Pasado y presente de las crecidas del Guadalquivir: ¿son ahora más graves?

Las crecidas e inundaciones en el Bajo Guadalquivir son un fenómeno histórico cuyo riesgo potencial ha aumentado en los últimos años debido a la acción del hombre
Pasado y presente de las crecidas del Guadalquivir: ¿son ahora más graves?
Pasado y presente de las crecidas del Guadalquivir: ¿son ahora más graves?
23-03-2020
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Por Belén García Martínez, Universidad de Sevilla


Se han dedicado numerosas páginas de los registros históricos a las crecidas del río Guadalquivir. Cuando se salía de madre, el agua anegaba los pueblos ribereños emplazados en su llanura de inundación.

El comportamiento hidrológico del Guadalquivir es lo que tiene: como río mediterráneo, presenta caudales mínimos en verano y máximos a finales de invierno e inicios de la primavera. Estos últimos lo han caracterizado desde época histórica. Sobre todo, en lo que se refiere a sus numerosas crecidas de carácter catastrófico.

 

Características de las crecidas del Guadalquivir

La magnitud de las crecidas del Guadalquivir ha oscilado a lo largo de su historia entre los 1 000 y los 12 000 m³/s en Alcalá del Río. Su velocidad de propagación ha sido de unos 2,4 m³/s en el tramo comprendido entre Córdoba y Sevilla, lo que significa que la crecida recorre esta distancia sobre la llanura de inundación en 24 horas.

La velocidad de traslación de las ondas de crecidas en el Bajo Guadalquivir es muy superior a la de otros ríos. Esto resulta sorprendente dada la débil pendiente que existe en este tramo y el freno que ejercen las sinuosidades de su trazado. Parece ser, y así lo reflejaba Vanney en 1970, que se trata de una aceleración provocada por los aportes de caudal locales.

La confluencia en su tramo bajo de numerosos afluentes de importancia (Genil, Corbones, Guadaira por su margen izquierda y Retortillo, Huéznar, Viar, Huelva por su margen derecha) puede explicar el aumento en el número de crecidas. Además, estamos en un sector con precipitaciones más irregulares, abundantes materiales impermeables y un bosque de ribera muy deteriorado por causas antrópicas.

Sin embargo, no todas las avenidas que se generan en este tramo tienen la misma repercusión en la llanura del Guadalquivir ni, en consecuencia, en los pueblos ribereños que se asientan en ella. Podemos diferenciar, por sus caracteres hidrológicos, las crecidas mariánicas de las béticas.

Las crecidas que tienen su origen en las vertientes de Sierra Morena se consideran, por lo general, más rápidas y peligrosas. Obedecen a precipitaciones frecuentemente más intensas y continuas en el tiempo. Además, son evacuadas por colectores cortos y de fuertes pendientes, por lo que llegan con gran virulencia a la llanura del río.

Llanura de inundación en la confluencia del río Viar y el paleocauce del Guadalquivir de Cantillana durante la crecida acontecida en el año 1963. Anónimo (Ayuntamiento Cantillana, 1990)

 

Las crecidas a lo largo de la historia

Sean mariánicas o béticas, los episodios de inundación del Guadalquivir no son algo anecdótico, casual ni vinculado a una mala gestión del hombre.

Como atestiguan innumerables referencias históricas, es un fenómeno que se repite de forma constante al menos desde el siglo XVI, fecha a la que se remontan las primeras crónicas consultadas. En este sentido, recomiendo al lector la obra de Francisco de Borja Palomo titulada Historia crítica de las riadas de Sevilla, reeditada por el Área de Cultura y Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla.

Para mostrar cómo ha sido ese devenir histórico, al que deberíamos volver la vista en más de una ocasión para evitar males mayores, hemos realizado una recopilación exhaustiva del número de inundaciones desde inicios del siglo XVI hasta la actualidad.

Se distinguen dos etapas bien diferenciadas desde el punto de vista de su mayor o menor concentración. A grosso modo, coinciden con las épocas moderna y contemporánea.

 

Las inundaciones más antiguas

Durante los siglos XVI, XVII y la primera mitad del siglo XVIII se produjo un importante déficit de crecidas. En ciclos de 10-20 años, se alternó un escaso número de inundaciones con periodos carentes de ellas. Como elemento llamativo, destaca un fuerte incremento de su frecuencia durante la última década del siglo XVI.

La magnitud en las crecidas (de 1554, 1595, 1648, 1684, etc.) llegó a alcanzar los 8-9 m de altura respecto a la lámina de agua ordinaria. Cabe destacar especialmente algunos episodios:

  • El de enero de 1554, cuando casi desaparece la localidad de la Algaba.

  • Los de enero, febrero y marzo de 1618 –año calificado en las crónicas históricas como muy lluvioso y durante el cual sufrieron importantes daños las poblaciones de Sevilla, Alcolea del Río y Lora del Río–, coincidentes con los del río Genil.

  • Sin duda, la inundación que adquiere mayor protagonismo en este periodo es la acontecida en el año 1709. Esta se considera de frecuencia milenaria por su magnitud de 10 000 m³/s y es recordada en Sevilla como “la gran crecida”.

 

Las crecidas contemporáneas

La segunda etapa se inicia a mediados del siglo XVIII. Supone un aumento de inundaciones que, de modo general, duplica el número de las ocurridas en el período anterior.

En esta etapa pueden establecerse dos tendencias diferenciadas:

  • Hasta la mitad del siglo XIX se registra un aumento sostenido en el número de crecidas y volúmenes de caudal en torno a los 6 000 m³/s. Destacamos la avenida del año 1796 conocida como “la grande”: las aguas desbordadas del Guadalquivir alcanzaron los 9 m de altura.

  • A partir de 1840 se invirtió la tendencia. Hubo una progresiva disminución en el número y un aumento de la irregularidad de las inundaciones. En algunas décadas no se contabilizó ninguna. Las magnitudes de caudal, en ocasiones, recordaban a las de comienzos del siglo XIX. La avenida de marzo de 1892 alcanzó un caudal de 9 000 m³/s y alturas superiores a los 10 m.

En esta última etapa, sobre todo a partir de mediados del siglo XX, se produce un aumento en la regulación de la cuenca (embalses, cortas, etc.) y en la ocupación antrópica de la llanura (carreteras, puentes, canales, etc.). Esto transforma la situación natural de las crecidas en un fenómeno inducido, con una componente catastrófica añadida para las poblaciones ribereñas.

 

Las inundaciones más recientes

En la actualidad, y teniendo como referencia los caudales extremos históricos del Guadalquivir en su tramo bajo, podemos llegar a determinar la frecuencia o recurrencia de caudales que desbordan el cauce natural. Así, puede establecerse una zonificación de la llanura sobre la base del riesgo potencial que tiene de inundarse.

El caudal máximo instantáneo oscila entre los 900-1 000 m³/s para crecidas ordinarias con una frecuencia temporal de 5 años. Estas pueden llegar a ser muy rápidas, aunque no producen desastres graves. No constituyen ningún tipo de situación catastrófica. El agua se mantiene dentro de los límites del cauce natural, aunque incrementa, eso sí, su acción erosiva sobre las márgenes.

Sin embargo, en las crecidas ordinarias de frecuencia decenal, cuando el Guadalquivir alcanza los 4 000 m³/s, se producen cuantiosos desastres. En estas circunstancias recobran funcionalidad los antiguos cursos abandonados del río situados en la llanura de inundación, provocando daños importantes en las infraestructuras (puentes, carreteras, etc.).

En crecidas extraordinarias con una frecuencia de 25 años, el Guadalquivir supera los 4 000 m³/s e incluso los 6 000 m³/s, provocando innumerables destrozos en la agricultura y en el equipamiento de infraestructuras que acoge la llanura de inundación.

Una situación similar se vivió en la avenida más reciente y una de las más devastadoras que se recuerdan después de la gran crecida de 1963. Nos referimos a la que tuvo lugar en diciembre de 1996 y enero de 1997. Con un caudal no superior a los 3 500 m³/s, ocupó la totalidad de la llanura de inundación, ocasionando graves daños a las poblaciones de Alcolea del Río, Tocina y Cantillana.

No hay que perder de vista, por tanto, que cada vez aumenta más el riesgo potencial de inundación. Es una consecuencia de la alteración o, en muchos casos, total desaparición de los elementos morfohidrológicos imprescindibles para el correcto funcionamiento de la llanura de inundación.

El espacio disponible en todo el valle para la laminación de una hipotética crecida no se está reduciendo. Además, numerosas obras de infraestructura impiden la circulación de las aguas fuera del cauce ordinario.

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