La transformación de la planta de en Terrassa es un ejemplo de la evolución en el tratamiento de biorresiduos. La futura instalación combinará digestión anaerobia, producción de biometano, recuperación de nutrientes y regeneración de agua bajo un mismo modelo. El objetivo, más allá de tratar la fracción orgánica, es aprovechar al máximo los recursos que llegan a este complejo industrial.
Durante años, las infraestructuras destinadas al tratamiento de los residuos orgánicos se concibieron para estabilizar una fracción biodegradable que, de otro modo, acabaría en vertedero. Hoy en día, el avance de la recogida separada, las mayores exigencias de circularidad y la necesidad de sustituir recursos y combustibles fósiles están transformando progresivamente su papel.
Can Barba se sitúa en ese cambio. PreZero, en UTE con CALAF Constructora, ha resultado adjudicataria del contrato promovido por el Consorci per a la Gestió de Residus del Vallès Occidental para llevar a cabo la nueva construcción y explotarla durante diez años, con un importe de adjudicación que asciende a casi 106 millones de euros.
La transformación de la planta de en Terrassa es un ejemplo de la evolución en el tratamiento de biorresiduos.
El proyecto parte de una instalación con recorrido. Can Barba fue pionera en Cataluña en convertir residuos orgánicos municipales en energía y compost, pero las necesidades del territorio han evolucionado y la capacidad disponible resulta insuficiente: los municipios consorciados generan más fracción orgánica de la que puede tratarse por el recinto existente, lo que obliga a recurrir a instalaciones externas.
Por ello, la solución pasa por una planta con mayor capacidad y una concepción diferente. Frente a las actuales 21.000 toneladas anuales, Can Barba podrá tratar hasta 60.000 toneladas al año, de las que 45.000 corresponderán a fracción orgánica de los residuos municipales (FORM) y 15.000 a orgánica comercial.
El salto no será solo cuantitativo: la nueva instalación será capaz de recuperar energía, nutrientes, materiales y agua, e integrarlos de nuevo en diferentes ciclos productivos. Un planteamiento que convierte Can Barba en ejemplo de hacia dónde se dirige la nueva generación de plantas de biorresiduos.
Más capacidad para un modelo de recogida que evoluciona
El cambio de Can Barba responde, en primer lugar, a una necesidad territorial. Los municipios del Vallès Occidental están revisando sus sistemas de recogida selectiva, y la previsión es que aumente la cantidad de materia orgánica y, al mismo tiempo, mejore su calidad.
Noemí Iglesias i Farran, directora de Infraestructuras y Planificación del Consorci per a la Gestió de Residus del Vallès Occidental, apunta a ello. La comarca presenta situaciones muy diferentes, con municipios grandes, medianos y pequeños, entornos urbanos y rurales y distintos modelos de recogida. Algunos han avanzado hacia sistemas de alta eficiencia, mientras que en otros continúa existiendo una cantidad relevante de materia orgánica dentro de la fracción resto.
El reto, por tanto, “no es únicamente recoger más fracción orgánica, sino conseguir una materia orgánica más limpia y homogénea mediante sistemas de recogida eficientes, el seguimiento de los datos, la información y la corresponsabilidad ciudadana”, señala Iglesias.
Esta es una cuestión muy relevante para una instalación de biometanización. La presencia de impropios condiciona el aprovechamiento energético del residuo. Según Joan Valls, director de Tratamiento de Cataluña de PreZero, una FORM de mayor calidad incrementa el potencial metanogénico por tonelada entrante. La nueva planta incorporará, además, un sistema de seguimiento continuo de impropios que auditará la calidad de las aportaciones.
La capacidad adicional busca anticiparse a esa transformación. Desde el Consorci advierten de que, cuando los municipios de mayor tamaño evolucionen hacia modelos de recogida más eficientes, el incremento de la fracción orgánica captada será considerable y es necesario disponer de infraestructura suficiente para tratarla.
Can Barba no resolverá por sí sola el desafío de los biorresiduos. Iglesias introduce aquí una condición importante: la infraestructura deberá acompañarse de mejores sistemas de recogida separada, instrumentos fiscales que incentiven la participación y políticas continuadas de sensibilización. La planta constituye así el último eslabón de un sistema que comienza mucho antes, en la separación realizada por ciudadanos, comercios y municipios.
La ampliación de Can Barba permitirá pasar de 21.000 a 60.000 toneladas anuales de capacidad, anticipándose al incremento de la recogida separada de materia orgánica en el Vallès Occidental.
Del residuo al biometano: el núcleo energético de Can Barba
En relación a la tecnología, Can Barba contará con dos líneas de pretratamiento mecánico, con selección de voluminosos, trituración, separación magnética e inductiva de metales y aspiración neumática de plásticos y fracciones ligeras. Estos últimos rechazos podrán destinarse a la producción de combustible sólido recuperado (CSR).
Tras retirar los impropios y acondicionar la materia orgánica, comienza el proceso de digestión anaerobia en vía seca continua y régimen mesófilo.
Can Barba combinará el digestor DRANCO existente, de 1.700 m³, con un segundo digestor vertical de 4.390 m³. La tecnología funciona mediante desplazamiento vertical por gravedad, en un reactor tipo flujo-pistón sin elementos móviles en su interior, una configuración que, según PreZero, aporta robustez frente a la heterogeneidad del residuo y flexibilidad operativa.
De esa digestión se obtendrá el biogás que será transformado en biometano. Para ello, el proyecto incorpora una planta de upgrading mediante membranas poliméricas. Antes de llegar a esta etapa, el biogás se someterá a diferentes procesos e acondicionamiento para eliminar humedad, condensados y otros compuestos.
Este sistema de upgrading ha sido diseñado para alcanzar una recuperación de metano superior al 99 % y una pureza del biometano superior al 95 % de CH₄. A pleno régimen, la instalación de biometanización prevé producir 8,9 millones de Nm³ anuales de biogás, de los que 6,3 millones se destinan al sistema de upgrading, que producirá 3,6 millones de Nm³ de biometano, equivalentes a una producción comercial de alrededor de 38 GWh al año. El gas renovable se inyectará en la red de distribución situada junto a la planta, que también tiene próximos terrenos agrícolas susceptibles a recibir el digestato registrado como fertilizante. El biogás restante se aprovechará energéticamente en los motores de cogeneración con el objetivo de producir cerca de 6,3 MWh.
El cambio respecto a la instalación actual es considerable: la producción de biogás pasará de aproximadamente 2 millones a 8,9 millones de Nm³ anuales. Los 3,6 millones de Nm³ de biometano previstos equivaldrían, tal como estima el Consorci, al consumo anual de gas de 7.000 hogares.
El objetivo es, además, aprovechar casi todo el metano refinado para su incorporación al sistema gasista. “La prioridad será garantizar un aprovechamiento estable y continuado del biometano producido, evitando que una parte significativa del biogás se desperdicie o tenga que quemarse en antorcha”, explica Iglesias.
El sistema de upgrading permitirá obtener biometano con una pureza superior al 95 % de CH₄ y una recuperación de metano por encima del 99 %.
Eficiencia para producir energía y consumir menos
La producción de biometano es solo una parte del balance: una instalación de estas características necesita energía para mantener los digestores a temperatura, higienizar el digestato y operar equipos, bombas, prensas, centrífugas o soplantes. El diseño de Can Barba busca reducir esa demanda mediante integración térmica, recuperación de calor y autoconsumo eléctrico.
Las necesidades térmicas se cubrirán mediante la recuperación de calor de los compresores y el apoyo de motores de cogeneración o de una caldera alimentada con biogás de proceso. Para el consumo eléctrico se incorporará fotovoltaica, y podrán utilizarse de forma puntual los motores de cogeneración.
Una de las soluciones más representativas de esta integración aparece en el tratamiento del digestato. La higienización térmica, realizada a 70 ºC durante 60 minutos, aprovechará el calor recuperado del enfriamiento de los compresores de biogás y del circuito de agua caliente. De esta forma, el proceso puede realizarse sin consumir energía primaria fósil ni detraer biometano destinado a la red.
El aprovechamiento del residuo no termina en el gas. Se prevé producir 14.145 toneladas anuales de digestato higienizado, que podrá registrarse como fertilizante, mientras otra parte del material se destinará a compostaje en otra instalación del Consorci.
El agua es otro de los flujos sobre los que actúa el diseño. Can Barba dispondrá de una depuradora interna basada en ultrafiltración y ósmosis inversa, y el agua regenerada se reutilizará en la propia instalación para operaciones como limpieza y preparación de reactivos. Los metales separados en el pretratamiento se recuperarán y las fracciones ligeras con poder calorífico podrán transformarse en CSR.
En conjunto, PreZero sitúa el objetivo de valorización por encima del 95 % del peso total de los residuos recibidos. Esta cifra resume la filosofía del proyecto: reducir al mínimo los flujos que abandonan la instalación sin haber sido aprovechados.
La planta prevé producir 14.145 toneladas anuales de digestato higienizado y reutilizar agua regenerada en sus propios procesos, con un objetivo global de valorización superior al 95 % de los residuos recibidos.
El control de los impactos asociados al funcionamiento de la planta es otro de los aspectos que aborda el nuevo diseño. Las naves de recepción y procesamiento trabajarán bajo depresión para evitar emisiones difusas y el aire captado será tratado mediante un sistema de desodorización en varias etapas. El Consorci destaca que la modernización mejorará el control de olores, emisiones, consumos y aguas de proceso, y reducirá el transporte de residuos hacia instalaciones externas.
La complejidad de integrar todos estos procesos convierte la ejecución de la infraestructura en otra de las bases del proyecto. Baltasar Fernández, jefe de grupo de CALAF Constructora, subraya la necesidad de combinar especialización en construcción y conocimiento en tratamiento de residuos. “Can Barba representa muy bien el tipo de proyectos en los que queremos seguir creciendo: infraestructuras técnicamente exigentes que, además de resolver una necesidad, contribuyen a avanzar hacia un modelo más sostenible y circular”, afirma.
Una nueva generación de plantas de biorresiduos
Can Barba permitirá al Vallès Occidental disponer de mayor autonomía para gestionar su propia fracción orgánica, reducir la dependencia de instalaciones externas y prepararse para un escenario en el que la recogida separada deberá ganar peso. Pero su interés va más allá de ampliar capacidad.
La instalación muestra una evolución más profunda en la manera de concebir las infraestructuras de residuos: la frontera entre una planta de tratamiento y una de producción de recursos se difumina.
La FORM que entra en Can Barba seguirá siendo un residuo que necesita ser gestionado. Sin embargo, el proceso se diseña desde el principio para recuperar el mayor valor posible de esa materia: producir biometano e introducirlo en la red gasista; recuperar nutrientes mediante el digestato; regenerar agua para reutilizarla; recuperar metales y aprovechar energéticamente determinados rechazos.
Joan Valls lo define como una transición hacia la “biorrefinería del siglo XXI”. Frente a las plantas biológicas históricamente concebidas para estabilizar residuos y reducir su destino a depósito controlado, el nuevo modelo coloca la producción de recursos y energía en el centro del diseño.
Para el Consorci, esa transformación tiene además una lectura territorial. Can Barba supone “una apuesta estructural de la comarca por disponer de autonomía, capacidad y estabilidad en la gestión de sus biorresiduos”, y una inversión a largo plazo en servicio público, transición energética y economía circular. No se olvida la función divulgativa, con espacios destinados a visitas, jornadas y actividades de sensibilización ambiental.
En Can Barba convergen así dos transformaciones que están llamadas a avanzar en paralelo. Por un lado, municipios y ciudadanía deberán separar más y mejor los residuos orgánicos. Por otro, las infraestructuras tendrán que ser capaces de extraer de ellos mucho más valor.
El resultado es una planta que seguirá teniendo como primera misión tratar los biorresiduos del territorio, pero que incorpora una ambición adicional: convertir aquello que antes representaba un problema de gestión en una fuente local de energía renovable, nutrientes, materiales y agua. Ese cambio de función es uno de los rasgos que mejor define la nueva generación de infraestructuras para la materia orgánica.

