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Walter R. Stahel: "La economía circular busca mantener el valor de los materiales y el reciclaje no cumple ese objetivo"

Considerado uno de los “padres conceptuales” de la economía circular, Walter R. Stahel, fundador del Product-Life Institute de Ginebra, reivindica una transición centrada en mantener el valor de productos, materiales, moléculas y fibras
Autor/es
Griselda Romero
17-09-2026

La economía circular ya forma parte de los planes de empresas, administraciones e industrias. Su adopción es un requisito transversal, que ha entrado de lleno en la estrategia ambiental, industrial y regulatoria europea. Pero esa rápida expansión y omnipresencia también esconde una pregunta incómoda: ¿mantiene el concepto el sentido de sus planteamientos originales o ha quedado reducido, en la práctica, a reciclar más y gestionar mejor los residuos?

Walter R. Stahel es una de las voces con más autoridad para abordar esa cuestión. Arquitecto y analista industrial suizo, fundador del Product-Life Institute de Ginebra, está considerado uno de los padres conceptuales de la economía circular. En la década de los setenta ya anticipó las líneas de trabajo que hoy centran el debate técnico: la extensión de la vida útil de los productos, la remanufactura, la economía del rendimiento, la fiscalidad sostenible y la gestión estratégica de los stocks materiales.

Ya en su informe de 1976 para la Comisión Europea, The Potential for Substituting Manpower for Energy, coescrito con Geneviève Reday, Stahel planteaba la viabilidad de una economía en ciclos cerrados para reducir la demanda de recursos, prevenir la generación estructural de residuos, mejorar la competitividad y crear empleo. Es decir, muchos de los pilares que hoy se presentan como metas de futuro ya formaban parte de su análisis hace casi medio siglo.

Buena parte de su visión queda recogida en Economía Circular para todos. Conceptos básicos para ciudadanos, empresas y gobiernos, su obra de referencia en castellano, y el marco conceptual al que remite para profundizar en muchos de los temas abordados en esta entrevista. Desde esa mirada, Stahel plantea una discusión que atraviesa todo el debate circular actual: si el sistema debe limitarse a gestionar mejor los residuos o si debe actuar antes, en el diseño, el uso, el mantenimiento, la reparación y la conservación del valor económico, funcional y material de productos, componentes, moléculas, fibras y átomos.

A lo largo de la entrevista, el autor repasa los principales retos de la circularidad contemporánea: los límites del reciclaje como eje del modelo, el potencial industrial de la reparación y la reutilización, la evolución del sector de los residuos hacia la minería urbana avanzada, la urgencia de una reforma fiscal sostenible y el cambio cultural que implica transformar a los consumidores en usuarios de servicios.

 

Una economía circular que llega tarde

El diagnóstico de Stahel sobre el momento actual descarta cualquier lectura complaciente. Aunque reconoce avances puntuales, considera que, a escala global, la evolución no es positiva. “Estamos retrocediendo debido a la destrucción masiva de riqueza provocada por las guerras, especialmente en Oriente Medio”, afirma.

Para el pensador suizo, los conflictos armados constituyen la antítesis de la circularidad y la cultura del mantenimiento. Cuando una guerra destruye infraestructuras, redes de suministro y sistemas productivos, el daño va más allá del impacto ambiental y social inmediato: se liquida capital manufacturado, natural y humano acumulado durante generaciones. El resultado es un retorno forzado a la escasez y a la extracción de nuevos recursos para reconstruir lo perdido. Por eso, su respuesta sitúa la circularidad en un marco más amplio que la gestión de residuos: preservar valor implica también proteger los activos materiales y funcionales que ya existen.

Frente a esta regresión, Stahel sí identifica ciertos progresos a escala local en “sectores aislados”, como la mejora del parque edificado, la rehabilitación energética o la prolongación de la vida útil de vehículos como coches y trenes. Este avance sectorial conecta con uno de los ejes de su trabajo desde su histórico informe de 1976: la sustitución de energía por mano de obra local cualificada. Extender la vida útil de un bien o actualizar un edificio permite preservar parte de la energía incorporada, reducir la dependencia de nuevos recursos y desplazar actividad hacia servicios de mantenimiento, reparación y remanufactura, con impacto en el empleo regional.

 

“A escala local, se están produciendo avances en sectores aislados, como la mejora del parque edificado, la rehabilitación energética o la prolongación de la vida útil de vehículos”.

 

Al contrastar estos principios con la situación de España, Stahel no recurre a indicadores agregados, sino a ejemplos concretos y bastante ilustrativos de reaprovechamiento de materiales y conservación de valor patrimonial. “España tiene ejemplos espectaculares de circularidad en el entorno construido”, señala. Cita entre ellos el centro comercial Arenas de Barcelona, que transformó la estructura de una antigua plaza de toros en un espacio de servicios contemporáneo, o la catedral levantada por Justo Gallego en Mejorada del Campo a partir de materiales recuperados y residuos de construcción. Más allá del carácter singular de ambos casos, los ejemplos apuntan a la necesidad de entender las infraestructuras como depósitos de valor que pueden mantenerse, adaptarse y reutilizarse antes de ser sustituidas.

 

 

El riesgo de empezar por el final: el espejismo del reciclaje

Desde ese planteamiento inicial, Stahel considera que la economía circular actual se ha mantenido fiel a su planteamiento original solo en parte. El desvío, a su juicio, está en que la gestión de residuos y el reciclaje se han convertido en prioridades antes que la “era de la R”: reutilizar, reparar, reacondicionar y remanufacturar. Todas estas estrategias mantienen productos y componentes en uso sin destruir su forma, su función ni su valor acumulado. Solo cuando esa conservación ya no es posible, debería entrar la recuperación material.

 

“Hemos situado la gestión de residuos y el reciclaje por delante de lo que debería ser prioritario: reutilizar, reparar, reacondicionar y remanufacturar”

 

La crítica más contundente de Stahel aparece al abordar el papel del reciclaje. No cuestiona su utilidad, pero sí la centralidad que ha adquirido en el debate circular. Reciclar implica, en muchos casos, destruir la forma del producto para recuperar una parte de su contenido material. En ese proceso se pierden función, complejidad técnica, energía incorporada, trabajo acumulado y, con frecuencia, calidad o pureza del material. Reparar, reutilizar, reacondicionar o remanufacturar permite conservar mucho más de lo que ya existe.

 

“La economía circular consiste en mantener el valor y el valor de uso de los objetos, así como el valor y la pureza de los átomos, las moléculas y las fibras. El reciclaje no cumple estos objetivos”

 

El reciclaje, por lo tanto, seguirá siendo necesario para aquellos flujos que no puedan mantenerse en ciclos de mayor valor, pero deberá cambiar su posición, dejando de ser la imagen dominante de la circularidad para convertirse en una de las opciones últimas en la jerarquía. Para el sector residuos, esta lectura no resta importancia a su papel; lo obliga a intervenir de otra manera, más cerca de la prevención de la pérdida de valor que de la mera gestión del descarte.

No obstante, la institucionalización del concepto de economía circular también plantea riesgos, sugiere el experto. La economía circular se ha incorporado a planes, estrategias, marcos regulatorios y estándares. Y, si bien ese reconocimiento ha ayudado a extenderla, también puede fijarla en definiciones demasiado estrechas. Stahel lo explica así: “Los estándares ISO y otros marcos similares tienden a congelar los esfuerzos de innovación”. La advertencia no niega la utilidad de contar con criterios comunes, pero recuerda que la circularidad forma parte de una agenda de transformación industrial, tecnológica, fiscal y cultural.

 

Reparar y remanufacturar frente a la lógica lineal

La extensión de la vida útil de los productos ha sido una constante en la obra de Stahel. Un producto que dura más tiempo, se repara o se remanufactura evita la extracción de nuevos recursos, reduce la energía necesaria para fabricar uno nuevo y conserva diseño, materiales, trabajo y tecnología ya incorporados.

Aplicar este principio, sin embargo, implica tocar intereses y estructuras industriales muy asentadas. Stahel apunta a dos obstáculos: “El peligro de las inversiones varadas y de las tecnologías bloqueadas”. Muchas industrias han organizado sus cadenas de suministro, sus plantas y sus modelos comerciales alrededor de la fabricación y venta de productos nuevos. Si el negocio depende de vender más unidades, alargar la vida útil puede percibirse como una amenaza; si las tecnologías están diseñadas para ensamblar rápido, pero no para desmontar, reparar o actualizar, la circularidad se encarece.

 

“La extensión de la vida útil de los productos sigue siendo difícil de aplicar debido al peligro de las inversiones varadas y de las tecnologías bloqueadas”

 

De ahí otra de sus afirmaciones más claras: “La reparación y la remanufactura no forman parte de la economía industrial lineal”. Ambas actividades desplazan el centro de valor desde la producción de bienes nuevos hacia la gestión de activos existentes.

Esto obliga a repensar toda la cadena industrial. Los productos deben diseñarse para durar, desmontarse y repararse; las piezas deben estar disponibles; la información técnica debe ser accesible; y la logística inversa debe funcionar. También hacen falta capacidades laborales específicas y modelos de negocio que premien la conservación de valor. Reparar y remanufacturar, por tanto, no pueden quedar relegadas al servicio posventa o ser consideradas gestos marginales de sostenibilidad: deben formar parte de la estrategia industrial de una economía circular que pretende ir más allá del reciclaje.

 

 

El sector residuos ante la “era de la D”

Al poner el foco sobre el sector residuos y su futuro, Stahel cuestiona su papel tradicional como gestor del final de la cadena. En una economía circular madura, afirma, el sector de la gestión de residuos debería ocupar “un papel muy pequeño”. La frase puede resultar provocadora, pero es coherente con su marco conceptual: si la circularidad funciona, deberían llegar menos productos prematuramente a la condición de residuo y debería destruirse menos valor al final del ciclo.

Para seguir siendo relevante, el sector tendrá que evolucionar hacia lo que Stahel denomina la “era de la D”. Esta fase empieza cuando ya no es posible mantener productos o componentes en uso y el reto pasa a recuperar materiales, moléculas, fibras y átomos con la mayor calidad y pureza posibles.

 

“En una economía circular madura, el sector de la gestión de residuos debería ocupar un papel muy pequeño y evolucionar hacia la ‘era de la D’, centrada en la recuperación avanzada de materiales”

 

La dificultad está en que la industria ha aprendido a crear materiales cada vez más complejos, pero no siempre a separarlos. Compuestos, laminados, aditivos, mezclas y productos multicapa mejoran prestaciones durante la fase de uso, pero complican la recuperación al final del ciclo. Por eso, ante la pregunta de qué hace falta para avanzar hacia una verdadera recuperación de materiales, Stahel responde con una sola palabra: “innovación”.

Esa innovación debe ser tecnológica, pero también de diseño, trazabilidad, información material y mercado. Pasaportes de producto, materiales más separables, mejores sistemas de identificación y demanda para materiales secundarios de calidad serán claves si el sector quiere pasar de gestionar residuos a recuperar valor.

 

“Para avanzar hacia una verdadera recuperación de materiales hace falta innovación”.

 

Ciudades, vertederos y capital manufacturado

Ese augurio para el sector conecta directamente con otra de las ideas centrales de Stahel: la economía circular no se limita a los flujos de residuos, debe gobernar los stocks materiales que ya existen. Edificios, infraestructuras, redes, vehículos, maquinaria, productos y vertederos contienen materiales que pueden convertirse en reservas estratégicas si se conocen, se trazan y se recuperan adecuadamente.

Ante la pregunta de si debemos entender ciudades y vertederos como reservas estratégicas, Stahel responde rotundamente “sí” y menciona tres herramientas: minería urbana, pasaportes de producto y plataformas como Madaster. La ciudad aparece así como un banco de materiales: estructuras, fachadas, tuberías, cables, equipos, pavimentos, viviendas, naves industriales o depósitos de residuos almacenan recursos cuyo valor depende, en buena medida, de la información disponible sobre ellos.

Pero para que ese banco de materiales tenga utilidad real, hace falta saber qué materiales existen, dónde están, en qué condiciones se encuentran, cuál es su composición y qué potencial tienen para ser reutilizados, desmontados o recuperados. Esta mirada gana peso en un momento en el que la masa antropogénica (todo lo fabricado por el ser humano) ya supera a la biomasa viva del planeta. Este dato cambia la escala del debate: la economía circular debe hacerse cargo del enorme volumen de materiales que las sociedades ya han construido, usado y acumulado.

 

 

Performance Economy y fiscalidad sostenible

La conservación de valor también exige revisar cómo se generan los ingresos. Otro concepto clave en la obra de Stahel es la Performance Economy, una economía en la que las empresas no venden necesariamente productos, sino prestaciones, uso, disponibilidad o resultados. Si una empresa vende movilidad en lugar de coches, iluminación en lugar de lámparas o disponibilidad en lugar de maquinaria, sus incentivos cambian: cuando el productor conserva la propiedad del activo y obtiene ingresos por su funcionamiento, le interesa que ese activo dure más, sea reparable, actualizable, eficiente y recuperable.

Stahel matiza que este modelo no es tan marginal como a veces se presenta. “La Performance Economy está muy extendida en el ámbito B2B y en el sector de las tecnologías de la información, por ejemplo con modelos como Microsoft 365”, señala. La cuestión es por qué no se ha extendido con la misma fuerza a productos físicos, bienes de consumo, maquinaria, movilidad, construcción o infraestructuras.

El segundo cambio pendiente está en la fiscalidad. Para Stahel, muchas actividades circulares de alto valor —reparar, mantener, reacondicionar, remanufacturar, desmontar o recuperar materiales de calidad— dependen de trabajo cualificado. Si ese trabajo soporta una elevada carga fiscal mientras los recursos vírgenes siguen siendo relativamente baratos, la economía lineal conservará ventaja.

Por eso considera que la fiscalidad sostenible es “un componente clave”. Su advertencia es clara: “Sin una reforma fiscal profunda, la economía circular a gran escala solo sería posible a través de la pobreza y la escasez de energía, materiales y objetos”. Dicho de otro modo, la circularidad puede avanzar por decisión industrial y política o acabar imponiéndose por crisis, restricciones y pérdida de acceso a recursos.

 

“La fiscalidad sostenible es un componente clave. Sin una reforma fiscal profunda, la economía circular a gran escala solo sería posible a través de la pobreza y la escasez de energía, materiales y objetos”

 

De consumidores a usuarios: el reto para España

Por último, la visión de futuro de Stahel se resume en un cambio cultural: “pasar de consumidores a usuarios”. La diferencia es profunda. El consumidor compra, usa y sustituye; el usuario se relaciona con la función, la disponibilidad y el rendimiento de un bien o servicio a lo largo del tiempo. En una economía circular madura, la sociedad abandona la idea de poseer más productos y aspira a mantener en uso los existentes, repararlos, actualizarlos y recuperar su valor cuando ya no puedan seguir prestando servicio.

 

“La economía circular exige un cambio de comportamiento: pasar de consumidores a usuarios”

 

Aplicada a España, esta lógica adquiere una dimensión especialmente relevante en torno al agua, añade. Stahel no sitúa el foco únicamente en residuos o materiales, sino en el recurso más básico: “El agua es el recurso clave para la supervivencia, y su gestión debe orientarse a prevenir pérdidas en las redes de distribución”. Su recomendación apunta también a referencias como NEWater, el modelo de reutilización avanzada de agua desarrollado en Singapur.

Para España, un país sometido a estrés hídrico y presión creciente sobre sus recursos, la economía circular no puede limitarse a los residuos sólidos. También debe entrar en las redes, en la reducción de pérdidas, en la reutilización, en la regeneración y en la conservación de las infraestructuras que sostienen el ciclo del agua.

Para Stahel, la economía circular se decide antes de que exista el residuo: en la vida útil de los productos, en la reparación, en la remanufactura y en la capacidad de recuperar materiales sin destruir valor por el camino. Al final, la pregunta que deja sobre la mesa es cuánto valor somos capaces de conservar antes de que un producto, un material o una infraestructura pasen a la categoría de residuo.

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