De la resiliencia hídrica a la transición hídrica en Cataluña
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Si la resiliencia en sentido estricto es la capacidad de un sistema para resistir impactos y después recuperarse, podemos considerarla una cualidad imprescindible porque nos permite mantenernos, pero en esencia es reactiva y no proactiva.
Por tanto, si a nivel de garantía hídrica resistir no es suficiente, si las condiciones estructurales que generan vulnerabilidad permanecen inalteradas, habrá que mejorar de forma sostenida y por ello será necesario transformar el modelo, revisando los patrones de consumo, la financiación, la gobernanza, la planificación territorial y la configuración de las infraestructuras. Precisamente, la transición hídrica responde a esta lógica transformadora y no se limita a reforzar el sistema existente, sino que promueve un cambio estructural orientado a la eficiencia, la diversificación de recursos, la sostenibilidad económica y la adaptación real al cambio climático.
Si las condiciones estructurales que generan vulnerabilidad permanecen inalteradas, resistir no es suficiente: habrá que transformar el modelo
Infraestructuras y gestión para reducir la dependencia de la lluvia
En Cataluña, la resiliencia hídrica se empezó a construir hace tiempo con recursos no convencionales para poder reducir la dependencia de la pluviometría. La Desalinizadora de El Prat de Llobregat entró en servicio en el verano de 2009 y puede producir hasta 60 hm³/año para abastecimiento urbano. La Desalinizadora de la Tordera funciona desde 2002, inicialmente para producir 10 hm³/año y, a raíz de la sequía 2007–2008, se amplió para duplicar su capacidad hasta 20 hm³/año, con la lógica de aportar más agua al sistema y reducir presiones sobre los recursos convencionales.
La última sequía incorporó un hito adicional como es la reutilización potable indirecta en el río Llobregat, basada en bombear agua regenerada al río aguas arriba de la captación de la potabilizadora para que, tras mezclarse en el medio, sea captada y potabilizada. El punto de aportación se sitúa a unos 8 km aguas arriba de la planta de tratamiento de agua potable y la medida se activó desde finales de 2022. Entre diciembre de 2022 y principios de 2025 se produjeron 61,8 hm³ de agua regenerada para usos prepotables y se aportaron al cauce, incrementando disponibilidad y evitando desembalses equivalentes en un momento de escasez extrema. Esta experiencia fue reconocida internacionalmente con el Innovation Prize en octubre de 2023 que otorgó la Water Reuse Europe.
Por otro lado, en Cataluña hemos tenido que activar la resiliencia del lado de la demanda, a través del Plan especial de actuación en situación de alerta y eventual sequía (PES) que no deja de ser un plan de emergencia, ya que la sequía 2021–2024 fue, según el Servei Meteorològic de Catalunya, la más grave conocida en los últimos doscientos años. El pico de tensión se produjo a inicios de la primavera de 2024, cuando el sistema TerLlobregat entró en fase de emergencia con reservas por debajo del 16% y, gracias al aporte prepotable de agua regenerada, se evitó entrar en emergencia 2. La lectura técnica es clara, sin diversificación de oferta (desalación, regeneración, reutilización) el PES habría exigido medidas más restrictivas y disruptivas de las que se tomaron y que afectaron notablemente la sociedad y la economía.
Sin diversificación de oferta —desalación, regeneración y reutilización— el plan de sequía habría exigido medidas más restrictivas y disruptivas
Desde que asumí la Dirección General de Transición Hídrica en octubre del año pasado mi objetivo central es trabajar para garantizar la seguridad hídrica de Cataluña promoviendo un cambio de modelo capaz de hacer frente a la sequía, que ya la consideramos estructural. La Dirección General ha de coordinar políticas y planes de largo y muy largo plazo combinando nuevos recursos (desalación, reutilización, recarga de acuíferos) con eficiencia, ahorro y circularidad del agua en todos los sectores.
Aquí es clave la diferencia entre resiliencia y transición. La resiliencia permite resistir; pero si las condiciones estructurales que generan vulnerabilidad permanecen, resistir no basta. La transición hídrica aspira a transformar a base de revisar patrones y adaptar el nuevo sistema al nuevo clima. La transición, por tanto, no consiste en “hacer más de lo mismo” con más urgencia; consiste en rediseñar el sistema para que la emergencia deje de ser el modo de operación.
Una Ley para consolidar el nuevo modelo hídrico
El instrumento que debe dar estabilidad y coherencia a esta transformación es una Ley de transición hídrica. Esta Ley se plantea como un objetivo estratégico de Cataluña, con participación del tejido empresarial, industrial, agrícola y social, al mismo tiempo que coordinación interadministrativa. Todo ello para anticipar escenarios y dar continuidad a las políticas en un horizonte de veinticinco años. Si la sequía es estructural, la respuesta también debe ser estructural, por tanto, una Ley con reglas estables y una hoja de ruta que sobreviva a la volatilidad del ciclo electoral.
Si la sequía es estructural, la respuesta también debe ser estructural
En la Ley será imprescindible incorporar actuaciones estructurales de adaptación territorial que aseguren que las futuras urbanizaciones y edificaciones se diseñen bajo parámetros de “hidrosostenibilidad”. Esto supone integrar, entre otras soluciones, infraestructuras destinadas a la recarga de acuíferos, sistemas propios de reutilización de aguas, depósitos para la retención de escorrentías pluviales y medidas basadas en la infiltración y la laminación de avenidas. Asimismo, deberán reevaluarse los usos del suelo en zonas especialmente vulnerables, considerando tanto la disponibilidad efectiva del recurso como los escenarios de riesgo climático.
De forma complementaria, se deberá legislar para intensificar la gestión forestal con el propósito de mejorar la función reguladora natural de las cuencas hidrográficas y potenciar los procesos de infiltración y recarga.
En este contexto, la Ley de transición hídrica se sitúa como el instrumento normativo encargado de estructurar este planteamiento transversal, articulando la planificación territorial, la regulación económica y la gobernanza del ciclo integral del agua. Su finalidad es consolidar un modelo resiliente, ambientalmente responsable y tecnológicamente avanzado que garantice una gestión segura y sostenible del recurso en el largo plazo. Se deberán armonizar los usos urbanos, agrícolas, industriales y ambientales con la conservación de los ecosistemas.
Finalmente, deberá revisarse el reparto competencial en materia de agua y promover estructuras permanentes de cooperación —como consorcios supramunicipales o comunidades de usuarios— que aseguren coherencia, coordinación y eficiencia entre los distintos sectores y niveles de la administración.
Más producción de “nueva agua” y menos dependencia estructural
La transición hídrica tiene dos pilares: nuevas infraestructuras de producción de agua y reformas institucionales y económicas. En el ámbito de las nuevas infraestructuras, a corto plazo, la prioridad operativa es aumentar la producción de “nueva agua”, de manera que en la región metropolitana de Barcelona se prevé incorporar 33 hm³/año en 2026 mediante tres actuaciones, la ampliación de la Potabilizadora de la Trinitat-Besós, la puesta en servicio de la Estación de Regeneración de Agua de Sant Feliu de Llobregat y la aportación adicional desde la Estación Potabilizadora de la Estrella.
A medio plazo, el salto cuantitativo se sitúa en el horizonte 2030, en que se plantea disponer de hasta 280 hm³/año de nuevo recurso para reducir estructuralmente la dependencia de la lluvia. La estrategia hídrica aprobada mediante un acuerdo del Govern de la Generalitat de Cataluña despliega esta ambición combinando incremento de desalación, expansión de regeneración, mejor aprovechamiento del río Besós y mejoras en tratamientos y eficiencia, con el objetivo explícito de incrementar el peso de los recursos no convencionales en la garantía de las demandas.
El objetivo es invertir el mix del abastecimiento urbano, pasando de una situación en la que los recursos no dependientes de la lluvia aportan en torno al 30%, a otra en la que puedan aportar hasta el 70%. Esta es la esencia de la transición, pasar de un modelo donde la lluvia marca el techo de garantía a otro donde la garantía se construye, progresivamente, con infraestructura, circularidad, gobernanza y gestión inteligente.
Todos sabemos que el cambio climático estresa el ciclo del agua por ambos extremos, y pasamos de sequías prolongadas a temporales muy intensos y concentrados. El reciente temporal “Harry”, identificado como borrasca de gran impacto, provocó en Cataluña lluvias muy intensas e inundaciones, con afectaciones relevantes. Esta convivencia de extremos —escasez e inundación— es la firma del nuevo clima mediterráneo, con más irregularidad, más impactos y menos margen para improvisar.
Este tipo de episodio refuerza una idea esencial y es que la seguridad hídrica también incluye gestionar el riesgo de inundación. Por ello, el Govern de la Generalitat de Cataluña creó el Observatorio de la Inundabilidad. En su mandato se incluye evaluar y hacer seguimiento de medidas y políticas en materia de riesgo de inundación, formular propuestas de medidas a largo plazo, tanto estructurales como no estructurales (incluidas las basadas en la naturaleza) y vinculadas a mitigación y adaptación, también incluye proponer mejoras en la gestión de emergencias y en la coordinación de sistemas de alerta (meteorológicos, hidrológicos y protección civil).
La transición hídrica implica asumir la gobernanza integral del riesgo —tanto de sequía como de inundación— dentro de una misma arquitectura de decisiones
La conclusión es clara: la transición hídrica implica asumir la gobernanza integral del riesgo —tanto de sequía como de inundación— dentro de una misma arquitectura de decisiones, y superar un enfoque limitado que se conforme únicamente con la resiliencia hídrica.

