una industria competitiva, viable y capaz de invertir, no habrá economía circular real.

 

Sin una industria competitiva, viable y capaz de invertir, no habrá economía circular real

 

La circularidad no se construye solo con nuevas obligaciones. Requiere empresas con capacidad financiera, tecnológica y organizativa para adaptar procesos, incorporar materias primas, mejorar la trazabilidad, rediseñar productos, reducir residuos, invertir en reciclaje y responder a una demanda exigente. Todo ello exige tiempo, recursos, conocimiento y seguridad jurídica.

El concepto de transición ecológica debe ser incorporado en todas las empresas que compiten en un mercado global en el que no todos los operadores cumplen las mismas reglas ni soportan los mismos costes.

 

La circularidad también necesita política industrial

El sector textil español ha demostrado, desde sus orígenes, una exitosa capacidad de adaptación. Ha superado procesos de liberalización comercial, crisis económicas, cambios en los hábitos de consumo, tensiones en las cadenas de suministro y una transformación tecnológica constante. Muchas empresas han hecho de la flexibilidad, la calidad, la innovación y la especialización sus principales fortalezas. Esta trayectoria permite mirar la economía circular con ambición, pero también con realismo. La industria sabe transformarse, pero necesita un entorno adecuado que acompañe esa transformación para que no le resulte una carrera de obstáculos.

Europa ha marcado una hoja de ruta muy exigente para el textil. La Estrategia Europea para los Textiles Sostenibles y Circulares, la futura responsabilidad ampliada del productor, el ecodiseño, el pasaporte digital de producto, las nuevas normas sobre residuos y la creciente presión regulatoria dibujan un escenario muy distinto al de hace pocos años. El objetivo es compartido: reducir el impacto ambiental, alargar la vida útil de los productos, favorecer la reutilización, impulsar el reciclaje y avanzar hacia una producción más sostenible. La cuestión es cómo hacerlo para que la transición refuerce la industria europea en lugar de debilitarla.

 

Si las exigencias regulatorias se traducen en más costes, trámites e incertidumbre para las empresas europeas, mientras una parte creciente del mercado se abastece con productos de terceros países sin garantías equivalentes, el resultado puede ser contrario al esperado

 

Una economía circular seria necesita preservar la capacidad productiva. Si las exigencias regulatorias se traducen en más costes, trámites e incertidumbre para las empresas europeas, mientras una parte creciente del mercado se abastece con productos de terceros países sin garantías equivalentes, el resultado puede ser contrario al esperado. Europa puede elevar sus estándares ambientales y sociales sobre el papel, pero si la producción se desplaza hacia zonas donde no se aplica el mismo rigor, simplemente habremos movido el problema de lugar y debilitado la base industrial que debe hacer posible la circularidad.

El textil no puede entenderse únicamente como un producto final que llega al consumidor. Detrás de cada prenda, tejido técnico, hilo, acabado o componente hay una cadena de valor compleja, formada en gran parte por pymes. Muchas trabajan con márgenes ajustados, compiten en mercados abiertos y deben incorporar de forma simultánea nuevas exigencias ambientales, digitales, laborales y administrativas. Pedirles que lideren la transición circular sin instrumentos adecuados de apoyo sería desconocer la realidad productiva del sector.

La implantación de las nuevas obligaciones requiere plazos razonables y una administración consciente de la realidad operativa de las empresas. No basta con fijar objetivos ambiciosos, si todavía no existen todas las condiciones materiales para cumplirlos. El futuro sistema colectivo de responsabilidad ampliada del productor, por ejemplo, deberá desplegarse en un contexto con precarias infraestructuras para la recogida selectiva de residuos textiles y en el que determinadas tecnologías deben consolidarse a escala industrial. La transición circular necesita normas, capacidad de ejecución, coordinación administrativa y herramientas preparadas para funcionar sobre el terreno.

En este punto, la innovación resulta determinante. La industria textil europea no parte de cero. Existen avances relevantes en nuevas fibras, reciclaje mecánico y químico, procesos con menor consumo de agua y energía, trazabilidad digital, clasificación de residuos textiles, diseño orientado a la durabilidad y modelos de producción más eficientes. España cuenta con empresas, centros tecnológicos y profesionales con conocimiento suficiente para desempeñar un papel destacado. Pero la innovación no se decreta: se financia, se prueba, se escala y se incorpora progresivamente a la actividad empresarial. Para que llegue al conjunto del sector, especialmente a las pymes, hacen falta programas de apoyo estables, ágiles y adaptados a la realidad industrial.

 

La innovación no se decreta: se financia, se prueba, se escala y se incorpora progresivamente a la actividad empresarial

 

 

Las mismas reglas para todos

También es imprescindible ordenar bien las responsabilidades. La economía circular implica a toda la cadena: productores, distribuidores, plataformas de venta, consumidores, gestores de residuos, administraciones y sistemas colectivos. No puede recaer únicamente en quienes fabrican o ponen producto en el mercado cumpliendo la normativa europea. Si se exige trazabilidad, información ambiental, criterios de diseño, gestión de residuos y contribuciones económicas, estas obligaciones deben aplicarse con el mismo rigor a todos los operadores que venden en Europa, sea cual sea su país de origen o canal de comercialización.

Este aspecto adquiere una importancia creciente con el auge del comercio electrónico y la entrada masiva de productos procedentes de terceros países. Las empresas europeas están sometidas a normas estrictas en materia ambiental, química, laboral, fiscal y de seguridad de producto. Sin embargo, una parte significativa de los artículos que llegan directamente al consumidor a través de plataformas digitales puede eludir controles equivalentes. Esta situación genera competencia desigual y dificulta la aplicación efectiva de la circularidad. No se trata de levantar barreras ni de cerrar mercados, sino de garantizar que todos compiten bajo las mismas condiciones. La sostenibilidad también necesita controles efectivos.

 

No se trata de levantar barreras ni de cerrar mercados, sino de garantizar que todos compiten bajo las mismas condiciones. La sostenibilidad también necesita controles efectivos

 

Las aduanas y los mecanismos de vigilancia de mercado tienen un papel fundamental. Si Europa exige a sus empresas un esfuerzo creciente para cumplir normas ambientales y de seguridad, debe asegurar que los productos importados respetan esos requisitos. De lo contrario, se penaliza a quienes invierten para cumplir y se permite la entrada de productos que pueden no responder a las mismas garantías. Una economía circular justa requiere reglas claras y capacidad real para verificar su cumplimiento. La confianza del consumidor, la protección ambiental y la competitividad industrial dependen de ello.

El debate sobre la circularidad debe incorporar una reflexión sobre el valor de los productos. Durante años, una parte del mercado ha avanzado hacia dinámicas de consumo aceleradas, precios extremadamente bajos y ciclos de vida muy cortos. Este modelo es difícilmente compatible con una economía circular. Diseñar productos duraderos, reparables, reciclables y trazables tiene un coste. Recuperar materiales, clasificarlos, tratarlos y reincorporarlos a nuevos procesos productivos también lo tiene. La sostenibilidad no puede basarse en una lógica de usar y desechar a precios que no reflejan los costes reales.

La industria textil española puede contribuir a este cambio cultural y productivo. Su proximidad al mercado, su conocimiento técnico, su especialización y su vinculación con cadenas de valor europeas son activos importantes. La circularidad puede abrir oportunidades en textiles técnicos, reutilización de fibras, materiales reciclados, producción de proximidad, trazabilidad digital y colaboración entre sectores. Pero para que estas oportunidades se consoliden, la transición debe situar a la empresa en el centro, no como destinataria pasiva de obligaciones, sino como agente imprescindible para hacerlas realidad.

Las administraciones públicas tienen la responsabilidad de construir un marco regulador proporcional, aplicable y coordinado. La superposición de normas, la falta de armonización entre Estados miembros o las cargas administrativas excesivas pueden generar inseguridad y frenar inversiones. La economía circular necesita objetivos ambiciosos, procedimientos claros, plazos realistas y mecanismos de apoyo que permitan cumplir sin perder competitividad. La buena regulación no es la que más exige, sino la que transforma la realidad sin destruir capacidad productiva por el camino.

 

La buena regulación no es la que más exige, sino la que transforma la realidad sin destruir capacidad productiva por el camino

 

En este proceso, la colaboración público-privada será decisiva. Organizaciones empresariales, centros tecnológicos, administraciones, sistemas de gestión de residuos y empresas deben trabajar de forma coordinada. El conocimiento sectorial es esencial para evitar soluciones teóricas difíciles de aplicar en la práctica. La industria puede aportar experiencia, datos y una visión concreta sobre los retos técnicos y económicos de la circularidad. Escuchar esa realidad no significa rebajar la ambición ambiental. Significa aumentar las posibilidades de éxito.

La economía circular no debe plantearse como una carga adicional para el textil, sino como una estrategia para reforzar la industria europea y española. Para que eso ocurra, debe ir acompañada de políticas industriales, financiación, innovación, control efectivo del mercado y defensa de la igualdad de condiciones. Europa no puede pedir a sus empresas que lideren la transición mientras permite que compitan con productos que no acreditan los mismos estándares. Tampoco puede construir circularidad si pierde empresas, capacidades productivas y conocimiento industrial.

El sector textil ha demostrado siempre su disposición a avanzar. Hoy muchas empresas son punteras con inversiones, proyectos de innovación y cambios progresivos en sus modelos de producción. Pero la transición será viable si sostenibilidad y competitividad se refuerzan mutuamente. La industria que queremos para el futuro deberá ser más circular, innovadora y responsable. Pero, ante todo, debe seguir siendo industria. Sin empresas capaces de producir, invertir y competir, la economía circular quedará reducida a una aspiración bienintencionada.

 

Sin empresas capaces de producir, invertir y competir, la economía circular quedará reducida a una aspiración bienintencionada

 

España y Europa no pueden permitirse que una oportunidad estratégica acabe convertida en una nueva pérdida de capacidad industrial.

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