Durante décadas, buena parte de las infraestructuras hidráulicas europeas se han diseñado bajo una premisa relativamente estable: que las condiciones hidrológicas del pasado podían servir como referencia para anticipar las necesidades del futuro. Sin embargo, la intensificación de las sequías, las inundaciones y los episodios de precipitaciones extremas está cuestionando esa lógica.
A este cambio se suma otro problema de carácter estructural: una parte significativa de las redes de abastecimiento, saneamiento y protección frente a inundaciones fue construida hace décadas y presenta necesidades crecientes de renovación y mantenimiento.
Esta combinación constituye el punto de partida del informe Engineering the Resilience and Sustainable Development of the European Water Infrastructure, elaborado por el Comité de Tendencias Futuras de la Federación Europea de Asociaciones de Consultores de Ingeniería (EFCA) en colaboración con la Universidad de Marburgo.
El documento analiza las principales vulnerabilidades del sector y plantea una conclusión que va más allá de la adaptación climática: Europa dispone de numerosas soluciones técnicas para mejorar la resiliencia hídrica, pero su implantación depende de decisiones sobre inversión, regulación y gobernanza que todavía presentan importantes limitaciones.
La escasez hídrica ya no es un problema exclusivo del sur de Europa
La presión sobre los recursos hídricos europeos presenta importantes diferencias territoriales, pero está dejando de concentrarse exclusivamente en las regiones tradicionalmente más secas.
Según los datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente recogidos en el informe, en 2023 el 32 % de la población de la Unión Europea y el 28 % de su territorio estuvieron afectados por condiciones de escasez de agua durante al menos un trimestre del año.
En 2023, el 32 % de la población de la UE estuvo expuesta a condiciones de escasez de agua durante al menos un trimestre del año.
La comparación con el año 2000 permite apreciar un cambio desigual: entonces, la escasez afectaba al 30 % de la población y al 29 % del territorio. Por tanto, el indicador refleja un ligero aumento de la población expuesta, pero no un crecimiento equivalente de la superficie afectada.
La situación también varía notablemente entre países. En el tercer trimestre de 2023, el índice de explotación hídrica WEI+ alcanzó el 92,1 % en Chipre, el 66,7 % en Malta y el 37,4 % en Grecia. Portugal registró un 30,7 %, Italia un 27,2 % y España un 26,5 %.
Este indicador relaciona el consumo de agua con los recursos renovables disponibles e identifica situaciones de presión sobre el recurso. Los valores corresponden al trimestre de mayor estrés hídrico de cada país, no a su media anual.

Los datos reflejan la especial vulnerabilidad mediterránea, pero el informe señala que también están apareciendo episodios de escasez temporal en regiones históricamente más húmedas, impulsados por la variabilidad climática y el crecimiento de determinadas demandas urbanas, industriales y energéticas.
Por tanto, el desafío europeo consiste en, más allá de gestionar una menor disponibilidad de agua en determinados territorios, adaptar sistemas muy diferentes a condiciones hidrológicas cada vez más variables.
El agua que se pierde antes de llegar al consumidor
La disponibilidad de recursos es una parte del problema; la otra tiene que ver con la eficiencia de las infraestructuras existentes.
El informe recoge una estimación según la cual más del 30 % del agua captada en Europa se pierde antes de llegar a los usuarios finales, una cifra que la EFCA utiliza para ilustrar la magnitud de las ineficiencias en los sistemas de distribución.
Conviene interpretar este porcentaje como una estimación agregada citada por el documento, no como una tasa homogénea y directamente comparable para todas las redes europeas. Las pérdidas varían de forma considerable entre países y operadores, en función de la antigüedad de las instalaciones, su mantenimiento y los sistemas de control disponibles.
La EFCA recoge una estimación según la cual más del 30 % del agua captada en Europa se pierde antes de llegar a los usuarios finales.
Su importancia sí que va más allá del volumen desperdiciado: cada metro cúbico que se pierde representa también recursos empleados en su captación, tratamiento, bombeo y transporte.
Ante la mayor presión sobre las fuentes de suministro, reducir las fugas puede aumentar la disponibilidad efectiva de agua sin necesidad de incrementar las extracciones. La EFCA plantea por ello que la reducción de pérdidas deje de abordarse únicamente como una cuestión de eficiencia operativa y pase a considerarse una prioridad estratégica de resiliencia.

Este cambio de enfoque tiene implicaciones para la inversión. Frente a actuaciones orientadas exclusivamente a ampliar la capacidad de suministro, la renovación de redes, la sectorización, el control de presiones y la detección temprana de fugas pueden contribuir a mejorar el aprovechamiento de los recursos disponibles.
De detectar las fugas a anticiparse a los problemas
La digitalización aparece en el informe como una de las herramientas con mayor potencial para transformar la gestión de las infraestructuras existentes.
Los contadores inteligentes, sensores de presión y caudal, sistemas SCADA y gemelos digitales permiten disponer de información más detallada sobre el funcionamiento de las redes y detectar anomalías antes de que se conviertan en averías de mayor alcance.
La EFCA recoge el caso de Kozani, una ciudad griega de aproximadamente 60.000 habitantes, cuya empresa municipal de agua implantó un gemelo digital de la red de distribución, acompañado de sensores y sistemas de monitorización en tiempo real.
Un proyecto de digitalización en Grecia redujo un 50 % el tiempo de detección de nuevas fugas y un 40 % el trabajo dedicado a gestionar las presiones de la red.
Según los resultados, el tiempo necesario para detectar nuevas fugas no notificadas se redujo aproximadamente un 50 %, mientras que el tiempo de trabajo dedicado a la gestión de presiones disminuyó un 40 %.
La intervención también permitió reducir un 20 % los caudales circulantes por la red, un resultado que el estudio relaciona con una disminución de las pérdidas reales.
Aunque se trata de un caso particular y sus resultados no pueden extrapolarse automáticamente a otros sistemas, ilustra el potencial de pasar de un mantenimiento predominantemente reactivo a una gestión basada en información continua.
El documento advierte, no obstante, de que la tecnología no constituye por sí sola una solución. Su despliegue depende de la interoperabilidad de los sistemas, la disponibilidad de datos, la capacidad técnica de los operadores y unos marcos regulatorios que faciliten el uso de herramientas de monitorización avanzada.
Infraestructuras diseñadas para un clima que está cambiando
La adaptación de las redes de abastecimiento no es el único reto. Los sistemas de drenaje y protección frente a inundaciones también se enfrentan a condiciones diferentes de aquellas para las que fueron concebidos.
Según los datos recopilados por la EFCA, las inundaciones representaron aproximadamente el 43 % de los desastres naturales registrados en Europa entre 1998 y 2020.
El informe señala que alrededor de un centenar de grandes episodios de inundación provocaron unas 700 víctimas mortales, el desplazamiento de aproximadamente 500.000 personas y pérdidas económicas cercanas a los 280.000 millones de euros, según la fuente secundaria citada. Esta última cifra debe tratarse con cautela antes de publicarla, porque el documento la describe como pérdidas aseguradas y convendría contrastar ese alcance con la estadística original.
La EFCA advierte de que los datos históricos ya no son suficientes para diseñar infraestructuras capaces de responder a escenarios climáticos futuros.
Más allá del impacto económico, estos episodios ponen de manifiesto las limitaciones de unas infraestructuras diseñadas a partir de series históricas que pueden resultar insuficientes para anticipar nuevos escenarios.
La EFCA propone avanzar hacia una planificación que incorpore distintos escenarios climáticos, análisis de sensibilidad y soluciones adaptables a lo largo del tiempo.

Esto implica también reconsiderar cómo se gestiona el agua en las ciudades.
El informe destaca el caso de Copenhague, donde las inundaciones de julio de 2011, tras registrarse cerca de 100 milímetros de lluvia en una hora, impulsaron una transformación de la estrategia de drenaje urbano.
En lugar de confiar exclusivamente en ampliar la capacidad del alcantarillado, la ciudad desarrolló un modelo que combina parques inundables, espacios de retención, canales abiertos y calles capaces de conducir temporalmente el agua durante episodios extremos, apoyados cuando es necesario por infraestructuras subterráneas.
El ejemplo refleja una de las principales recomendaciones de la EFCA: combinar infraestructuras convencionales con soluciones basadas en la naturaleza, de manera que la protección hidráulica incorpore también capacidad de infiltración, retención y adaptación.
El verdadero reto: cambiar cómo se planifican las inversiones
La principal conclusión del informe es que la resiliencia de las infraestructuras hídricas europeas no puede depender únicamente de incorporar nuevas tecnologías o construir más instalaciones.
El informe propone sustituir los criterios centrados en el coste inicial por una evaluación de las infraestructuras basada en su rendimiento durante toda la vida útil.
La EFCA identifica obstáculos que afectan a todo el ciclo de planificación: infraestructuras envejecidas, inversiones insuficientes, responsabilidades administrativas fragmentadas y criterios de contratación que siguen otorgando un peso excesivo al coste inicial.
Frente a este modelo, la organización propone evaluar las inversiones según su valor durante toda la vida útil, incorporando costes de mantenimiento, capacidad de adaptación, eficiencia y fiabilidad a largo plazo.
También reclama una mayor coordinación entre la planificación hidrológica, la ordenación territorial y las estrategias de adaptación climática, así como una modernización regulatoria que facilite la gestión digital de las redes.
El mensaje de fondo es especialmente relevante para un sector que afronta simultáneamente necesidades de renovación, nuevas obligaciones ambientales y una creciente exposición a fenómenos extremos.
La resiliencia hídrica no consiste solo en disponer de infraestructuras capaces de resistir una sequía o una inundación, sino en desarrollar sistemas que puedan seguir funcionando cuando cambian las condiciones para las que fueron diseñados.
Y esa transformación exige actuar tanto sobre las instalaciones como sobre los mecanismos que determinan cuándo, dónde y cómo se invierte en ellas.

