Contaminantes emergentes, reutilización del agua y recuperación de recursos están ampliando las funciones de unas depuradoras que incorporan tratamientos cada vez más avanzados
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Durante décadas, la depuración de aguas residuales se ha centrado fundamentalmente en retirar sólidos, materia orgánica y nutrientes antes de devolver el agua al medio. Estas funciones continúan siendo esenciales, pero las exigencias sobre las estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR) están evolucionando.
La detección de micropoluentes y contaminantes emergentes, el desarrollo de la reutilización y la necesidad de reducir el consumo energético están ampliando los objetivos de las instalaciones. La depuradora deja así de entenderse exclusivamente como el último punto del saneamiento para convertirse en una infraestructura capaz de mejorar la calidad del agua y recuperar recursos.
Los contaminantes emergentes elevan las exigencias de tratamiento
Fármacos, productos de cuidado personal y otras sustancias pueden llegar a las EDAR a través de las redes de saneamiento. Muchos de estos compuestos aparecen en concentraciones muy reducidas y presentan comportamientos diferentes durante el tratamiento.
Los procesos convencionales pueden eliminar una parte de estas sustancias, pero su eficacia varía considerablemente en función del contaminante y de la tecnología empleada. Algunos compuestos se biodegradan, otros quedan retenidos en los lodos y otros pueden permanecer parcialmente en el agua tratada.
Esta realidad está aumentando el interés por incorporar etapas adicionales capaces de actuar específicamente sobre determinados micropoluentes.
Ozonización y carbón activado amplían las posibilidades de las EDAR
Entre las tecnologías utilizadas para aumentar la eliminación de estos compuestos se encuentran la ozonización y el carbón activado.
El ozono permite oxidar numerosos compuestos orgánicos, mientras que el carbón activado puede adsorber diferentes sustancias presentes en el agua. Su rendimiento depende de las características del efluente, de los contaminantes que se quieran eliminar y de las condiciones de operación.
También existen otras alternativas, como determinados procesos de oxidación avanzada y tecnologías de membranas, cuya aplicación depende de los objetivos de tratamiento y de las características de cada instalación.
La incorporación de nuevas etapas implica, no obstante, valorar también consumo energético, reactivos, costes de explotación y posibles subproductos. Aumentar la capacidad de tratamiento debe ir acompañado de una evaluación global de sus implicaciones.
Depurar para poder volver a utilizar el agua
Otro de los grandes cambios se encuentra en el destino del agua tratada. En lugar de considerar el efluente únicamente como un agua que debe cumplir determinadas condiciones antes de regresar al medio, la reutilización del agua abre la posibilidad de emplearlo nuevamente para usos compatibles con su calidad y con los requisitos aplicables.
Esto puede exigir tratamientos adicionales capaces de alcanzar las características necesarias para cada utilización. El nivel de tratamiento no tiene por qué ser idéntico para todos los destinos: la calidad requerida depende del uso posterior del agua regenerada.
La depuración pasa así a formar parte de un ciclo más amplio en el que el agua puede recuperar valor como recurso después de su utilización.
Las depuradoras también pueden recuperar recursos
Las aguas residuales contienen materia y energía que pueden ser aprovechadas. Esta perspectiva está transformando progresivamente la concepción tradicional de las EDAR.
La digestión anaerobia de los lodos permite producir biogás, que puede aprovecharse energéticamente y, bajo determinadas condiciones y tratamientos, integrarse en estrategias más amplias de valorización.
Los nutrientes constituyen otro ámbito de interés. El fósforo y otros recursos presentes en las corrientes de una depuradora pueden recuperarse mediante diferentes procesos, contribuyendo a cerrar ciclos de materiales y reducir la dependencia de materias primas.
Por ello, cada vez cobra más sentido hablar de instalaciones orientadas no solo a eliminar contaminación, sino también a recuperar agua, energía y materiales.
Reducir la energía necesaria para depurar
Aumentar las exigencias de tratamiento plantea al mismo tiempo otro desafío: evitar que la mejora de la calidad del agua se traduzca en un crecimiento desproporcionado del consumo de recursos.
La aireación de los procesos biológicos representa una parte importante de las necesidades energéticas de muchas instalaciones. La optimización de la aireación, la digitalización, el control avanzado de procesos y la mejora de equipos ofrecen oportunidades para reducir estos consumos.
La generación de energía a partir del biogás producido en la propia instalación puede contribuir también a cubrir parte de la demanda energética de la planta.
El objetivo es avanzar hacia EDAR más eficientes y con una menor huella ambiental, incluso mientras aumentan las funciones que deben desempeñar.
De eliminar contaminación a gestionar recursos
La función esencial de una depuradora seguirá siendo garantizar un tratamiento adecuado de las aguas residuales. Lo que está cambiando es el alcance de esa función.
Eliminar nuevos contaminantes, preparar agua para su reutilización, recuperar nutrientes, producir energía y optimizar el consumo de recursos amplía considerablemente el papel que pueden desempeñar estas infraestructuras.
La evolución de la depuración apunta así hacia instalaciones capaces de combinar calidad del agua, protección ambiental, eficiencia energética y recuperación de recursos. Una transformación que convierte a las EDAR en una pieza cada vez más relevante dentro de la gestión circular del agua.
Términos relacionados
Una EDAR es una Estación Depuradora de Aguas Residuales, una infraestructura diseñada para tratar las aguas usadas procedentes de hogares, industrias o redes urbanas antes de devolverlas al medio natural o reutilizarlas. En una EDAR se eliminan contaminantes físicos, químicos y biológicos mediante procesos de pretratamiento, tratamiento biológico y depuración avanzada, reduciendo el impacto ambiental sobre ríos, acuíferos y ecosistemas.
Las aguas residuales son aquellas que han sido utilizadas en actividades humanas como el consumo doméstico, industrial o agrícola, y que contienen contaminantes físicos, químicos o biológicos. Por esta razón, su gestión adecuada es clave para proteger la salud pública, los ecosistemas acuáticos y garantizar el acceso sostenible al agua. Además, se debe tener en cuenta que no todas las aguas residuales tienen la misma composición ni calidad de contaminantes, lo que también influye en cómo se tratan.
Los contaminantes emergentes son sustancias químicas o compuestos que no están regulados de forma completa o sistemática, pero cuya presencia en el medio ambiente puede representar un riesgo para la salud humana y los ecosistemas. Incluyen fármacos, productos de cuidado personal, microplásticos, compuestos perfluorados (PFAS) o disruptores endocrinos, y suelen detectarse en aguas residuales, superficiales y subterráneas. Su carácter “emergente” no implica necesariamente que sean nuevos, sino que su detección, estudio o regulación es reciente debido a avances analíticos y a una mayor preocupación ambiental.