La calidad de la gestión medioambiental empieza por la igualdad en la ciencia
- 1093 lecturas
En las Ciencias Ambientales, como en el resto de las disciplinas científicas, la igualdad se garantiza sobre el papel, pero no ocurre de igual manera en los espacios donde se toman las decisiones. El acceso a la carrera académica es hoy relativamente paritario, pero cuando se analiza quién lidera, quién decide qué se investiga y qué conocimiento se valida, la balanza se inclina claramente hacia un lado. Este fenómeno, ampliamente descrito como “techo de cristal”, sigue condicionando la trayectoria profesional de muchas mujeres científicas y, con ello, la propia evolución del conocimiento científico sobre medioambiente.
Según el último informe elaborado por el UNESCO Institute for Statistics (2022), las mujeres representan aproximadamente el 31,1 % del total de investigadores en el mundo. Este dato está creciendo lentamente: en 2012 la cifra era del 29,4 %, lo que implica que el incremento ha sido inferior al 6 % en más de una década. La tendencia es positiva, pero claramente insuficiente si se observa con mayor detalle dónde se concentran (y dónde escasean) las mujeres dentro del sistema científico.
El techo de cristal en la carrera académica
Desde mi experiencia como docente universitaria, he observado cómo este patrón se reproduce con claridad en el ámbito académico español. En la figura contractual base del profesorado universitario (i.e., Profesor/a Ayudante Doctor/a), la presencia de mujeres y hombres suele situarse en torno al 50 %, lo que indica que el acceso inicial a la carrera académica se produce, en términos generales, en condiciones de igualdad. Sin embargo, esta igualdad se diluye a medida que se avanza hacia las categorías de mayor rango.
Es en ese momento cuando muchas mujeres científicas nos topamos con el denominado techo de cristal: un conjunto de obstáculos, explícitos e implícitos, que frenan el acceso a los puestos de mayor responsabilidad, incluso cuando se cuenta con la misma o mayor formación y méritos que los hombres. El porcentaje de hombres y mujeres en las categorías científicas de alto rango es significativamente distinto.
Los datos lo ilustran con claridad: según cifras publicadas por la Universidad de Granada para el curso académico 2024/25, el 22,5 % de los profesores contaban con 0 o 1 sexenio de investigación, frente al 19,7 % de las profesoras, una diferencia relativamente pequeña. Sin embargo, cuando se analizan los tramos superiores, el desequilibrio se acentúa: el 15,5 % de los profesores acumulaban cuatro o más sexenios, frente a solo el 7,1 % de las profesoras.
Esto revela una realidad innegable: las mujeres tienden a estar suficientemente representadas en los niveles iniciales de la carrera científica, pero su presencia disminuye de forma significativa en los escalones superiores, dando lugar a una clara masculinización del liderazgo científico.
“La igualdad en las Ciencias Ambientales se garantiza sobre el papel, pero no en los espacios donde se toman las decisiones.”
Quién decide qué ciencia se publica
Centrando la atención en lo que sucede en las Ciencias Ambientales, el escenario no difiere sustancialmente del promedio. Un estudio reciente de Lobo-Moreira et al. (2023) analizó la composición por género de los comités editoriales de las revistas científicas internacionales más influyentes -aquellas con más de 10.000 artículos publicados en los dos últimos años- clasificadas en la categoría “Ciencias Ambientales” de la base de datos Web of Science.
Los resultados pusieron de manifiesto dos hechos especialmente significativos. En primer lugar, solo 9 de las 39 revistas analizadas informaban públicamente sobre la proporción de hombres y mujeres en sus comités editoriales, a pesar de tratarse de los órganos donde se toman las decisiones estratégicas sobre qué investigaciones se publican, qué enfoques se priorizan y qué evidencias se consideran relevantes. Resulta cuanto menos curioso que la mayoría de las revistas académicas analizadas no muestren públicamente estas cifras acerca de la composición de sus comités editoriales, que son sus máximos órganos de gestión.
En segundo lugar, la desigualdad es clara en los puestos de mayor responsabilidad: solo el 20 % de los cargos de Editor-in-Chief (editor jefe) estaban ocupados por mujeres, frente a un 80 % en manos de hombres. En el conjunto de los comités editoriales de las revistas analizadas, las mujeres representaban el 23 % de sus miembros, y únicamente dos revistas alcanzaban la paridad. La interpretación de estos resultados parece clara: en esta parcela de la Ciencia, el liderazgo sigue estando mayoritariamente en manos de hombres.
La escasa presencia de mujeres en estos espacios científicos no es un tema baladí. Los comités editoriales, los órganos de evaluación y los equipos de gobierno científico influyen directamente en la agenda de investigación, en los enfoques metodológicos dominantes y en la velocidad a la que progresa la carrera científica. Cuando las mujeres están infrarrepresentadas en estas esferas de poder, su capacidad de influir en la orientación del conocimiento científico se ve limitada.
“El conocimiento científico que guía la gestión medioambiental se decide en espacios donde las mujeres siguen estando infrarrepresentadas.”
Cuando la desigualdad científica llega a la gestión medioambiental
Esta desigualdad tiene implicaciones directas en el ámbito de la gestión medioambiental. El conocimiento científico generado y validado en estos espacios es el que posteriormente se transfiere hacia comités técnicos, paneles de expertos, evaluaciones ambientales, marcos regulatorios, estrategias empresariales de sostenibilidad y procesos de planificación medioambiental. Por tanto, si las mujeres no participan de forma equitativa en los niveles donde se decide qué se investiga y qué se considera evidencia relevante, su influencia en estos espacios de gestión también se reduce, lo que traslada este desequilibrio más allá del ámbito científico y académico.
Este efecto no es abstracto ni lejano para el sector medioambiental. Se traduce en una menor diversidad de enfoques en la toma de decisiones, en una agenda científica menos plural y en una transferencia de conocimiento que no siempre incorpora todas las miradas necesarias para afrontar retos complejos como la transición ecológica, la adaptación al cambio climático o la sostenibilidad de los sistemas productivos. Perder talento femenino en los niveles de liderazgo científico implica, en última instancia, empobrecer la base técnica sobre la que se construyen muchas decisiones en materia medioambiental.
“Perder talento femenino en los niveles de liderazgo científico implica empobrecer la base técnica sobre la que se construyen muchas decisiones medioambientales.”
La Ciencia debe ser objetiva y rigurosa. Por tanto, no puede cimentarse en estructuras que reproducen desigualdades sistemáticas. Las mujeres siguen infrarrepresentadas en los niveles donde se concentra la capacidad de decisión, especialmente en disciplinas STEM como las Ciencias Ambientales.
Por otro lado, más allá de las barreras relacionadas con la maternidad y los cuidados, persisten estereotipos de género profundamente arraigados, como la asociación del liderazgo con rasgos tradicionalmente masculinos, que siguen condicionando los procesos de promoción y reconocimiento en el ámbito científico.
Dado que la Ciencia es para todos, debe servir como ejemplo y alinearse con las políticas de diversidad, inclusión y derechos humanos. El ODS 5 de la Agenda 2030 plantea la eliminación de la discriminación contra mujeres y niñas y la promoción de la igualdad efectiva, un objetivo en el que se han producido avances graduales, pero que sigue lejos de alcanzarse plenamente en los espacios de mayor poder y decisión.
En este contexto, resulta imprescindible reforzar la participación femenina en los puestos de responsabilidad y gobierno de las disciplinas científicas en todo el mundo. La existencia de sistemas transparentes e igualitarios para la evaluación de la producción científica es una condición necesaria para mejorar la calidad de la Ciencia y fortalecer una gestión medioambiental más sólida, diversa y adaptada a los retos actuales.
Por todo ello, resulta fundamental seguir reivindicando la presencia de la mujer y la niña en la Ciencia y dar visibilidad a esta efeméride. Romper el techo de cristal en las Ciencias Ambientales ha de entenderse no como un asunto de carrera académica o de igualdad, sino como un reto para la futura generación del conocimiento científico que guíe la gestión medioambiental y la toma de decisiones en un contexto de transición ecológica.

