Una nueva cultura del agua y el territorio para prevenir las inundaciones

Necesitamos una nueva cultura del agua y del territorio para prevenir las avenidas. Son evitables: la clave está en una gestión regional acorde a los ríos y los sistemas hidráulicos.

Aspecto de Cobisa, Toledo, tras las inundaciones del 2 de septiembre de 2021. Shutterstock / BlackFarm


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Por Antonio Gallegos Reina, Universidad de Málaga


 

Las lluvias torrenciales y los desbordamientos de cursos fluviales siempre han existido. Se trata de ciclos naturales que responden al funcionamiento atmosférico y al propio equilibrio de la naturaleza.

Estas fluctuaciones no solo no deberían preocuparnos, sino que tienen un papel fundamental y necesario en el funcionamiento de los ecosistemas. No obstante, en los últimos años se repiten cada vez con mayor frecuencia y con mayor intensidad inundaciones catastróficas en ríos, arroyos y ramblas.

 

La responsabilidad de evitar las inundaciones

Debemos entender estas catástrofes como una plasmación sobre el territorio de nuestro desconocimiento de los procesos naturales y nuestra inadaptación al funcionamiento dinámico de la naturaleza. Son fácilmente evitables, y es responsabilidad nuestra y de nuestros representantes políticos revertirlas.

Los kogui son un pueblo amerindio de Colombia que habita en la vertiente norte de la sierra Nevada de Santa Marta, perteneciente a la ancestral cultura tairona. En el año 1990, ante la evidencia de degradación ambiental y catástrofes naturales, difundieron a través de un historiador, que se puso en contacto con la BBC, un mensaje de alerta al mundo.

En el documental que vio la luz, se referían a los “pueblos occidentales” como “los hermanos menores”. Nos consideran inmaduros en nuestra relación con la naturaleza, y creen que no hemos sido capaces aún de alcanzar el equilibrio con ella. Esto, que podemos leer con una sonrisa de condescendencia, no deja de tener un fondo de verdad.

Existe en la actualidad un gran conocimiento técnico y científico sobre el funcionamiento de los ríos y de las inundaciones, y sobre el modo en que deben ser gestionadas y prevenidas. Pero todo ello no se está trasladando suficientemente a los técnicos y responsables políticos que tienen en sus manos la gestión urbanística y ambiental de los municipios y provincias.

Evitar las inundaciones es posible, y es una responsabilidad ya ineludible de la sociedad, dados los costes económicos y en vidas humanas que de manera creciente están generando, y que aún seguirán creciendo en los próximos años a causa del cambio climático.

 

¿Por qué se producen las inundaciones?

El hecho de que un evento tormentoso se convierta en un determinado punto en un evento catastrófico responde a causas naturales y a causas antrópicas, que difieren de una región a otra.

Entre las causas naturales, o geográficas, están:

  • La torrencialidad de las precipitaciones. Las conocidas DANA, que dan lugar a lluvias breves pero de gran torrencialidad, son situaciones atmosféricas propias del mar Mediterráneo.

  • La morfología del relieve. En España, buena parte de su litoral está conformado por una fila de cordilleras muy próximas a la costa, lo que favorece las crecidas repentinas y catastróficas.

  • El tipo de suelos. Los suelos delgados (leptosoles) y con escasa vegetación no permiten la infiltración de las lluvias y convierten en escorrentía la práctica totalidad de lo que llueve.

Y entre las causas antrópicas, figuran:

  • La distribución de la población. En España existe un muy desigual reparto de habitantes entre la costa y el interior peninsular. El gran dinamismo turístico, residencial y económico del litoral actúa como foco de atracción de población, poblamiento e infraestructuras, y todo ello en una estrecha franja de terreno. Ello conlleva importantes alteraciones del funcionamiento hidrológico de las cuencas y de los propios cursos fluviales.

  • El tipo de urbanismo y el modelo de ordenación territorial. En el caso de España ha sido explosivo y desordenado desde los años 70 del pasado siglo hasta la actualidad.

Y, por supuesto, tenemos como agravante el cambio climático. Este está aumentando las sequías (lo que da lugar a pérdida de vegetación, menor capacidad de retención hídrica de los suelos y mayor escorrentía), incrementando la torrencialidad de las precipitaciones (llueve menos, pero más concentrado) y aumentando las temperaturas (el mar Mediterráneo se calienta más, y se favorece aún más la formación de DANA).

 

Un cambio de paradigma necesario

Podemos aceptar todos estos hechos como ineludibles o irreversibles a día de hoy. Pero aun así, nuestro margen de actuación es amplio, y es en ello en lo que debemos centrarnos.

En primer lugar, debemos sustituir las actuaciones poscatástrofe por actuaciones preventivas. Aún a fecha de hoy, se suele tratar de solucionar los problemas generados por las inundaciones con ayudas económicas, mediante lo que se denomina “declaración de zona catastrófica”. Si solo un reducido porcentaje de esos elevadísimos gastos presupuestarios se orientara a la actuación preventiva, lograríamos paliar en buena parte las inundaciones.

Por otra parte, seguimos abusando del enfoque ingenieril, mediante la construcción de obras de defensa e ingeniería. Estas son muy costosas y se ha demostrado su insuficiencia o ineficacia. Además, alteran el comportamiento natural de lo ríos, de modo que pueden evitar inundaciones en zonas concretas, pero generan problemas mucho mayores aguas abajo o aguas arriba, pues no solucionan la carga de energía y caudal del río, y esa misma carga tiene que liberarse en algún momento. A ello debemos sumar que lo hará de una manera imprevisible, al haber alterado el perfil de equilibrio que se había venido construyendo de manera natural durante décadas.

La solución no puede ser otra que avanzar en enfoques más territoriales y respetuosos y acordes con los ríos y los sistemas hidráulicos. Debemos estudiar cómo se comportan los ríos en cada región en concreto, y tratar de favorecer ese comportamiento para evitar que haya desbordamientos o que, si los hay, estos sean en zonas menos sensibles y urbanizadas.

Corrientes como la nueva cultura del agua y la nueva cultura del territorio dan nombre a este nuevo paradigma, que responde a la creciente presión social por un cambio de modelo. Dados los condicionantes específicos de peligrosidad y vulnerabilidad del litoral, debemos avanzar en mejorar la resiliencia de los pueblos y ciudades, y en políticas adaptativas frente a las inundaciones y la gestión de la sostenibilidad.

The Conversation
 

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