“Extraer sistemáticamente por encima de la tasa de renovación natural puede precipitar el colapso funcional de los sistemas hídricos”
- 47 lecturas
- 47 lecturas
La “bancarrota hídrica global” se ha convertido en uno de los conceptos más contundentes utilizados recientemente por Naciones Unidas para describir la magnitud de la crisis del agua. Más allá del habitual “estrés hídrico”, esta expresión apunta a un escenario en el que las extracciones, la degradación de los ecosistemas acuáticos y el aumento de la variabilidad climática están llevando a muchas regiones del planeta a operar al límite de su capacidad de regeneración.
Así, en el escenario en el que nos encontramos, con sequías más prolongadas, acuíferos sobreexplotados y tensiones crecientes entre usos, el debate sobre la seguridad hídrica y la resiliencia de los sistemas de agua ocupa un lugar cada vez más central en la agenda global.
En este marco, conversamos con Manuel Pulido, director del Instituto de Ingeniería del Agua y Medio Ambiente (IIAMA) de la Universitat Politécnica de Valencia, una de las voces de referencia en planificación hidrológica, gobernanza del agua y adaptación al cambio climático. A lo largo de esta entrevista, Pulido profundiza en el significado real de la “bancarrota hídrica”, sus evidencias técnicas, las implicaciones para España y el sur de Europa, y los cambios estructurales necesarios -en agricultura, planificación y políticas públicas- para avanzar hacia un modelo de gestión más sostenible, equitativo y preparado para los retos de la próxima década.
Recientemente, Naciones Unidas ha utilizado el término de “bancarrota hídrica global”, un concepto más contundente que el habitual “estrés hídrico”. Podría decirnos, ¿qué significa exactamente este término? ¿Considera que marca un punto de inflexión en la forma de entender la crisis del agua?
Es una metáfora económica aplicada al agua: significa que estamos viviendo “a crédito”, agotando acuíferos, degradando ríos y humedales, y reduciendo la resiliencia de los ecosistemas al consumir un capital natural más allá de los recursos renovables que genera el ciclo del agua. Estamos utilizando el agua a un ritmo y con un nivel de degradación que en ocasiones supera la capacidad de regeneración de los sistemas hídricos.
Se trata de un concepto recientemente popularizado por el profesor Kaveh Madani en una publicación científica y un informe de Naciones Unidas. Más que un concepto técnico, es una “metáfora” muy potente desde el punto de vista comunicativo, con la que Naciones Unidas busca transmitir la urgencia, la responsabilidad y el riesgo sistémico de un deterioro irreversible de nuestras masas de agua. En muchos casos ya no se trata solo de impactos de sequías o de situaciones de estrés hídrico, sino de fallos profundos en la gestión y la gobernanza del agua que pueden tener consecuencias irreversibles.
En este sentido, el concepto resulta muy útil para sacar el agua del debate técnico y que se impulse la concienciación social y su priorización en la agenda política. El verdadero punto de inflexión, sin embargo, no será el cambio de lenguaje, sino el cambio en las decisiones.
“La ‘bancarrota hídrica’ significa que estamos viviendo a crédito: agotando acuíferos y degradando ríos al consumir un capital natural más allá de lo que el ciclo del agua puede regenerar”
Más allá del concepto, ¿qué evidencias técnicas o indicadores hidrológicos le llevan a afirmar que esta bancarrota hídrica ya es una realidad en muchas regiones del mundo y no solo una proyección de futuro? ¿Qué señales deberían preocupar especialmente a los agentes responsables de la gestión del agua?
Como comentaba, más que un término técnico ligado a indicadores y umbrales precisos, es un término potente para comunicar la urgencia de tomar medidas frente al deterioro y la profunda degradación de las masas de agua y de los ecosistemas asociados en muchos lugares del mundo.
La definición formal hace referencia a la situación en la que las extracciones humanas medias a largo plazo de aguas superficiales y subterráneas (las cuentas corrientes y de ahorro del sistema) superan las entradas renovables de agua dulce y los límites seguros de agotamiento de las reservas estratégicas. El agotamiento y la degradación resultantes del capital natural relacionado con el agua provocan daños parcialmente irreversibles en escalas temporales relevantes para la sociedad, de modo que los niveles históricos de suministro de agua y de funcionamiento de los ecosistemas no pueden restaurarse sin costes sociales, económicos o ambientales desproporcionados.
En este sentido, la afirmación de que la “bancarrota hídrica” ya es una realidad en muchas regiones se basa en evidencias hidrológicas observadas, no solo en proyecciones climáticas. Entre las señales más claras están el déficit hídrico crónico, la minería de las aguas subterráneas más allá de la recarga, lo que conlleva un descenso persistente de los niveles piezométricos y la pérdida de almacenamiento en acuíferos, el secado documentado de lagos y humedales, la pérdida de ríos permanentes, la subsidencia generalizada por compactación de acuíferos, la desertificación o la pérdida de biodiversidad. A todo esto se suma la degradación de la calidad del agua, por ejemplo por salinización y por contaminación puntual y difusa, lo que reduce la funcionalidad del recurso incluso cuando existe disponibilidad física.
“Esta “Bancarrota Hídrica” ya es una realidad en muchas regiones y se basa en evidencias hidrológicas observadas: déficit hídrico crónico, descenso persistente de niveles piezométricos, secado de lagos y humedales…”
En ese contexto, ¿qué peso relativo tienen los factores estructurales, como el modelo de desarrollo o la sobreexplotación histórica, frente al impacto acelerador del cambio climático en la degradación de los recursos hídricos?
Factores estructurales como el modelo de desarrollo, la intensificación agrícola, la expansión urbana, y la sobreexplotación histórica de acuíferos y la alteración de ríos tienen un peso determinante en el origen de la degradación hídrica. Son los que han generado el déficit acumulado: la extracción sistemática del recurso por encima de su tasa de renovación natural provoca la pérdida del almacenamiento natural y la reducción de los caudales necesarios para el mantenimiento de los procesos naturales, de la biodiversidad y de los diversos servicios ecosistémicos que presta a la sociedad.
En muchas cuencas, la pérdida de resiliencia ya estaba en marcha antes de que el cambio climático intensificara las presiones. El cambio climático actúa principalmente como acelerador y amplificador de esas vulnerabilidades preexistentes. Incrementa la variabilidad, intensifica sequías y eventos extremos, reduce la nieve almacenada y modifica los patrones de escorrentía y recarga, pero sus impactos son mucho más severos en sistemas previamente sobreexplotados. En otras palabras, el clima no explica por sí solo la “bancarrota hídrica”. Allí donde el sistema estaba equilibrado, el cambio climático genera tensión; donde ya existía déficit estructural, puede precipitar el colapso funcional.
Para la gestión, esto implica que la adaptación climática no puede limitarse a infraestructuras o medidas reactivas: requiere revisar los modelos de asignación y uso del agua, aplicar medidas de gestión de la demanda, recuperar márgenes de seguridad hidrológica y reconstruir el capital natural. Sin corregir el componente estructural, el cambio climático seguirá actuando como multiplicador del riesgo.
“El cambio climático actúa como acelerador de vulnerabilidades preexistentes: no explica por sí solo la ‘bancarrota hídrica’, pero donde ya existe déficit estructural puede precipitar el colapso funcional”
Si aterrizamos este análisis en el sur de Europa, una de las regiones señaladas como especialmente vulnerable, ¿diría que estamos más cerca de una situación de bancarrota hídrica que otras zonas del continente?
Sin duda, el sur de Europa está más cerca de escenarios de “bancarrota hídrica” que otras regiones del continente, aunque con diferencias importantes entre cuencas. El Mediterráneo europeo combina varios factores de riesgo: alta variabilidad climática natural, fuerte presión agrícola y turística, elevada regulación fluvial y acuíferos históricamente sobreexplotados.
En varias cuencas de España, Italia o Grecia se observan señales claras: descensos piezométricos persistentes, reducción de las aportaciones medias, o disminución de caudales mínimos y aumento de la intermitencia en los ríos. En muchas cuencas hay una creciente dependencia de recursos no convencionales, como la desalación o la reutilización, para satisfacer demandas estructurales.
Además, el cambio climático está reduciendo la fiabilidad de las aportaciones y acortando los periodos de recuperación tras sequías. El sur de Europa no está necesariamente “en bancarrota” en todos sus sistemas, pero sí presenta condiciones estructurales que lo sitúan más cerca de un posible umbral crítico, especialmente en cuencas con déficit histórico y elevada sobreasignación de recursos.
“El sur de Europa está más cerca de escenarios de ‘bancarrota hídrica’ que otras regiones del continente, aunque con diferencias importantes entre cuencas”
En el caso concreto de España, donde confluyen presión agrícola, crecimiento urbano y episodios de sequía cada vez más intensos, ¿existen ya cuencas o sistemas hídricos que muestren síntomas claros de haber cruzado umbrales críticos de sostenibilidad?
En España no puede hablarse de una bancarrota hídrica generalizada, pero sí existen cuencas y sistemas específicos que muestran síntomas claros de tensión estructural y pérdida de resiliencia. En demarcaciones como las de Segura, Guadalquivir, Júcar o en las Cuencas Mediterráneas Andaluzas, por ejemplo, se observan descensos persistentes de acuíferos (con extracciones que han superado durante décadas la recarga natural), sobreasignación histórica de recursos y reducción significativa de aportaciones naturales.
En algunos de estos sistemas hay una creciente dependencia de trasvases, desalación o reutilización para satisfacer las demandas agrícolas y urbanas. El problema no es solo la sequía reciente, sino la acumulación de déficit estructural en sistemas que ya operaban con márgenes muy reducidos antes del cambio climático. La combinación de presión agrícola intensiva, crecimiento urbano y mayor variabilidad climática ha reducido la capacidad de recuperación tras episodios secos.
“En demarcaciones como Segura, Guadalquivir o Júcar se observan descensos persistentes de acuíferos, sobreasignación histórica de recursos y una creciente dependencia de trasvases, desalación o reutilización”
Tradicionalmente, la gestión del agua ha estado muy orientada a la respuesta a la escasez, más que a la prevención de límites estructurales. En un escenario de bancarrota hídrica, ¿qué cambios profundos deberían introducirse en la planificación hidrológica y en los modelos de asignación del recurso?
El primer cambio profundo es reconocer explícitamente los límites: la planificación debe asumir con transparencia los márgenes de operación del sistema. En un proyecto europeo en el que participo, SOS-Water (Horizonte Europa, www.sos-water.eu), estamos trabajando en la definición del “espacio seguro de operación” en sistemas de recursos hídricos.
Hay que pasar de gestionar episodios de escasez a gestionar límites estructurales. Eso exige que la planificación hidrológica se base en balances realistas bajo clima no estacionario: actualizar series y supuestos, trabajar con escenarios y márgenes de seguridad, y convertir restricciones como caudales ecológicos, límites de extracción y umbrales de almacenamiento (embalses y acuíferos) en condiciones vinculantes.
Es necesario abandonar la lógica de expansión continua de la oferta y priorizar la reducción de la demanda y la reasignación. Se debe rediseñar la asignación mediante reglas claras, precios, regulación y acuerdos negociados que prioricen los usos esenciales y la protección de los ecosistemas críticos. Se requiere una auditoría y ajuste de la sobreasignación (concesiones, usos consuetudinarios y expectativas implícitas), reglas transparentes de reparto en escasez, y un control efectivo de extracciones (medición, trazabilidad y cumplimiento).
El capital natural (acuíferos, humedales, ríos permanentes, suelos) debe considerarse el activo principal que no puede seguir deteriorándose, porque cada pérdida reduce la resiliencia futura. En síntesis: menos respuesta reactiva y más gobernanza preventiva, basada en límites, riesgo y restauración de la resiliencia.
“El primer cambio profundo que se debe hacer es reconocer explícitamente los límites: la planificación debe asumir con transparencia los márgenes de operación del sistema”
Uno de los sectores clave es la agricultura, responsable de la mayor parte de la demanda de agua. Desde una visión técnica y realista, ¿qué transformaciones son imprescindibles en los sistemas de regadío y en la política agraria para alinearlos con la disponibilidad real de agua?
La transformación requerida en el regadío no es solo tecnológica, sino estructural: ajustar el sistema productivo a la disponibilidad hídrica real y no al revés.
En primer lugar, es necesario alinear la superficie regada y los cultivos con los recursos renovables disponibles, revisando concesiones y evitando ampliaciones estructurales en cuencas deficitarias. La modernización del riego (goteo o aspersión, digitalización, sensores) es positiva, pero no puede convertirse en una “paradoja de eficiencia” que permita expandir superficies o intensificar cultivos más demandantes. La eficiencia debe traducirse en reducción neta de extracciones, no en aumento de producción con el mismo volumen total. Esto implica fijar límites volumétricos estrictos, medición y control efectivos, y planes de reducción progresiva en acuíferos sobreexplotados.
En segundo lugar, la política agraria debe incorporar el agua como condicionante estructural, no como insumo garantizado. Eso significa revisar incentivos: orientar ayudas hacia cultivos menos intensivos en agua en zonas áridas, fomentar la diversificación productiva y apoyar transiciones en territorios donde ciertos modelos ya no son viables hidrológicamente. También requiere instrumentos económicos —tarifas volumétricas reales, señales de precio coherentes— y acuerdos de reasignación negociada que prioricen la seguridad alimentaria estratégica sin perpetuar déficits crónicos.
En síntesis, la transformación clave es pasar de un modelo basado en maximizar superficie y producción a uno basado en resiliencia hídrica, donde la agricultura se adapte a los límites del sistema y no dependa de recursos extraordinarios permanentes para sostenerse.
“La modernización del riego es positiva, pero la eficiencia debe traducirse en reducción neta de extracciones, no en expandir superficies o intensificar cultivos más demandantes”
Al mismo tiempo, la tecnología y la innovación suelen presentarse como parte de la solución: reutilización avanzada, desalación o digitalización. ¿Hasta qué punto estas herramientas pueden ayudar a evitar o mitigar la bancarrota hídrica y dónde ve hoy las principales barreras para su despliegue?
La tecnología es una parte necesaria de la solución, pero no sustituye los límites físicos del sistema. Soluciones como la reutilización avanzada o la desalación pueden reforzar la seguridad hídrica y diversificar las fuentes, especialmente en zonas costeras y altamente urbanizadas. La digitalización (telemetría, sensorización, modelización predictiva) permite además anticipar sequías, optimizar asignaciones y reducir pérdidas.
Como ejemplo, el proyecto WATER4CAST que coordino contribuye a mejorar las predicciones en tiempo cuasi-real de recursos y demandas, integrando datos hidrológicos, climáticos y de demanda de agua para apoyar decisiones más informadas y adaptativas.
Ahora bien, estas soluciones y estas herramientas no corrigen por sí solas una sobreasignación estructural. Las principales barreras hoy no son tanto tecnológicas, donde hay margen de mejora y se está avanzando mucho, como de gobernanza y coherencia institucional: falta de señales económicas adecuadas, rigideces regulatorias, fragmentación competencial, y resistencia a revisar concesiones y expectativas históricas.
La innovación es imprescindible, pero solo será efectiva si se integra en un marco que combine mejor información, límites claros y reducción real de la presión sobre los recursos naturales.
“Las principales barreras hoy no son tanto tecnológicas como de gobernanza: falta de señales económicas adecuadas, rigideces regulatorias y resistencia a revisar concesiones y expectativas históricas”
Más allá de la técnica, la ONU advierte de implicaciones sociales y económicas, vinculando la crisis del agua con seguridad alimentaria, desigualdad y estabilidad territorial. ¿Está España preparada para gestionar estos impactos desde una perspectiva de equidad y cohesión social?
En España tenemos una gran experiencia histórica en afrontar retos y conflictos relacionados con el uso del agua, lo que ha llevado a un importante desarrollo de instituciones y normativas, así como a un desarrollo técnico muy avanzado de herramientas y métodos para la planificación y gestión del agua. Sin embargo, a pesar de nuestras importantes capacidades, no diría que estemos plenamente preparados para gestionar los impactos sociales de una crisis hídrica más estructural.
El riesgo principal es que, si la escasez se vuelve crónica, se consoliden brechas territoriales y sociales: entre litoral e interior, regadíos intensivos y agricultura extensiva, grandes y pequeños usuarios, y entre quienes pueden pagar soluciones tecnológicas (pozos profundos, desalación, seguros, infraestructuras) y quienes no.
El reto de la equidad y cohesión social en la crisis del agua exige tres cosas. Primero, reglas de reparto transparentes y anticipadas, con prioridades claras para usos esenciales y protección de ecosistemas, evitando decisiones ad hoc en cada sequía. Segundo, que la transición sea justa: si hay que reducir demandas estructurales, debe hacerse con mecanismos de acompañamiento (reconversión productiva, compensaciones bien diseñadas, empleo y formación) para que no recaiga desproporcionadamente sobre territorios rurales o explotaciones pequeñas. Y tercero, reforzar la gobernanza participativa y la rendición de cuentas, porque la gestión del agua en crisis no es neutral: define ganadores y perdedores.
En síntesis, España tiene instrumentos y experiencia, pero la verdadera preparación dependerá de si se atreve a abordar la sobreasignación, proteger el capital natural y diseñar una reasignación socialmente justa antes de que la urgencia imponga soluciones improvisadas.
“España tiene instrumentos y experiencia, pero no diría que estemos plenamente preparados para gestionar los impactos sociales de una crisis hídrica más estructural”
Para cerrar, mirando a los próximos diez o quince años, ¿qué escenario considera más probable si no se producen cambios estructurales en la gestión del agua? Y, en positivo, ¿cuáles serían los pilares fundamentales de una estrategia eficaz de adaptación y resiliencia hídrica para España y el sur de Europa?
Si no se producen cambios estructurales, lo más probable es que en la próxima década vayamos a una normalización del déficit: sequías hidrológicas más largas, recuperación más lenta de embalses y acuíferos, restricciones recurrentes y mayor conflictividad entre usos. El riesgo no es un colapso súbito, sino una pérdida progresiva de resiliencia, con mayor coste energético y económico por metro cúbico disponible, y deterioro ecológico acumulativo en cuencas ya tensionadas.
En positivo, una estrategia eficaz de adaptación y resiliencia para España y el sur de Europa se sostiene sobre cinco pilares:
- Reconocer límites y reducir sobreasignación: balances realistas, caudales ecológicos vinculantes y reglas claras de reparto por niveles de escasez.
- Reducir la demanda estructural y reordenar usos, especialmente en regadío, asegurando que la eficiencia se traduzca en reducción neta de extracciones.
- Proteger y restaurar el capital natural (acuíferos, humedales, conectividad fluvial), porque es la “infraestructura” estratégica que amortigua los extremos.
- Mejorar la gobernanza e incorporar instrumentos económicos coherentes: medición y control efectivos, transparencia y rendición de cuentas, coordinación entre demarcaciones, revisión periódica de concesiones; junto con señales de precio volumétricas, incentivos alineados con disponibilidad real, mercados regulados o bancos de agua bien diseñados, y eliminación de subsidios que perpetúan déficits.
- Integrar innovación y conocimiento en la planificación, la gestión y la toma de decisiones: integrar de forma eficiente y sostenible distintas soluciones, incluyendo soluciones basadas en la naturaleza y recursos no convencionales (desalación, reutilización), con el apoyo de la digitalización y la mejora en los sistemas de predicción y gestión en tiempo real, como los que impulsamos en WATER4CAST.
- Mecanismos de justicia y cohesión social: participación, transparencia y mecanismos de transición para que la adaptación no agrave desigualdades.
En síntesis: la resiliencia hídrica no depende solo de más tecnología, sino de instituciones sólidas, incentivos correctos y decisiones valientes alineadas con los límites del sistema.

