Beneficios medioambientales de la economía circular en Europa, bajo lupa
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Europa se encuentra en una encrucijada. En las dos últimas décadas ha avanzado de forma discreta en el uso más eficiente de los materiales: menor dependencia de combustibles fósiles, cierta estabilización del consumo de biomasa y un incremento sostenido del reciclaje. Sin embargo, el desafío que la Unión Europea asumió en 2020 con el Plan de Acción de Economía Circular (CEAP) es de otra magnitud: duplicar en una década la tasa de uso circular de materiales (CMUR), el indicador que mide qué parte de los recursos procede de flujos secundarios —reciclados, reintroducidos— en lugar de extraerse vírgenes.
En este escenario, la economía circular ha dejado de ser una propuesta técnica y se ha convertido en un pilar estratégico de la transición ecológica europea. No es solo una opción: es una necesidad frente a la triple crisis planetaria —cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación—. Pero persiste una pregunta central: ¿cómo medir con rigor el impacto real de la circularidad sobre estos desafíos?
Con esa cuestión como punto de partida, el Centro Temático Europeo sobre Economía Circular y Uso de Recursos (ETC CE), junto con la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), ha iniciado un programa plurianual para construir metodologías capaces de cuantificar los beneficios ambientales de la circularidad. Su primer resultado es el informe “Medición de los beneficios medioambientales de la economía circular” (febrero), que toma como caso la CMUR y evalúa si el objetivo del CEAP es alcanzable.
El estudio no se limita a proyectar números: plantea tres escenarios con ambición creciente —descarbonización, reciclaje intensivo y reducción del consumo total de materiales— para responder a dos preguntas: si Europa puede duplicar su CMUR en 2030 y qué implicaciones tendría para el clima, la calidad del aire y la biodiversidad. Este reportaje sintetiza sus hallazgos y explora los límites y riesgos de una circularidad que, aunque imprescindible, no está exenta de sombras.
Modelización de escenarios de circularidad
Europa tiene una década para duplicar su tasa de uso circular de materiales. El informe propone tres caminos que, combinados, delimitan lo posible.
La era post-fósil
Imaginemos un continente que reduce en un tercio su dependencia de carbón, gas y petróleo de aquí a 2030.
El primer escenario plantea una eliminación progresiva de los combustibles fósiles, con una reducción del 34% de aquí a 2030. Su aporte a la circularidad es limitado: la CMUR apenas pasaría del 11,6% al 12,2%, porque los fósiles representan una fracción relativamente pequeña del consumo total de materiales.
Su valor está en otro lugar: la descarbonización es decisiva para frenar la crisis climática y la contaminación atmosférica. El informe estima una reducción del 18% en emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 2020 y una caída del 14% en contaminación del aire. La conclusión es contundente: sin descarbonización del sistema energético, no puede darse una transición circular efectiva.
Reciclar como nunca antes
Imaginemos un continente que devuelve 7 de cada 10 materiales a su ciclo productivo.
El segundo escenario eleva las tasas de reciclaje del 40% al 69% en 2030, incorporando unos 600 millones de toneladas adicionales al ciclo productivo. Aquí el salto del indicador sí es notable: la CMUR alcanzaría el 21%.
Pero el informe advierte que más reciclaje no implica automáticamente grandes beneficios ambientales. Reciclar grandes volúmenes de escombros, suelos o áridos incrementa el indicador, pero tiene efectos limitados en CO₂ o biodiversidad. El margen de mejora cuantitativa está en los minerales no metálicos, consumidos en volúmenes gigantescos, pero con una huella ambiental relativamente baja por tonelada. Por el contrario, los materiales de mayor impacto —metales y biomasa— ya presentan niveles de reciclaje altos, lo que restringe el potencial de mejora adicional. En síntesis: aumentar la CMUR no garantiza una reducción proporcional de impactos.
Consumir menos, consumir mejor
Imaginemos un continente que ahorra 1,6 gigatoneladas de recursos en una sola década.
El tercer escenario, el más ambicioso, propone recortar un 12,3% adicional el consumo de materiales, logrando una reducción del 26% respecto a 2020. Solo con este esfuerzo la CMUR podría llegar al 23,2% y cumplir el objetivo de duplicación.
Además, este enfoque genera beneficios cruzados: menos emisiones, menos polución atmosférica y una reducción de hasta el 23% en la pérdida de biodiversidad si el recorte se concentra en biomasa agrícola. Aquí el informe introduce una idea clave: no basta con reducir “materiales” en abstracto; importa qué materiales se priorizan. Reducir minerales no metálicos eleva el indicador, pero su efecto ambiental es menor; actuar sobre la biomasa ofrece alto potencial en biodiversidad; y mejorar el uso de metales puede aliviar presiones sobre el clima, la contaminación y el agotamiento de recursos.

Lecciones estratégicas de la transición
El informe deja una primera lección: los escenarios no compiten, se complementan. Ninguna palanca por sí sola —descarbonización, reciclaje intensivo o eficiencia material— garantiza duplicar la circularidad. Solo una combinación ambiciosa, actuando en oferta y demanda y con una estrategia clara de materiales prioritarios, puede acercar a la UE a la meta.
La segunda lección es metodológica y política: elevar la CMUR no equivale a lograr beneficios ambientales de igual magnitud. El indicador sirve para monitorizar avances, pero no distingue entre materiales con impactos distintos sobre clima, biodiversidad o salud humana. Por eso el informe insiste en concentrar esfuerzos donde el retorno ambiental es mayor: biomasa para frenar degradación de ecosistemas, metales para recortar emisiones y contaminación, y minerales no metálicos como palanca cuantitativa del indicador, aunque con menor efecto ambiental por tonelada.
La tercera lección es cultural y económica: los cambios en el consumo son tan necesarios como los cambios en la producción. Sin transformaciones en diseño, uso y descarte, la circularidad puede quedarse en un ejercicio contable. De ahí el énfasis en sectores estratégicos —alimentación, vivienda y construcción, movilidad— para modificar la demanda y abrir espacio a la suficiencia: vivir con menos materiales, de forma más eficiente y compartida.
Límites y riesgos de la economía circular
El informe advierte de que la economía circular no es una panacea. Existen límites físicos, técnicos y sociales que condicionan sus beneficios, además de incertidumbres metodológicas y expectativas infladas.
El primer límite es técnico: la “reciclabilidad perfecta” no existe. Muchos materiales pierden calidad o pureza con cada ciclo y el escenario de reciclaje mejorado asume una sustitución 1:1 entre materiales secundarios y primarios que rara vez se cumple. Esto puede sobrestimar beneficios porque parte del material reciclado no se convierte en nuevo material y, además, los procesos de reciclaje requieren energía e insumos químicos y generan emisiones.
El segundo límite son los efectos rebote. La mejora de eficiencia reduce costes y puede impulsar mayor consumo agregado, neutralizando parte del beneficio ambiental. El informe reconoce que los modelos no capturan completamente este fenómeno, por lo que los beneficios reales podrían ser menores.
El tercer límite es de medición: la CMUR es un indicador parcial. Un aumento puede provenir de materiales de baja huella ambiental, como los minerales no metálicos, y no traducirse en mejoras significativas en clima o biodiversidad.
Un cuarto límite aparece con la biomasa: reducirla puede generar los mayores beneficios ambientales, especialmente en biodiversidad, pero existe un umbral asociado a la seguridad alimentaria. Dietas más sostenibles, reducción del desperdicio y agricultura regenerativa ofrecen vías de avance, aunque con incertidumbres científicas y sociales.
Por último, el informe alerta de riesgos geopolíticos y sociales: la electrificación y las renovables aumentarán la demanda de metales críticos, desplazando impactos a otras regiones y creando nuevas dependencias. Sin criterios de justicia global, la circularidad europea podría exportar contaminación y desigualdades al Sur Global.
Europa ante el desafío: conclusiones y retos
El diagnóstico final es claro: Europa está fuera de rumbo para cumplir el objetivo de 2030. Los avances desde 2020 han sido prácticamente nulos y las políticas actuales no bastan. Aun así, el informe ofrece un marco de salida: existen vías para reducir consumo de recursos e impactos si se actúa de manera decidida y coordinada.
Primero, eliminar combustibles fósiles es ineludible para clima y aire, aunque aporte poco al indicador de circularidad. Segundo, mejorar el reciclaje es imprescindible para asegurar recursos, pero su margen adicional de beneficios ambientales es limitado, porque metales y biomasa ya tienen tasas altas y la mejora cuantitativa se concentra en minerales no metálicos.
La conclusión decisiva es que duplicar la CMUR exige reducir el consumo total de materiales y orientar la economía hacia la suficiencia: alargar la vida útil de edificios e infraestructuras, repensar el diseño de productos, fomentar dietas sostenibles y promover modelos de consumo colaborativo
El propio estudio reconoce sus límites: se necesitan metodologías más precisas e indicadores más finos que la CMUR, capaces de diferenciar impactos por material e integrar mejor la calidad del reciclaje. Pese a ello, el trabajo marca un paso decisivo: sienta bases para medir con mayor realismo los beneficios ambientales de la economía circular y ofrece una brújula para orientar políticas. La conclusión de fondo es inequívoca: duplicar la circularidad es posible, pero no automático. Requiere voluntad política, innovación empresarial y, sobre todo, un cambio profundo en los patrones de consumo para que la circularidad cumpla su promesa frente a la triple crisis planetaria.

